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Las cartas boca arriba

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            Suponen que la partida está ya ganada, por eso han descubierto sus cartas y arramblado con todas las apuestas de la mesa. Gran jugada. Imaginan que nadie se va a escandalizar por eliminar lo que durante años han estado llamando chiringuitos, mamandurrias y mentecatez política. Me estoy refiriendo a la Junta de Andalucía y a su órdago de eliminar de un plumazo el Instituto de la Mujer de esa Comunidad. ¡Olé! (con perdón) Otros van mermando los equipos de prevención de incendios y luego pasa lo que pasa, así que ojo.

Los de acullá, defenestran a cargos políticos, que se habían convertido en cargas para los planes de la Agenda 2030, o maquillan guarismos para hacernos creer que España está que lo peta en el PIB, en los puestos de trabajo y en el crecimiento de cualquier tipo. ¡Aúpa! El mejor de los mundos posibles que haría las delicias de Leibniz. Pero todo esto no son más que síntomas, síntomas de que algo huele a podrido en Hispanistán, no muy lejos de aquí.    

            En el fondo, creo que son buenas noticias, pues al descubrir sus cartas hemos visto lo que hay. Y lo que hay es una gran desafección de la clase política respecto de la ciudadanía, que, por otra parte, ha perdido su sentido de soberanía popular. Que las mujeres andaluzas no se hayan levantado en masa y guarden un silencio ominoso o cobarde me dice dos cosas: o que tienen miedo a señalarse o que les importa un pito. Yo me incluyo en esta segunda variante. Me explico.

Los institutos de la mujer, en realidad, siempre han repartido miseria, salvo con algunos grupos afines, a los que han tratado un poco mejor que a la media. Y, encima, ha acompañado estas miserias con un montón de burocracia que finalmente hacen colapsar los proyectos, y sólo sirven para pagar a la secretaria que se necesita para rellenar todo ese papeleo insufrible, que nos lleva mucho más tiempo que la acción en sí. Un papeleo que nos está diciendo entre líneas: “No me fío de ti ni un pelo. Seguro que nos quieres robar y sacar dinero para tus cositas, hija de la gran, que te conozco”. Sé de gente a la que se estuvo persiguiendo durante años porque faltaban 2 pesetas de sellos por justificar. Yo es lo que siento cada vez que me he encontrado con semejantes despropósitos, así que me felicito de que ese comisariado de punición y vigilancia desaparezca de Andalucía. Además, son los presupuestos de la señorita Pepis jugando a las casitas. Nunca quieren saber de un gran proyecto porque no creen en absoluto que las mujeres podamos llevarlo a cabo. Todo es pequeñito y ridiculín, empezando por el presupuesto, que se lo lleva casi íntegro el staff, las oficinas y los boatos propios de quien reparte las migajas.

            Si hablamos del Ministerio, es para descacharrarse. Amén de los chiringuitos para amiguitos, todo se les va en equipos de asesores, directoras generales, festejos trans y publicidad desquiciada. Por favor, eliminen ese Ministerio que para nada sirve a las mujeres, salvo para tenernos abducidas por la mano que nos da de comer, comida basura, desde luego. Sería mucho más efectivo que quitaran obstáculos a las grandes cosas que queremos hacer, que cumplieran las leyes que ustedes mismos han firmado y que nos dejaran en paz, poniendo en nuestras manos los recursos que nos pertenecen, como ciudadanas, como impositoras y como mujeres. Nada más: no molesten, quítense de en medio y dedíquense a la alta política, que para eso les pagamos.

De lo que todas y todos nos hemos dado cuenta es de algo muy grave: que el Contrato Social se ha roto. Y se ha roto por el lado más narcisista, autista y egoico de la clase política. Nos hemos dado cuenta –cómo no dárnosla – de que los partidos políticos trabajan para sí mismos, aprovechan cada resquicio de privilegio que esté a su alcance y, en muchos casos, pasan las legislaturas sin dar golpe. No hay más que ver el páramo de las sedes parlamentarias cuando se discuten temas de nuestro interés, mientras el ejecutivo se dedica a redactar decretos ley con la disculpa del “estado de emergencia” con nocturnidad, alevosía y arbitrariedad. También ellos se inundan de papeleo con el que van confundiendo al personal al verterlo a sus intrincados BOEs.

El momento es ahora. La verticalidad del poder no nos incumbe más que para sufrirlo, y las grandes decisiones escapan de nuestra intervención. Poco a poco la democracia va flotando sobre un mar viscoso de apariencia. El tiempo de unirnos es ahora. Podemos y sabemos todo lo que podría hacerse desde esa unión. El tiempo de actuar es ahora, ya que sobran ideologías baratas y faltan ideas sensatas y de calado que nos permitirían progresar, porque es el tiempo de la acción. Hagamos, construyamos, unámonos de cara a una evolución profundamente humana. No queremos ideologías progresistas que no progresan; ni queremos ideologías conservadoras que no conservan nada y lo destruyen todo.

            Las mujeres feministas sabemos todo esto, por ello nos estamos uniendo, pensando, actuando. Queremos tener a quién votar y con quién unirnos. Queremos, sobre todo, seguir siendo mujeres sin que nadie venga a ningunearnos desde el púlpito de la modernidad y de los derechos torcidos y torticeros. Nunca hemos sido tontas, y el tiempo de la espera ha pasado. No el de la democracia, pero sí el de la democratitis y el de lo políticamente correcto. No nos vamos a dejar ni desde la izquierda ni desde la derecha porque sabemos hacia dónde vamos y que estamos del lado creativo de la Historia. Del lado evolutivo de lo humano. Porque “no es más fuerte el que combate, sino el que coopera” (Lynn Margulis)

Las cartas están al descubierto. ¿Quién da más? No, gracias, yo no apuesto en esta partida.

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