Inicio 1Portada Apestadas

Apestadas

0

 

A Arussi Unda

Hace poco estuve en Hermosillo, Sonora, invitada por un maravilloso grupo de abolicionistas a dar una conferencia sobre la importancia de los derechos de las mujeres basados en el sexo. Me hizo muy feliz volver a estar en un encuentro feminista público presencial después de varios años; no sólo se había atravesado la pandemia sino que la última vez, en la Universidad Autónoma Metropolitana – Xochimilco, necesité guardaespaldas y ya estaba planteándome no volver a esos escenarios y quedarme a buen resguardo detrás del Zoom. ¡Pero siempre sí volví!

En el mismo acto nos acompañaban tres pioneras del feminismo sonorense, mujeres de sesenta y tantos años que contaron anécdotas sobre sus inicios en el movimiento y los cambios sociales que han visto y todo lo que en varias décadas les ha tocado vivir. Fue un diálogo intergeneracional muy bienvenido, como ellas mismas señalaron. “Nos extrañó que nos buscaran; a las jóvenes normalmente no les interesa lo que las viejitas tengamos que decir”, señaló una, palabras más, palabras menos.

Sus nombres, a petición de ellas, no fueron anunciados en el cartel y su participación, a diferencia de la mía, no se transmitió en las redes sociales de la colectiva. Querían evitar los ataques que, bien lo sabían, llegarían en masa en cuanto los activistas de la identidad de género o sus fieles aliadas cisfeministas se enteraran de su presencia en un acto convocado por unas abolicionistas polémicas y, para acabarla de amolar, en compañía de esta apestada. Sus propias posturas son lo de menos: el solo hecho de estar ahí las hacía culpables por asociación.

Sus nombres, a petición de ellas, no fueron anunciados en el cartel y su participación, a diferencia de la mía, no se transmitió en las redes sociales de la colectiva. Querían evitar los ataques que, bien lo sabían, llegarían en masa en cuanto los activistas de la identidad de género o sus fieles aliadas cisfeministas se enteraran de su presencia en un acto

Se entiende que se quieran cuidar, por supuesto. Como dice Kajsa Ekis-Ekman en Sobre la existencia del sexo, “quien no considere que el sexo es una identidad sabe que tendrá serios problemas”. Nadie quiere recibir insultos y amenazas en redes ni perder amistades, fuentes de ingresos, una diputación, el respeto de la gente, salud, felicidad conyugal, paz mental, que es a lo que una se arriesga hoy en día. ¿Todo eso por participar en un acto organizado por unas abolicionistas?, se preguntarán. Increíble pero cierto. En el actual clima de censura y satanización de las feministas que no siguen la línea oficial (concretamente en los temas de pornografía, prostitución, “identidad de género” y explotación reproductiva), abrir la boca es todo un desacato que no queda impune. El acoso constante pasa factura y la terminas pagando. Y eso es lo que buscan, justamente, pero no nada más.

Una de las principales estrategias de este activismo (que pretende instaurar la prostitución como aceptable alternativa laboral para las mujeres y nos asegura que los estereotipos sexistas no son una imposición social dañina sino nuestra mismísima identidad) consiste en amedrentar. Como buenos inquisidores, están muy pendientes no sólo de lo que tú dices y piensas sino de con quiénes te juntas, qué lees, a quiénes sigues en redes sociales, a qué publicaciones les das like. Se trata de silenciar e intimidar, poner a unas de ejemplo para que las demás no hablen, no hagan, no pregunten… y a la larga, a fuerza de acatar órdenes, pierdan la mala costumbre de pensar por sí mismas y tomar sus propias decisiones.

También para eso sirve la acusación de “discurso de odio”: una todavía no dice nada, pero los opositores ya decidieron que las palabras que una pronunciará en el futuro serán “una amenaza para los valores democráticos, la estabilidad social y la paz” y por lo tanto hay que impedirlo a toda costa. ¿Que si alguien quiere escuchar lo que una Amelia Valcárcel o una Marcela Lagarde tienen que decir sobre las confusiones en torno a los conceptos de sexo y género y sacar ella misma sus conclusiones? De ninguna manera, porque a quienes pronuncian discursos de odio no hay que darles plataforma y los derechos no se debaten y las mujeres trans son mujeres y si no estás de acuerdo eres parte del problema y “¡¡¡¿A quién te mato para que estés tranquilo?!!!”.

No es casual que los activistas de la identidad de género ardan de ira cuando las abolicionistas hablamos: si la gente tiene oportunidad de escucharnos explicar cómo las demandas transactivistas no tienen nada de transgresoras sino que representan un serio retroceso en los derechos de las mujeres, por lo general entiende y está de acuerdo. A diferencia de nosotras, ellos no quieren convencer al público de sus ideas con ejemplos reales y argumentos válidos en charlas y debates: quieren imponerlas por la fuerza o a base de mentiras, difamaciones, sentimentalismo y chantajes emocionales, que es la otra gran estrategia. Debemos reconocer que les rinde muchos frutos.

Como yo no los obedezco ni me dejo extorsionar, con cierta frecuencia me llegan mensajes de mujeres que me agradecen por no tener pelos en la lengua y abiertamente plantar cara a lo que considero una peligrosa embestida contra el feminismo, una que pone en jaque su supervivencia; me dicen que quisieran tener “mi valentía”. Pero yo no me considero valiente: en mi país, valientes las periodistas, las madres de desaparecidas, las políticas que no se prestan a la corrupción y le pintan su raya al crimen organizado. Y tampoco se trata necesariamente de perder el miedo: lo fundamental es sobreponerse a él, aunque el miedo ahí siga; actuar a pesar de él, con la conciencia de que lo que está en juego es mucho más que nuestro propio bienestar.

