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En defensa del derecho al aborto

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El Tribunal Supremo de Estados Unidos acaba de fulminar el derecho al aborto, que estaba reconocido en dicho país desde hace ya medio siglo, en la histórica Sentencia “Roe contra Wade” (1973). Sin embargo, la nueva Sentencia “Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization”  ha señalado que la Constitución no recoge el derecho al aborto. La nueva sentencia discrepa con “Roe contra Wade”, señalando que el derecho al aborto no forma parte de las raíces profundas del concepto estadounidense de libertad.

El caso discutido trataba sobre la constitucionalidad de una ley del Estado de Mississippi que prohíbe el aborto tras las 15 semanas de embarazo. Esta ley fue recurrida por la organización “Jackson Women’s Health” porque no permitía el aborto en los casos de violación o incesto. Además, la ley de Mississippi es contraria a la jurisprudencia estadounidense, que hasta ahora establecía que todos los Estados debían permitir el aborto hasta las 24 semanas, reconociendo el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre su cuerpo. El límite de las 24 semanas se basaba en el criterio de la posible supervivencia del feto fuera del vientre materno.

Ahora la nueva decisión señala que el aborto no es un derecho constitucional y que, por tanto, los Estados tienen discrecionalidad para restringir el aborto. Las implicaciones de la sentencia son catastróficas para las mujeres. Se espera que la mitad de los Estados restrinjan el derecho al aborto, pudiendo llegar a prohibirlo totalmente desde el momento de la concepción, como ya ha ocurrido en Oklahoma.

La sentencia ha destruido de un plumazo una crucial conquista feminista, aparentemente consolidada. Estamos ante una demostración clara de la precariedad de los derechos de las mujeres. Por eso es necesario que recordemos los más importantes argumentos en defensa del derecho al aborto:

Primero: La capacidad de sentir dolor no se desarrolla antes de la semana 20.

Es frecuente que los debates acerca del aborto se centren en la polémica acerca de si el cigoto, embrión o feto debe tener derechos. Es decir, en determinar en qué momento del desarrollo debemos tener derechos. Hay quienes consideran que el cigoto tiene derecho a la vida desde la concepción. Frente a ese argumento se puede objetar que una semilla no es un árbol.

El desarrollo del sistema nervioso central del feto es progresivo. No puede sentir dolor antes de la semana 20 de embarazo (cinco meses), e incluso los conocimientos sobre el sistema nervioso apuntan a que las estructuras que permiten el dolor alcanzan su madurez más tarde, entre las semanas 22 y 26.

El filósofo Jeremy Bentham señaló que la capacidad de sufrimiento es el requisito fundamental para ser sujeto de derechos. Esto es así porque solo se pueden tener intereses si se experimentan sensaciones como sufrimiento, placer o felicidad. Sería una insensatez decir que se actúa contra los intereses de una piedra porque alguien le de un puntapié y salga disparada.

Por tanto, la capacidad de experimentar sufrimiento es un requisito importante para tener derechos, aunque eso no significa que todo lo que nos hace sufrir deba estar prohibido. Normalmente no tenemos un derecho a exigir a las demás personas que realicen comportamientos contrarios a sus derechos, ni a reclamarles la realización de acciones heroicas.

Segundo: Las mujeres tienen derecho a decidir sobre el propio cuerpo.

Incluso si partiésemos de la hipótesis (falsa) de que el feto tiene capacidad de sufrimiento o conciencia, no existe el derecho a exigir a otra persona que realice actos heroicos. La filósofa Judith Jarvis Thomson ilustra esta idea con su “dilema del violinista”: imagina que te despiertas una mañana y te das cuenta de que tu cuerpo está unido mediante cables al cuerpo de un violinista inconsciente. Es un violinista famoso que tuvo una terrible enfermedad renal y la “sociedad de amigos de la música” ha descubierto que tú eres la única persona que tiene el tipo de sangre adecuado para ayudarle. Esta asociación ha unido vuestros sistemas circulatorios,  de modo que tus riñones serán usados para extraer veneno de la sangre del violinista a la vez que sirven a tu organismo. El director del hospital te dice, “mira, lo sentimos, pero separarlo de ti implicaría su muerte. No te preocupes, solo serán nueve meses. Luego se recuperará de su enfermedad y podrá ser retirado”.

