La “furia trans” y el borrado de la filosofía

Cristina Lozano González
Cristina Lozano González
Profesora de educación secundaria en la especialidad de filosofía.
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Cada vez se escucha más hablar de “furia trans”. Lo dicen con orgullo. Ya no necesitan ocultar su violencia. Según la RAE, “furia” significa: “ira exaltada”, “acceso de demencia”, “violencia o agresividad…”. El transgenerismo ha añadido un lema a su “clásico” “Kill the terf” lo que viene a significar muerte a las feministas que se oponen a su adoctrinamiento. Pero, además, acompañando a sus palabras “furia trans” también se escucha, desde hace tiempo, que los derechos trans no se debaten. Sin considerar previamente si lo que ellos llaman derechos son tal y si existe algún derecho que no se haya debatido previamente.

En política se debate todo –o, al menos, en una Democracia-. No hay nada que socave más los pilares de una Democracia que la ausencia de debate, así como la opacidad en el proceso de aprobación de una ley, esto es, evitar dar razones de por qué una ley es necesaria y su posible impacto en la población, siendo necesario escuchar a las personas expertas en ese campo.

No obstante, negar la deliberación no afecta únicamente al sistema democrático, sino también al saber filosófico entendido como conjunto de razonamientos que buscan establecer los principios que organizan el conocimiento de la realidad.

Con la filosofía se replantean los conocimientos adquiridos acríticamente y se discuten de forma racional y crítica todas las ideas, sean cuales sean los valores que las fundamenten. Por lo tanto, la filosofía es contraria a todo dogmatismo que imponga ideas sin discusión previa. No es suficiente con que se defienda una supuesta buena causa, sino que se ha de justificar adecuadamente. Es decir, la filosofía es esencial para el desarrollo de la democracia y el pensamiento crítico que la sustenta.

Anna Harendt ya advirtió que unas de las técnicas de implantación del totalitarismo es la eliminación de la pluralidad instalando, así, el pensamiento único. La furia trans pretende imponer, de la misma manera, un pensamiento único.

No hay nada que socave más los pilares de una Democracia que la ausencia de debate, así como la opacidad en el proceso de aprobación de una ley

La disciplina filosófica desde sus comienzos –allá por el siglo VI. a. C.- se cuestionó el conocimiento y las normas heredadas. Sócrates ya opinaba que era importante el diálogo para lograr una sociedad justa. Este filósofo solía preguntar a la gente que se encontraba por la calle sobre cuestiones que se suponía que sabían, para después demostrarles que, en realidad, desconocían aquello que creían conocer, pues “darse cuenta” de la propia ignorancia es el primer paso para lograr el conocimiento. Pero, pese a sus grandes conocimientos, Sócrates fue condenado a muerte en la democracia ateniense, a Platón le llegaron a vender como esclavo e Hypatia de Alejandría no tuvo un final mejor…Sin embargo, la filosofía, a pesar de los castigos y censuras padecidas por algunos de sus representantes más ilustres, ha seguido adelante a través de los siglos aportando racionalidad al modo de pensar del ser humano.

La versión contemporánea de las acusaciones de Sócrates y de las violencias ejercidas en el pasado por quienes pretendían imponer un pensamiento único se traduce –en la democracia actual- en amenazas, denuncias y cancelaciones a las feministas por ser un discurso interpretado como odio hacia el colectivo LGTBI y, supuestamente, “transfobo”. La intención de semejantes amenazas es la misma que en épocas anteriores: impedir la libertad de expresión, eliminar cualquier tipo de argumentación racional y, por supuesto, prohibir que se ejerza el pensamiento crítico.

Quizá, como consecuencia del poco valor que se otorga hoy en día a las humanidades en general -y a la filosofía especialmente- se está eliminando el pensamiento racional y lógico que define a la filosofía y se está sustituyendo por el pensamiento mágico propio de sociedades primitivas. En el momento presente, estamos pasando de entender la biología, a negarla; de comprender que el sexo en la especie humana es binario, a afirmar que el sexo no existe, del entendimiento de la interrelación entre cuerpo y mente, a mitos de almas de niñas y niños que nacen en cuerpos equivocados; de defender debates dialécticos, a atemorizar con multas a quien opine de manera diferente; de defender el bienestar común y la convivencia social a defender los deseos propios como derechos humanos; y, de lo que  parecía ya consolidado después de  más 300 años de luchas  feministas, el reconocimiento de las mujeres como sujetos de derecho, a borrar a las mujeres como tales con la afirmación: “ser mujer es un sentimiento”. Y aún más allá, extrayendo el concepto de igualdad entre mujeres y hombres del debate político-social y sustituyéndolo por una diversidad subjetiva y difusa que obvia que sin igualdad no puede haber justicia social.

Quizá, como consecuencia del poco valor que se otorga hoy en día a las humanidades en general -y a la filosofía especialmente- se está eliminando el pensamiento racional y lógico que define a la filosofía y se está sustituyendo por el pensamiento mágico propio de sociedades primitivas.

Estas creencias son los postulados del transgenerismo, que confluyen con los intereses neoliberales. Sabemos, desde hace décadas, que el liberalismo fomenta un individualismo voraz que imposibilita la búsqueda del bien común y la consecución de la igualdad entre mujeres y hombres. Lo que no se esperaba es que, como está sucediendo en la actualidad, esos intereses fueran defendidos por movimientos y partidos que se consideran de izquierdas y que parecen haber olvidado la necesidad de combatir la opresión y realizar un análisis materialista de la realidad. Como afirma la filósofa Alicia Miyares, la izquierda política ya no lucha contra los problemas generados por la economía global como consecuencia del sistema neoliberal, sino que, lejos de eso, ha entrado en debates identitarios que tienen más que ver con la demagogia posmoderna que con las desigualdades entre mujeres y hombres y los derechos de la clase trabajadora.

El transgenerismo -como movimiento ideológico que representa la posmodernidad- aboga por un único interés: cumplir los deseos individuales por encima de los derechos colectivos, en este caso de las mujeres, con la promesa a las jóvenes generaciones de alcanzar la felicidad a través de un delirio. La felicidad se convierte así en un sentimiento desprovisto de toda base real y material, en un sentimiento encerrado en una entelequia denominada identidades de género que, finalmente, se revela como los estereotipos sexuales que nos oprimen desde tiempos inmemoriales. Es decir, lo que se nos presentaba producto de un movimiento filosófico posmoderno, ni siquiera es moderno. Sólo es patriarcado rancio pintado de purpurina por el marketing del neoliberalismo.

 

 

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