En el otro extremo está la falsa suposición de que los ataques nos hacen lo que el viento a Juárez, y entonces está muy bien que los recibamos nosotras, a las que se nos resbalan, y así las demás cómodamente se pueden beneficiar de nuestra temeridad. Toda proporción guardada, esta conveniente creencia tiene cierto aire de familia con la odiosa postura de que está muy bien que algunas mujeres se dediquen a la prostitución para que así a las demás no las violen tanto, al cabo que ellas para eso están. Y no. Es cierto que a fuerza de práctica hemos llegado a dominar el arte de perder, pero el golpeteo constante por estar en la mira de los batallones progres sí nos afecta, de uno u otro modo. ¿Por qué cargarnos la mano a unas cuantas? ¿Dónde queda la solidaridad entre nosotras? Piénsese que mientras más mujeres se atrevan a hablar y a plantar cara a los chantajes, menos duro será para todas, todavía más mujeres se animarán a rebelarse porque se sabrán acompañadas, y así más pronto acabará este delirio. Ellos son más gritones y tienen mucho más dinero y poder, pero nosotras somos infinitamente más numerosas. ¡Lo malo es que no se nota! Es hora de hacerlo ver.

Cuando atacan a otras y nos quedamos calladas, se proponen leyes antifeministas y guardamos silencio cómplice, nos deshacemos en disculpas por algún acto inocente que merecía la excomunión y no lo sabíamos, usamos los “pronombres de preferencia”, les seguimos la corriente a unos hombres y les decimos “mujeres” y a nosotras “cis”, son puntos a favor del  ellos. Cuando adoptamos su lenguaje o empleamos en nuestro propio discurso expresiones que implican falsedades (“sexo asignado al nacer”: mentira, el sexo no se asigna sino que se observa al nacer o incluso antes; “infancias trans”: mentira, niñas y niños que no encajan en estereotipos son perfectamente normales y ni nacieron en un cuerpo equivocado ni necesitan tratamientos médicos; “identidad de género”: mentira, ser hombre o mujer no depende de estereotipos sexistas y éstos no nos hacen ser quienes somos), estamos dejándolos ganar y engañándonos a nosotras mismas.

Y de paso confundiendo a las demás. Si oigo a una feminista decir “las compañeras trans” para aludir a unos hombres que pretenden invadir el feminismo o hablar de “las personas no binarias” como si fueran algo más que una tribu urbana, lo normal es pensar que la feminista en cuestión cree 1) que los hombres pueden ser mujeres y que sus intereses son los nuestros y 2) que es posible no ser ni hombre ni mujer. Que se tragó la propaganda cuir, pues. Pero luego, para mi sorpresa, parece que está de nuestro lado y resulta que sí se da cuenta de todo lo que implica la embestida transgenerista para los derechos de las mujeres. ¿Por qué disimularlo entonces? ¿Es más importante ser amables o serviles con ellos que mantenernos fieles al feminismo y a nuestras propias convicciones?

El otro día recibí estas curiosas líneas: “Llegó la hora y el día en el que te digo que no puedo ser más tu maestra de canto. Trabajo con juventudes trans y la semana pasada me cuestionaron mi follow a ti en Twitter. Tengo muches amigues trans también y esto siempre les ha contrariado y de alguna forma entiendo el porqué. No quiero perder mi chamba con estas juventudes y, aunque creo en la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias, puedo ver por qué mi vínculo contigo les causa ruido. Tengo que ser congruente con el mundo en el que me muevo y las personas que son cercanas a mí”.

No todas estamos en la misma situación y no es lo mismo perder el trabajo cuando tienes una familia que mantener que quedarte sin una amiga o sin alguien que te prestaba un servicio y a quien fácilmente puedes sustituir, pero entre la encantadora desfachatez de una Kellie-Jay Keen y la cobardía de mi exprofesora de canto hay un mar de posibilidades, muchísimos espacios para decirles “No” a unos hombres que te quieren arrodillada. Si les consientes todos los berrinches, sabrán que basta el berrinche para que se haga su voluntad. Y cada vez que una cae en la trampa, contribuye a que la estrategia siga funcionándoles.

No es valentía lo que se necesita, no es temeridad: es congruencia y compromiso feminista.

No a fuerzas tienes que salir a la calle con una camiseta que ponga “Las mujeres trans son hombres” o debatir con el director de la Asociación por las Infancias Transgénero en cadena nacional, pero tampoco hace falta vivir como si los transactivistas debieran darle visto bueno a cada paso que das. Cada quien, desde el lugar en que está y en la medida de sus posibilidades, puede hacer algo, ¡algo! Por pequeño que sea, cuenta. Son muy poderosos, sí, y la captura institucional es casi total, sí. Pero ¿no que éramos unas rebeldes antisistema? Si somos feministas, ¿qué hacemos obedeciendo a pie juntillas lo que estos señores misóginos dicen y mandan? ¿O es que sólo lo somos de dientes para afuera?

No es valentía lo que se necesita, no es temeridad: es congruencia y compromiso feminista. De mujeres apestadas e insumisas que no se callen la boca depende que este movimiento siga vivito y coleando

SIN COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad
Salir de la versión móvil