Jarvis nos pregunta, ¿tenemos la obligación moral de acceder en esta situación?, no cabe duda de que sería muy amable de nuestra parte, una gran obra de altruismo. Pero ¿tenemos obligación moral de aceptar?, ¿y si no fueran nueve meses?, ¿y si fuesen nueve años?, o incluso ¿y si fuese para siempre?, ¿y si el director del hospital nos dice: “tienes que quedarte en la cama para siempre, las personas tienen derecho a la vida y el violinista es una persona, de modo que, aunque admitimos que tú tienes derecho a decidir sobre tu cuerpo, el derecho a la vida es más fuerte que ese derecho”?

La autora señala que ninguna persona está obligada a realizar enormes sacrificios de salud, a pasar por terribles peligros y dolores o a tener inmensas complicaciones durante nueve meses o nueve años, a fin de mantener la vida de otra persona. En ningún país del mundo las leyes obligan a realizar sacrificios tan grandes y, sin embargo, la prohibición del aborto obliga por ley a las mujeres a ser heroínas morales renunciando a una libertad tan fundamental y natural como el control sobre el cuerpo.

Hay que añadir que reconocer el derecho al aborto no obliga a nadie a abortar. Hay muchas mujeres que deciden no abortar en circunstancias muy difíciles y hay quienes imaginan que, si se encontrasen en tales circunstancias, no abortarían bajo ningún concepto. Cada mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo cuando se encuentre en esas circunstancias, pero nadie tiene derecho a decidir sobre el cuerpo ajeno.

Tercero: La denegación del aborto es un castigo contra las mujeres por practicar sexo.

Judith Jarvis señala que el embarazo y la maternidad no se pueden imponer como un castigo. Se culpa moralmente a la mujer de estar embarazada por el hecho de haber tenido relaciones sexuales. Por eso se rechaza la analogía con el “dilema del violinista”: “el violinista fue forzado, mientras que la mujer quiso tener sexo”. A causa de esta distinción, algunas personas sí están de acuerdo con el aborto en los terribles casos de violación, abuso sexual infantil. Son personas que solo están de acuerdo con el aborto si la mujer no está manchada por la “culpa” del sexo. Hay quien “puede perdonar” el aborto si falló el preservativo. Pero las excepciones suenan muy mal si se formulan así: “todas las personas tienen derecho a la vida, pero unas más que otras, en particular tienen menos derecho a la vida quienes existen como resultado de una violación”. Este absurdo demuestra que la aparente preocupación por la vida del feto suele encubrir un ánimo inconsciente de castigo contra las mujeres cuya sexualidad es percibida como culpable e irresponsable, desde parámetros sexistas.

Cuarto: Si no existe aborto legal, las mujeres abortan en condiciones peligrosas.

Simone de Beauvoir señala que la ilegalidad del aborto conduce a las mujeres a recurrir a someterse a abortos en condiciones muy peligrosas y a veces mortales. En los Estados donde es ilegal, solo las mujeres con dinero pueden permitirse viajar en avión a un lugar donde es legal. El aborto es una operación sin complicaciones cuando la realiza una persona especializada con todas garantías de higiene y anestesia. Pero en lugares donde es ilegal, las mujeres de clase humilde sufren todo tipo de barbaridades: son perforadas por varas o agujas, se inyectan vinagre, toman medicamentos peligrosos, lejía, se tiran desde lo alto de un edificio o una escalera. Mediante “tratamientos” como estos, a veces se suprime al feto pero también se mata a la mujer. Otras veces las mujeres se lesionan y no logran abortar. Beauvoir narra que una mujer permaneció cuatro días en su habitación, bañada en sangre, sin comer ni beber, porque no se había atrevido a llamar a emergencias. Es difícil imaginarse abandono más pavoroso que aquel en el que la amenaza de la muerte se mezcla con la culpabilidad y la vergüenza.

