La nueva normalidad

Luz Modroño
Luz Modroño
Feminista, Psicóloga, profesora, escritora, articulista, activista, defensora de derechos humanos, masona... mujer renacentista en el siglo XXI.
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Marcha la gente con paso triste y mirada cabizbaja. Madrid de nuevo confinada, barrios enteros confinados. De sus calles, el alcalde, a instancia del partido más ultramontano de los últimos tiempos, retira el nombre de Indalecio Prieto y Largo Caballero en lo que parece una especie  de revancha contra la reciente reforma de la Ley de Memoria Histórica. Una monarquía que se resiste a caer –por menos cayeron sus antepasados que trajeron las dos Repúblicas con su correlato de reformas para los y las trabajadoras y reconocimiento de derechos para la mujer- se absuelven a políticos corruptos mientras se condenan al ostracismo e inhabilitación a políticos desobedientes, sí, pero no corruptos. Persiste la confrontación en la casa del pueblo que no debería ser otra que el Parlamento; los estudios del CSIC ponen en evidencia el aumento de la extrema derecha; a nivel mundial nada puede asegurar que Trump no vuelva a hacerse con el poder… En Europa las políticas derechistas siguen avanzando e imponiéndose sobre las progresistas a pesar de ese muro de contención que es la Merkel… En fin, que mucho margen para la alegría no parece que haya.

¿Es esta la nueva normalidad a la que debemos acostumbrarnos?

Inquieta esa expresión de “nueva normalidad”. Me pregunto quién la habrá acuñado, pero aún me pregunto más, y más me inquieta, cómo es posible que se haya convertido tan rápidamente en una expresión coloquial.

No. Hablar de Nueva normalidad es asumir que esta situación que arrastramos desde hace meses va a ser eterna, una especie de nueva guerra entre un algo tan minúsculo e invisible como destructor y los seres humanos. Un a modo, por su extensión geográfica y por su intensidad, de tercera guerra mundial entre el mundo de lo microscópico y nuestra supervivencia.

Las diez de la noche. Los bares que antaño se llenaban de risas, voces en alto -por esa costumbre tan española de creer que los demás padecen de tapones auditivos- sabiduría futbolística y un “lo que hay que hacer”, máxima expresión de conocimiento para resolver cualquier problema político y económico del país, echan con estruendo el cierre.

En las puertas de colegios e institutos suena temprano la sirena. Miradas de miedo bajo máscaras que tapan la voz. En la calle se apresura el paso. El miedo revolotea por encima de los que se dirigen rápido al trabajo, a la compra o a la cola del paro. No se sabe dónde estará agazapado ese bicho ni quién puede estar llevándolo en estos momentos encima. Se oye decir que viaja por el aire y el viento lo desplaza. Pero se oyen tantas cosas… Y mientras, en Madrid los hospitales se llenan de curas en vez de médicos y en las calles policías no identificados atacan a quienes piden, en nombre de todas, más sanidad y menos policía.

Un día nos levantamos con cientos de banderas españolas, patrimonio de identidad para unos pocos, ondeando en medio de un Madrid convertido, tristemente y por arte de su presidenta, en escenario del mayor número de contagios del país y de Europa. Triste Madrid desde el que una copla antigua aseguraba que se veía el cielo.  Pobre Madrid que saca banderas en vez de traer rastreadores. Pongamos que hablo de Madrid cuando el diálogo y la razón son sustituidos por el enfrentamiento y la ignorancia. Mientras, los hospitales siguen saturados, las UCI congestionadas y la enfermedad y la muerte siguen ganando la batalla. Inmensa catástrofe capitaneada por una presidenta incapaz de contener las hordas del espanto. Capitana cuya soberbia le impide dejar el mando y que parece esperar la sublevación de un barco que se hunde.

Pero parece estar segura. Y lo está porque sabe, a pesar de todo, ganada la batalla. En un mundo que ha colocado por encima del ser el estar es escasa la reivindicación del ser. Un mundo que preconiza el estar erigido como sinónimo del tener, tener salud, casa, coche, comodidad, bienestar, cuenta bancaria, ha convertido el estar en el icono de nuestra época. Hace décadas que Occidente emprendió una loca carrera por el bien-estar olvidándose de los costes que iba a tener. Poco a poco, el bien-ser quedaba atrás, olvidado o relegado al cuarto oscuro y cada vez más pequeño de la filosofía. Las voces que alertaban contra tan desenfrenada carrera, que tenía su correlato en un consumo cada vez mayor, sonaban cada día más lejanas.

