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Nosotras, las pobres. Parte III: las otras

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Cuando decidí que la tercera parte de este artículo se lo quería dedicar a las mujeres en situación de sinhogarismo, sabía perfectamente qué era lo que quería contar, pero no sabía cómo titularlo. Fue gracias a Amelia Tiganus que la palabra “otras” empezó a resonar en mi cabeza.

Amelia defiende que la sociedad ve a las mujeres víctimas de prostitución como “las otras”, y esto, en parte, es un mecanismo de defensa para que sintamos que nosotras y las nuestras (en contraposición con “las otras”) estamos a salvo de caer en algo así y para que podamos tolerarlo a nivel social. Si son las otras, es porque algo habrán debido hacer, y así nos sentimos mejor por consentir.

Con las mujeres que viven en la calle pasa más de lo mismo. Las entidades sociales estiman el número de personas en situación de sinhogarismo en unas 33 mil. Según cifras oficiales, antes de la pandemia, el 80% correspondía a hombres, y el 20% restante a mujeres. Pero estas cuantificaciones solo se refieren al número de personas que están durmiendo en la calle o en la red de albergues estatales, y como casi siempre sucede, el sinhogarismo también se ha explicado, comprendido e intervenido desde una visión androcéntrica.

Porque “sin hogar” es mucho más que no tener techo y no todas las personas que están sin hogar duermen en la calle, y en el caso de las mujeres, más aún. La calle es tremendamente violenta para las mujeres, agresiones, robos, abusos… por ello las mujeres que se encuentran en situación de sinhogarismo recurren a infraviviendas, casas de familiares o amigos e incluso intercambian cuidados y compañía por vivienda. Según el Instituto de la Mujer Vasco, uno de los pocos que analizan este tipo de datos, solo en el País Vasco, unas 500 mujeres se encuentran sin techo, pero algo más de 120.000 sin hogar.

Amelia defiende que la sociedad ve a las mujeres víctimas de prostitución como “las otras”, y esto, en parte, es un mecanismo de defensa para que sintamos que nosotras y las nuestras (en contraposición con “las otras”) estamos a salvo de caer en algo así y para que podamos tolerarlo a nivel social.

Ya desde la pandemia, las entidades que trabajan para acompañar a estas personas denuncian un incremento de mujeres jóvenes que vienen a pedir información o ayuda, porque se encuentran en la calle.

Los perfiles de estas mujeres varían. Muchas son inmigrantes sin papeles, que han trabajado de internas o realizando limpiezas en domicilios y a las que la pandemia dejó en una situación muy delicada. Otras presentan problemas de salud mental. Otras, problemas de consumo. Otras son menores extuteladas. Otras simplemente tuvieron mala suerte. Y otras han sufrido violencia de género. Otras, las otras… pero esas otras, cualquier día, podemos ser nosotras. Porque la línea que divide una situación normalizada de una situación de “sinhogarismo” es finísima, tan fina como que está probado estadísticamente que si vives tres momentos complicados seguidos es fácil acabar en la calle. Y esto es más acuciante en el caso de las mujeres ya que sufrimos mayor desigualdad, lo que nos puede llevar más fácilmente a una situación de “sin hogar”.

Cada vez más hay más mujeres en la calle debido a la brecha salarial, el cierre del mercado laboral para las mujeres, el rol reproductivo que nos es asignado, la cosificación sexual, la violencia machista… Tampoco podemos olvidar, que en muchos casos, las mujeres no salen al mercado laboral, sino que se encargan de las tareas del hogar y del cuidado de los otros miembros de la familia, por lo que la dependencia económica es total y es más fácil acabar en la calle, a edades más avanzadas, o aguantando situaciones de violencia.

Si en general, en el ámbito social, se observa una dificultad de acceso a los recursos por parte de las mujeres, ya que dichos servicios están creados desde una perspectiva androcentrista. Imaginaros los servicios dirigidos a las invisibles de los invisibles, ¿Qué perspectiva feminista pueden tener? Ninguna.

La realidad de estas mujeres es terriblemente complicada. Las actitudes machistas y patriarcales se manifiestan de manera mucho más violenta y extrema en la calle o en los recursos compartidos con hombres. Las mujeres que viven en situación de sinhogarismo se ven atravesadas por una multiplicidad de factores que vulneran su derecho a la intimidad y a la seguridad y están expuestas a más situaciones de degradación, indefensión y miedo. Por ello sortean como pueden el hecho de dormir en la calle o en albergues municipales.

Es necesario aplicar el feminismo en todos los ámbitos y sectores de nuestra vida y ponernos las gafas moradas para analizar cualquier situación y proponer soluciones, sino seguiremos dejando a las mujeres fuera y seguirán formando siempre parte de las otras. Es necesario que, para abordar el sinhogarismo, como cualquier otro problema social, se contemplen objetivos y medidas específicas para las mujeres. Como propuestas, dejaremos aquí una pincelada de cómo las políticas feministas se pueden aplicar a cualquier ámbito de la vida:

  • Organizar los recursos teniendo en cuenta el sexo, por ejemplo: vestuarios separados y distribución de camas por sexos, incorporar las necesidades de higiene específicas para las mujeres y facilitar productos de higiene femenina, baños adaptados, servicio de peluquería…
  • Introducir la perspectiva feminista en los recursos para las personas sin hogar: actualmente se producen más abandonos de mujeres en estos programas que de hombres, porque están pensados para responder a sus necesidades y con intervenciones específicas para el otro sexo.
  • Crear normativas en estos recursos; protocolos de prevención de abusos y violencia a incorporar cartas de derechos y deberes.
  • Recoger datos disgregados por sexo e identificar las necesidades específicas de las mujeres.
  • Tener en cuenta el sexo en los servicios de orientación laboral: nuestra incorporación al mercado laboral suele ser más difícil y necesitamos recursos específicos que atiendan nuestras particularidades.
  • Informar: informar a las mujeres sin hogar cual son sus derechos y de qué recursos disponen para actuar en casos de violencia machista o abusos.

Las mujeres somos las grandes vulneradas de esta sociedad, somos las más pobres, las más precarias y las grandes olvidadas por los poderes públicos. Porque el feminismo puede y debe aplicarse siempre y en cualquier política para por una vez en la historia ser justas con la mitad de la población y no dejar a nadie al margen de un sistema injusto, pero que, gracias al feminismo, puede ser más justo y humano.

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