Quinto: Prohibir el aborto carga sobre las mujeres la irresponsabilidad parental de los hombres.

El debate sobre el aborto saca a relucir el sexismo que pesa sobre las mujeres. Simone de Beauvoir explicaba que la sociedad trata con desdén a las chicas muy jóvenes embarazadas, a quienes quedan embarazadas en relaciones casuales o a las embarazadas como fruto de una infidelidad. Hay mujeres que abortan como modo de borrar una “falta” que el entorno jamás les perdonaría.

Hay hombres que abandonan a las mujeres embarazadas. Las mujeres y adolescentes que se ven en estas circunstancias sufren un enorme dolor en una sociedad que compadece a las madres solas. Posteriormente, las mujeres sufren que los demás hombres las desprecian como parejas por ser madres y que el mercado de trabajo las castiga con precariedad económica. Las jóvenes que cargan con los cuidados tienen mucho más difícil estudiar, trabajar y desarrollar un proyecto de vida autónomo. La sociedad es muy rápida para condenar a las mujeres que abortan, pero deja a las madres todo el peso de los cuidados.

Simone de Beauvoir expone que es habitual que el mismo hombre que deja embarazada a la mujer sea quien presione a esta para que aborte, haciendo que en muchos casos la mujer repare en que no la quiere y solo estaba utilizándola para tener sexo. Muchas mujeres se sienten abandonadas emocionalmente en el proceso del aborto o el embarazo. Si tienen al bebé, no es infrecuente que el hombre desaparezca y no se haga cargo de la criatura ni con cuidados diarios, ni con afecto paterno, ni siquiera con una mísera contribución económica. La filósofa explica que muchas mujeres que pasan por un aborto toman conciencia de haber sido utilizadas. Muchas mujeres experimentan una gran repugnancia al escuchar al mismo hombre que ayer le hacía promesas de amor, diciéndole hoy que aborte.

Prohibir el aborto implica seguir poniendo el foco en la responsabilidad de las mujeres, en lugar de poner remedio a la irresponsabilidad paterna, una injusticia sexista que origina multitud de abortos.

Sexto: Condenar moralmente el aborto carga sobre las mujeres la responsabilidad de la sexualidad patriarcal.

Simone de Beauvoir expone que, cuando una mujer queda embarazada tras una relación casual, será ella y no el hombre la que asumirá el dolor del aborto, el riesgo y los sentimientos de vergüenza y culpa. Por supuesto, hay muchas mujeres que no sienten culpa ni vergüenza y que son emocionalmente muy fuertes, de manera que solo ven el aborto como un momento algo desagradable que pasar. Pero hay otras muchas mujeres para las que es un suplicio tener que pedir ayuda para abortar, buscando una dirección, una ginecóloga, comunicándoselo a su familia o a sus amigas, exponiéndose a reproches o comentarios paternalistas.

Simone de Beauvoir explica que el aborto deja al descubierto la hipocresía de la doble moral de los hombres en el patriarcado: ellos condenan el aborto con vehemencia, pero lo aceptan cuando les interesa, como una solución cómoda. Con frecuencia es el hombre el que pide a la mujer que aborte, para conservar su libertad o por interés de sus estudios o profesión. Ellos pueden tomar el aborto a la ligera, como si fuera una cosa más de la naturaleza de las mujeres.

En algunos casos el embarazo es resultado de los hombres que “coleccionan” mujeres, acostándose con muchas para luego desecharlas. Muchos de esos hombres se niegan a usar preservativo porque se sienten más poderosos exponiendo a sus parejas a la posibilidad de embarazo. Ella se lleva los palos y el hombre las diversiones. Como dicta el patriarcado, él tuvo un orgasmo y ella no, pero la censura social contra el aborto dirige el dedo acusador contra ella.

