Memoria histórica, entre androcentrismo y capitalismo

Engracia Martín Valdunciel
Engracia Martín Valdunciel
Universidad de Zaragoza. Dra. de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación. Dra. en Ciencias de la Información y Documentación.
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A estas alturas del siglo es posible que, al menos, una parte de la sociedad sea consciente de las dificultades que persisten para abordar el pasado traumático de nuestro país, una historia que la democracia obvió a lo largo de varias décadas. Así, no fue hasta finales del siglo pasado y comienzos del presente cuando —debido a investigaciones realizadas durante décadas “a la intemperie y desde el compromiso” en palabras de Francisco Espinosa, la presión de la sociedad, las asociaciones de víctimas y familiares así como de memoria histórica— se pusieron en marcha iniciativas para recuperar esa memoria.  Porque ha habido un gran desequilibrio que distorsiona la convivencia: la memoria de los vencedores de la sublevación militar y la dictadura que le siguió se impuso desde los primeros momentos gracias a eficaces y reiterativas políticas estatales. Sin embargo, la historia de los vencidos y vencidas sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra sociedad, porque ni en la memoria social y colectiva ni en el currículo escolar ha estado presente.

Quizá sea pertinente recordar que la memoria histórica no es una cuestión menor, sino que tiene que ver con una exigencia básica, el respeto a los Derechos Humanos, un pilar de las sociedades democráticas; así lo vienen reiterando distintos informes de relatores del Consejo de Derechos Humanos de la ONU a diferentes gobiernos, requiriendo la necesidad de que nuestra sociedad salga de una amnesia, en parte cultivada: se trata de investigar la verdad, hacer justicia, depurar responsabilidades, reparar daños materiales y morales y debatir en el espacio público ese pasado para que se conozca y, en lo posible, trabajar para que no se repita. La memoria histórica tiene que ver, por consiguiente, con nuestra salud democrática, aquí y ahora.

¿Qué se ha hecho institucionalmente hasta este momento? Como se ha avanzado, podría resumirse que se ha actuado tarde y de modo insuficiente a juzgar por los estragos que el desconocimiento del pasado está produciendo en nuestra sociedad. Sabemos por diversos estudios que, sobre todo la población joven, aunque no sólo, apenas es consciente de la primera experiencia democrática en nuestro país, de la violencia desatada por la sublevación militar, de casi cuarenta años de represión, de la violación de derechos humanos… Recordemos que la primera ley al respecto data de 2007 y la segunda de 2022. Las dos promulgadas de la mano del PSOE. Hay que decir que el panorama político y social varía en función de comunidades y justo es reconocer que habido iniciativas pedagógicas, más o menos aisladas, trabajo desde abajo por parte de asociaciones civiles y de víctimas e intentos por desarrollar políticas públicas de memoria. Sin embargo, en el siglo XXI sigue pendiente la organización y apertura de archivos (militares, judiciales, eclesiásticos….) para que puedan ponerse al servicio de investigadores y ciudadanía, cuestión imprescindible para investigar la verdad; sigue pendiente la exhumación de miles de víctimas que todavía quedan en fosas comunes sin recibir una sepultura digna; no se han depurado responsabilidades ni se han hecho realidad políticas de justicia y reparación…50 años después de la muerte del dictador, crímenes imprescriptibles como desapariciones forzadas, violaciones, trabajo esclavo, genocidio, etc., siguen sin resolverse.

Así el panorama, se lanzó en 2025 un proyecto de gran relumbrón, y no falto de triunfalismo, por parte del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática: “España en libertad. 50 años”, en cuyo sitio web pueden consultarse las múltiples exposiciones, charlas, encuentros, congresos, performances, conciertos, proyecciones, homenajes, conversatorios, etc., etc., que se han organizado desde diferentes instancias y se están llevando a cabo a lo largo de la geografía del país para revisar diferentes aspectos de nuestro pasado.

