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Transformismo patriarcal

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Los sofisticados mecanismos que usa el patriarcado para pervertir y desactivar nuestras luchas de liberación son asombrosos y sofisticadísimos.

Cuando las mujeres conseguimos romper una barrera y pensamos que ya ese espacio está conquistado, constatamos atónitas que inmediatamente, dos pasos más allá, han montado otra artimaña para embarrar el camino y/o desviarnos de él.

El proceso es este: 1) Nosotras planteamos una exigencia. 2) Se oponen frontalmente. 3) Nuestra lucha los desborda y sus posiciones ultramontanas se hacen insostenibles. 4) Entonces, aceptan (eso dicen). 5) Acto seguido, idean señuelos y engaños y erigen nuevos muros…

Nos pasó, por ejemplo, en los setenta-ochenta. Hartas de que, negando y deslegitimando el placer y el deseo femeninos, se nos impusieran férreos corsés de recato y castidad; indignadas por el doble rasero -uno para hombres y otro para mujeres-, luchamos por nuestra liberación sexual. Al final, pareció que lo habíamos logrado… para, inmediatamente, encontrarnos con que se adulteraba el contenido: sí, ya no teníamos que ser puras y vírgenes, pero nuestra libertad consistía en estar siempre disponibles ante las demandas masculinas. O sea, si uno decía “Vamos a follar”, no podíamos oponernos so pena de ser atacadas por mojigatas y ñoñas…

¿Conseguimos progresar? Sin duda, pero ¿existe igualdad en el terreno de la sexualidad? Ni hablar. Ahora nos cargan con una doble y contradictoria exigencia: complacer los deseos viriles, pero, ojo, sin ser excesivamente “libres” (así, ante una agresión, inquieren: ¿íbamos provocando? ¿pasadas de copas? ¿qué hacíamos a ciertas horas en ciertos sitios? ¿no seremos unas putonas?). Estos mandatos tienen tal potencia y están tan interiorizados, que muchas chicas jóvenes continúan sintiéndose culpables de los ataques que sufren y, al tiempo, continúan consintiendo que los hombres marquen los ritmos y los modos en los encuentros sexuales.

Pero, con todo, el empuje feminista de los últimos años ha logrado conquistas importantes. Así, por ejemplo, el derecho a la palabra en el espacio público. Cada vez más mujeres ocupan tribunas y cátedras, publican artículos denunciando injusticias, pidiendo igualdad, difundiendo rebelión y pensamiento feminista; usamos las redes sociales para amplificar nuestros mensajes, organizamos manifestaciones multitudinarias… De modo que obligamos a la prensa, las emisoras de radio, las cadenas de TV a hacerse eco de nuestras demandas.

El patriarcado entró en pánico. Pero ¿podía prohibir abierta y directamente? No. No en una democracia.

¿Entonces? Plan B (mucho más astuto y peligroso): darnos el cambiazo desviando nuestras luchas de sus objetivos y pervirtiendo su contenido.

Y ¿cómo? Pues empleando probadas tácticas y estrategias de difusión de ideología neoliberal, tanto las más clásicas como las más punteras y recién salidas de los gabinetes de los spins doctors: adulteración y perversión del lenguaje, la famosa ventana de Overton, ocultación de lo que no conviene que se sepa, propaganda masiva y mensajes manipulados, etc.

Todas esas artimañas se cimentaron hábilmente en el punto ciego de nuestra “psicología” de mujer, en esos “valores” que nos inculcan y que interiorizamos desde la cuna: el ser para otros, la convicción de que hemos de dar prioridad a las necesidades ajenas…

Estos son los mantras: 1) En el feminismo cabemos todas y todos (el Ministerio de Igualdad llega a decir que en España hay 47 millones de feminismos, incluyendo, pues, los “feminismos” de Abascal, el de los violadores, maltratadores y asesinos). 2) La prioridad del feminismo coincide –¡oh maravilla!- con la “esencia femenina”: cuidar a quienes más lo necesitan (y cualquiera lo necesita más que nosotras, claro). 3) Crear, prácticamente de la nada, un grupo al que definen como superdiscriminado, supersufriente, supernecesitado y sobre el que focalizan la atención mediática.

¿Qué consiguen?

1) Privarnos de voz. Así, por ejemplo, las feministas que publicábamos con regularidad en los periódicos fuimos barridas. Ahora, la prensa prácticamente solo recoge aquellos hechos que, por ser extremadamente violentos, no puede obviar.

2) Como ya no se habla de ellas, nuestras carencias e injusticias quedan oscurecidas, olvidadas, relegadas.

3) convencer a muchas mujeres de que la lucha prioritaria no es contra la violencia que tantas sufren sino contra la que sufren los trans; que el horror no es la prostitución, el paro, la pobreza femeninas sino la prostitución, el paro, la pobreza trans; que nuestros problemas con la sanidad (enfermedades mal diagnosticadas, procedimientos agresivos en los partos, nula atención a las depresiones y problemas mentales de las mujeres, etc.) son peccata minuta comparadas con la lista de espera que tienen los trans para operarse; que lo urgente y absolutamente necesario no es implantar la coeducación sino, por el contrario, enseñar que quien no se ajusta a los estereotipos de género que corresponden al sexo que le “asignaron” al nacer no debe luchar contra esos corsés sino transitar al otro sexo (así, con total frivolidad, como si la realidad biológica no existiera…) y etc. etc.

3) Desactivar los movimientos colectivos y predicar que lo que importa son los deseos individuales. Esos deseos narcisistas y ególatras han de satisfacerse sin cuestionamiento alguno, por supuesto.

4) Aprovechando que la gente joven aún no está formada, hacer campaña de desprestigio de las feministas, presentándolas como brujas maléficas y anticuadas.

Y los misóginos, encantados de que nos den “pal pelo”, colaboran con entusiasmo porque, además, a ellos no les molesta que haya tipos que se cuelen en espacios de mujeres, que nos roben las medallas deportivas, que, en la práctica, dinamiten las leyes que nos protegen; ni les molesta que, al no haber estadísticas por sexo, nuestra desigualdad quede ocultada. Nada de eso les inmuta. Ellos lo que no soportan de ninguna manera es quedarse sin mujeres de las “de toda la vida”: cuidadoras de casa e hijos y mujeres prostituidas a las que humillar impunemente… ¿Y quién les dificulta la perpetuación de esos privilegios? No los transactivistas sino las feministas.

Está claro ¿verdad?

Duro panorama tenemos… Pero ¿nos damos por vencidas? Ni hablar. Ni hablar. Ni hablar.

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