A ella le han dicho desde niña que el embarazo es un tesoro valioso, pero de pronto se desvela como una cosa insignificante, inoportuna y pesada. Las palabras de él parecen un teatro: suplica, amenaza, razona, grita, pero él lo olvidará todo rápidamente. A ella le toca traducir esas frases a carne. Su vientre será expuesto ante la frialdad de personas extrañas y su interior será raspado. En muchos casos él ni siquiera la acompañará y creerá que cumple “su parte” al desembolsar el coste del aborto en una clínica privada. Para ella lo único real será su sangre, su cuerpo de mujer sometido a uso, condena y control. La hipocresía y la censura del aborto serán para ella la máxima expresión del dominio masculino sobre el cuerpo de las mujeres.

Séptimo: Ninguna criatura debería nacer sin ser querida.

La sociedad, que defiende con pasión los derechos del feto, se desinteresa de los niños y niñas en cuanto han nacido. En el mundo hay millones de criaturas que mueren de hambre antes de los cuatro años, o que fallecen por falta de instalaciones de depuración y saneamiento, así como por enfermedades que se podrían curar o prevenir con vacunas. Hay millones de criaturas que malviven en condiciones infrahumanas de miseria y niños/as cuya vida corre peligro a causa de los conflictos armados y las minas antipersonas. La sociedad permite la muerte y el sufrimiento evitable de millones de niños y niñas. Hay países del mundo donde las mujeres no pueden recurrir al aborto y de cada ocho hijos que engendran, mueren cinco o seis, y nadie se preocupa de ello, porque en las sociedades de maternidades tan duras, el sentimiento de afecto hacia los/as más pequeños queda destruido.

Si las mujeres se ven obligadas a ser madres, es probable que nazcan criaturas no queridas o que no pueden ser mantenidas. Esos niños y niñas crecerán viendo a una madre enfadada porque fue abandonada en el embarazo, o frustrada porque no pudo proseguir los estudios o porque vive asfixiada por la falta de recursos económicos.  Hay criaturas que crecerán sin una vivienda digna y con ambos padres agobiados por el desempleo. Hay niños y niñas cuyas madres perderán su trabajo por serlo, o niños y niñas cuyas madres cargarán en solitario con las tareas de cuidados, indignadas por la injusticia de la falta de corresponsabilidad. Hay parejas que tienen ya el número de criaturas que quieren, mujeres que son demasiado jóvenes o que han quedado embarazadas cuando creían tener la menopausia. Hay mujeres que quedan embarazadas en una violación y niñas que quedan embarazadas en el incesto.

Por último, obligar a las personas a la paternidad puede dar lugar a situaciones terribles puesto que hay personas que no están en absoluto capacitadas para ser padres y madres. Hay familias que dejan morir a sus criaturas por falta de cuidados o por negligencias. Hay familias que maltratan a los niños y niñas.

Octavo: Prohibir el aborto provoca que los abortos se produzcan más tarde.

Cuando el aborto se produce durante las primeras 15 semanas nos encontramos muy lejos de dilemas éticos como la viabilidad del feto fuera del vientre materno o el surgimiento de la conciencia. Salvo causas excepcionales, es preferible que los abortos se realicen en las primeras semanas. Un aborto a partir de los cuatro o cinco meses es mucho más peligroso y más doloroso para la mujer. La prohibición del aborto alienta el retraso en el aborto, porque la mujer puede no tener dinero para viajar a abortar, temerá que la sociedad la censure, se sentirá sola y no se atreverá a pedir ayuda. A veces las dudas inducidas por la condena social del aborto la conducirán a pasar meses dudando si abortar y, en consecuencia, a tomar la decisión muy tarde.

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