Vaya por delante que compartimos el punto de vista sobre el abordaje del deber de memoria que tiene que ver con una mirada hacia atrás en tanto en cuanto se establece un diálogo constante con el presente. Revisitamos el pasado (sin dejar de mirar hacia el futuro) desde la problemática, las insuficiencias y los interrogantes que nos plantea el presente, que son muchos y de calado; por citar lo más grueso: la continua privatización del Estado de Derecho y del espacio público, la creciente injusticia social, la obscena concentración de riqueza en el 1% de la población, la persistente desigualdad estructural entre hombres y mujeres, la fractura de derechos tan básicos como el trabajo, la vivienda, la salud, la educación o la libertad de expresión, la falta de horizontes para cada vez más personas, el creciente numero de feminicidios, la barbarie porno-prostitucional que destrooza a miles de mujeres y que, simbólicamente, cosifica a todas… Insistimos, no se entiende la mirada hacia el pasado sino desde las cuestiones que nos acucian en el presente con la finalidad no sólo de investigar, conocer y reflexionar sobre lo acontecido sino de recuperar la fuerza de los ideales vencidos que puedan iluminar un presente y un futuro más justo y más humano para todos y todas.

En el contexto de multiplicación de actuaciones sobre la memoria democrática, nos gustaría poner el foco en el tratamiento que, a nuestro entender, prevalece en diferentes actos y exposiciones que tienen que ver con la represión de las mujeres a lo largo de la dictadura franquista (acoso, violación, encierro, rapado del cabello, humillaciones, silenciamiento, falta de recursos…). En ese sentido, nos topamos demasiado frecuentemente con actividades de diferente signo que pueden incluir abultadas nóminas de invisibles, exiliadas, rapadas, encarceladas, rebeldes, vigiladas…. de la guerra o la represión franquista en las que el diálogo con el presente, con la violencia sexual actual, parece no existir, como si el pasado fuera algo estanco; de forma que puede entenderse que la violencia sexual sobre las mujeres sea algo del pasado, un problema superado … Indudablemente, como ocurre en la historiografía dominante —en la que la mitad de la sociedad sigue estando ausente en buena medida— la recuperación de la historia de las mujeres parece seguir el mismo patrón deficiente, es decir, androcéntrico y patriarcal: porque si en los textos, en las charlas o en las exposiciones se divulga que la represión específica que sufrieron las mujeres se debe sólo a la barbarie fascista, estamos ocultando una parte fundamental de la historia; porque se obvia la dominación patriarcal, que es estructural, y que supone la raíz de esa violencia ejercida por el sexo masculino, independientemente de su filiación política.

Esto último se hace evidente cuando se explica, por ejemplo, que las violaciones o el rapado de pelo fueron castigos infligidos a las mujeres tanto por defensores del fascismo en nuestro país como por parte de los aliados en la Europa de la II Guerra mundial (o, desgraciadamente, como sigue ocurriendo en la actualidad, en conflictos, guerras o genocidios, como en Gaza).  La violencia sexual ejercida sobre las mujeres en la dictadura fascista se explica por un escenario de violencia política, efectivamente; pero su especificidad se debe a la opresión por razón de sexo, y sus causas hay que buscarlas en un sistema que deshumaniza, subordina y explota a la mitad de la humanidad.  Si desde la epistemología dominante de una historiografía androcéntrica, que suele ser la habitual, se nos cuenta que una vez llegada o conseguida la democracia nos instalamos en un mundo feliz, que contempla como cuestión básica la dignidad de hombres y mujeres, no estamos cumpliendo el deber de memoria. Porque, evidentemente, falta la historia que sólo se hace visible desde epistemologías feministas. La dictadura tardó en desaparecer, se pusieron muy trabajosamente los pilares de la democracia … pero el sistema que jerarquiza y subordina a las mujeres tan sólo mudó de ropajes. Y si nos tomamos en serio conceptos como memoria, derechos humanos o salud democrática, hay que poner en evidencia la persistente dominación patriarcal en sociedades que se dicen igualitarias … No nos confundamos: las mujeres ni son una minoría discriminada ni un colectivo marginado. Hay que hablar, con rigor, como se viene poniendo de manifiesto en investigaciones históricas, de un sistema milenario —y tan naturalizado que resulta invisible— cimentado sobre la explotación y la subordinación de la mitad de la humanidad.

