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¿Pobreza? ¿Qué pobreza?

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Define la RAE la pobreza como “cualidad de pobre”. Y pobre como “necesitado que no tiene lo necesario para vivir”, completando la definición con “Infeliz, desdichado y triste”.

¿Hace falta más?

No creo que la pobreza necesite apellidos. Los apellidos que se utilizan para definir diferentes formas aparentes de pobreza no hacen sino paliar las múltiples caras de un mismo problema. Sí, un problema con muchas caras y por tanto, con muchas variantes para buscar soluciones a una situación que nos avergüenza, o al menos debería avergonzarnos. No contábamos con que en nuestro  país, en nuestro entorno más inmediato, volviéramos a ver a ciudadanos  pobres en nuestra vida más cercana. Y la realidad nos ha sorprendido.

Las personas pobres existen. Y la pobreza, también, sin apellidos. No hablemos sólo de pobreza infantil, pobreza energética, pobreza laboral, pobreza femenina…

Las personas pobres existen. Y la pobreza, también, sin apellidos. No hablemos sólo de pobreza infantil, pobreza energética, pobreza laboral, pobreza femenina… No caigamos en la trampa de suavizar un término que nos desagrada, colocando un apellido que sólo simplifica el concepto o lo limita, lo empequeñece. Porque detrás de una persona pobre hay una mujer abandonada o que no recibe una pensión compensatoria, un pensionista que no puede pagar su medicación, un niño o niña que acude al colegio sin desayunar o sin poder comprar un libro, un joven que abandona la universidad, una familia desahuciada de su casa, o una persona en paro de larga duración que sólo vive en la desesperación porque todo se acaba. Infelices, desdichados y tristes.

La grave crisis económica, social y política, ha puesto de manifiesto la aparición de personas pobres que creíamos alejadas. Los pobres eran ciudadanos de pueblos alejados, en el ámbito rural, o de “otros países”. Incluso oíamos afirmar impasibles que “en nuestro país no hay pobres, hay necesitados, pero pobres…”

Y los pobres tienen vida, tienen cara, tienen hijos e hijas. Y sí, muchos pobres  son mujeres, en su mayoría y con hijos a su cargo.

Las desigualdades sociales, económicas, educativas, laborales, han puesto su punto de mira en las mujeres y en sus hijos e hijas. Las desigualdades crecientes en los últimos años han padecido la reducción drástica en la inversión social,  los recursos sociales son más escasos y las mujeres han sufrido aún más las consecuencias de esa escasez de recursos.

Hay un 25% de pobres en nuestro país (dato definido con la denominación aceptada de “población en riesgo de pobreza o exclusión social) y un 12% de pobreza severa.

Son muchos los informes publicados que cuantifican estas afirmaciones. Es sangrante que uno de esos datos nos avise de que hay un 25% de pobres en nuestro país (dato definido con la denominación aceptada de “población en riesgo de pobreza o exclusión social) y un 12% de pobreza severa. Y lo que es peor: uno de cada 3 niños vive en un ambiente pobre. Si yo defino en este artículo que está en riesgo, alguien dirá: en riesgo, pero no existe la certeza absoluta.  Somos conscientes de que  no es así, porque la pobreza se hereda, se cronifica, se reproduce y un niño o una niña pobres siempre tendrán más riesgo de ser pobres en su vida  adulta.

Los diferentes informes de la Red de Lucha Contra la Pobreza nos advierten que la pobreza también se previene, se diagnostica, se trata y se cura. Hace falta voluntad política.

El trabajo se ha iniciado en algunos partidos progresistas para garantizar un Ingreso Mínimo Vital, que es sin duda, un buen  instrumento para paliar los efectos devastadores de la pobreza, un instrumento eficaz para facilitar la intervención social de los profesionales que deben intervenir en esa necesaria prevención, diagnóstico y tratamiento de la desigualdad, intervenir en el ámbito familiar y acompañar a las familias para salir de la espiral de la pobreza. Precisamente, la pertenencia a un grupo familiar, y la intervención integral sobre todo el grupo, facilita sin duda el éxito de las políticas de lucha contra la pobreza.

Son necesarias medidas integrales, profesionalizadas, cubriendo todas las variables de las diferentes caras de la pobreza.

Son necesarias medidas integrales, profesionalizadas, cubriendo todas las variables de las diferentes caras de la pobreza. Pagar un recibo de luz es necesario, naturalmente, ante una situación de pobreza “energética”, pero ¿es la solución?

¿Es la única solución? El problema seguramente es más complejo.

Ante problemas complejos, no pueden aplicarse soluciones simples.

La pobreza, es pobreza. Sin apellidos, pero con muchas caras.

 

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