El ser perdía entidad, el ser que fue el aliento de la perceptibilidad humana, que había nacido y había acompañado al ser humano manifestándose en el pensamiento, el arte, la espiritualidad, la filosofía… que había permitido la propia evolución humana, se diluía. Olvidándose de su esencia unívoca con la naturaleza la pisoteó. Los gurús del consumismo se convertían en los nuevos dioses. La búsqueda del sentido de la vida, la expresión del alma humana plasmada en el lenguaje que le es propio y que no es otro que el de la belleza en todas sus manifestaciones, que le había posibilitado su trascendencia a lo largo de los siglos y su grandeza existencial y espiritual parecía no importar a nadie.

Cuando todo hacía pensar que, con los avances tecnológicos y científicos, el ser humano había encontrado la piedra filosofal que podría acabar con el desigual reparto de la riqueza, con el hambre, la guerra… esa carrera por el bien-estar trajo todo lo contrario, disparó la desigualdad y el desequilibrio, el acaparamiento de los recursos, la destrucción medioambiental, la contaminación de ríos y mares, la acumulación cada vez mayor de basuras y más basuras. El aire, los fondos de los ríos y los océanos, la tierra, se convirtieron en gigantescos basureros que guardaban los deshechos del bien-estar de unos pocos.

La meta dejó de ser alcanzar el conocimiento y la sabiduría que emanciparan al ser humano para pasar a ser alcanzar cada vez un mayor grado de bienestar, cada día y cada peldaño en la escalera más superfluo e innecesario. Y lo individual suplantó a lo colectivo.

Las consecuencias y el elevado coste de esa esperpéntica escalada siguieron un modelo de progresión geométrica. Olvidando que las necesidades son tan infinitas como limitados los recursos, se sometió al planeta a un desgaste hoy ya prácticamente irreversible.

No es extraño que, entre todo este cieno, las políticas tan mal llamadas conservadoras como mal llamadas liberales ganen adeptos y votos permitiendo que sus representantes y voceros sean los que dirijan el cotarro. Y digo mal llamadas porque lo que pretenden no es precisamente conservar lo poco que del planeta -no olvidemos que, hoy por hoy, es el único lugar que podemos habitar- queda, sino conservar ese orden de cosas que nos conducen inexorablemente a la destrucción y, cómo estamos viendo estos días, a la enfermedad y la muerte. Y mal llamadas liberales porque la libertad no es tampoco su meta. Al menos, no la libertad compartida que es la única válida.

El tiempo se agota. El anhelo de reparto equitativo de los recursos, de justicia social, de preservar un mundo en el que todas, personas, animales, plantas, tengan su espacio de interacción con un medio físico que con tanto empeño nos hemos esforzado en destruir se acaba. Es necesario recuperar el anhelo espiritual que llevó al progreso a nuestros antepasados, vibrar con la Tierra sabiéndonos parte de ella. Porque el bienestar alcanzado en la preservación de la salud, en la evitación de las hambrunas recurrentes, en la aplicación de la tecnología y los avances científicos, no pueden ser patrimonio de unos pocos y no pueden superponerse hegemónicamente a los derechos de la Tierra. El tiempo para enderezar un camino embrutecido llega a su fin.

El bien estar como sinónimo de materialidad y el bien ser como sinónimo de espiritualidad no pueden seguir siendo dos caminos separados, de difícil o nulo mestizaje. Por el contrario, deben seguir conservándose como parte de una misma realidad, autoalimentarse, autoprotegerse para que el camino de la justicia y la equidad sea por fin el camino por el que transite el ser humano.

Y la mujer, la mujer universal, tiene mucho que decir en esta batalla. Porque es una batalla que sólo ella puede liderar. No en balde el feminismo entendido como una ideología, una forma de entender el mundo y de actuar sobre él, ha ido cogiendo año a año más vigor y fuerza. Perdida la esperanza sólo nuestra acción decidida y la conquista de la igualdad será capaz de volver a construir un mundo regido por la equidad, el equilibrio, la justicia y la paz.

 

 

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