Por tanto, es desde el presente y desde la constatación de las insuficiencias de la epistemología dominante, desde donde deberíamos dialogar con ese pasado de violencia misógina, que no ha desaparecido, sólo se ha transformado. Esas miradas deberían contemplar la trascendencia del hecho de que en el siglo XXI la mitad de la sociedad no sea considerada, de facto, “sujeto”. Pensemos en el aumento de asesinatos de mujeres en nuestro país a manos de hombres… y la contumaz insolvencia política al respecto. La violencia material que supone el sistema prostitucional para miles y miles de mujeres y niñas sin recursos;  la industria misógina de la explotación reproductiva o la pornografía, que cosifica a todas las mujeres, que no se pone en tela de juicio ni se expone su relación directa  con el aumento de la violencia sexual en nuestra sociedad. Todas esas formas de explotación sexual mandan un mensaje muy claro que contradice principios democráticos: las mujeres o las niñas son objetos sexuales. Y, esto es clave, constituyen prácticas bárbaras que continúan legitimando la violencia física, material, económica, etc., sobre las mujeres, la mitad de la sociedad… ¿Estamos valorando la potencialidad democrática de la memoria histórica para el presente? … ¿Entonces, cabe preguntarse por la relación entre la violencia sexual del pasado y la actual?… ¿Es pertinente reflexionar sobre el alcance social de la “libertad” a que apunta el poco afortunado marbete del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática en el último medio siglo? …  Porque somos conscientes de que cuando se habla de “libertad” en una sociedad-mercado —sin igualdad entre los sexos y sin justicia social,— sabemos que aquella se limita a la libertad del consumidor (cuyo exponente sería la  famosa“libre elección”).  Esas miradas acomodaticias al pasado que tanto se prodigan —a menudo generosamente financiadas— sin establecer puentes de interlocución con las cortapisas y la violencia que nuestra democracia carga sobre la mitad de la sociedad pueden ser convenientes pero no resultan perturbadoras ni peligrosas ; indudablemente, pueden servir para hacer méritos académicos, rellenar agendas culturales o de ocio, optar a subvenciones, alentar catecismos alternativos, funcionar como estrategia electoral, etc., pero obvian lo que entendemos debe ser nuestra responsabilidad con el pasado; no nos interpelan, no espolean nuestra sensibilidad e imaginación para construir una sociedad más justa e igualitaria.

En ese ecosistema amnésico, patriarcal y androcéntrico, y en esa tendencia a exhibir un pasado aséptico, cerrado y falto de compromiso real con la dignidad de mujeres y hombres, medios de comunicación “progresistas”, tienen una responsabilidad al respecto ya que mantienen planteamientos alicortos y, a menudo, tendenciosos; tratan el pasado pero la reflexión sobre la fuerza de ciertos valores de igualdad y justicia social para el presente se encuentra desaparecida. Indudablemente, la investigación feminista que se viene desarrollando desde hace varias décadas ha tenido cierta influencia tanto en la academia como en los medios de comunicación de forma que ha hecho ineludible la mención de las “mujeres” en la historia; por tanto, como puede comprobarse, está de moda añadir “mujeres” a cualquier relato o noticia.  También las relativas al pasado. De tal forma que pueden encontrarse frecuentes artículos que tienen que ver con la experiencia de las mujeres en el franquismo pero, como se ha indicado, desde una perspectiva insuficiente. Con la contradicción, y el agravante, de que medios, que pueden incluir historias que ponen en evidencia la violencia sexual específica que se ejerció sobre las mujeres,  —(algo ya pasado)— no se comprometen con el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas, aquí y ahora ;  antes bien, al contrario, a menudo defienden posturas que legitiman la violencia sexual, como ocurre cuando no cuestionan o, directamente, legitiman el sistema porno-prostitucional, un pilar del sistema patriarcal… Sensibles (supuestamente) con una violencia pasada e indulgentes con la actual.

 

Sin duda la interpelación al pasado desde los problemas de nuestro presente, el deber de memoria, resulta complejo en sociedades-mercado que, como sabemos, abonan más que subjetividades dignas de derechos —mujeres y hombres— consumidores bobalicones que a ser posible vivan sin vislumbrar utopías colectivas. Como mantiene Traverso, en las sociedades neoliberales el pasado y el recuerdo se cosifican al albur de los gustos, modas y tendencias del mercado y del consumo cultural, un marco en el que el tándem patriarcado y capitalismo operan de forma exitosa; así, a través de diferentes plataformas y medios se multiplican diferentes stories listas para el consumo en las que el pasado deja ya de ser un campo de experiencias del que aprender para convertirse en producto que se visita, se lee o curiosea desde un presente patriarcal e incuestionado para obtener, como mucho, emociones pasajeras, que no nos mueven a la lucha colectiva.

 

 

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