“La manada” y el maná

Miguel Lorente
Miguel Lorente
Profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Médico Forense.

 

Atravesar la distancia entre unos hechos denunciados y la sentencia que los integra en la sociedad es un recorrido complejo, que en el caso de la violencia de género transcurre de manera muy diferente para la mujer que la sufre y para el agresor o agresores que la llevan a cabo. Lo estamos viendo estos días conforme se acerca el momento final en el caso de “la manada”. Y mientras que la “comprensión” hacia los agresores denunciados aumenta y sus argumentos se aceptan sin cuestionar su relato, la palabra de la víctima no para de cuestionarse, y ella misma se ve envuelta en un halo de sospecha para que todo tenga coherencia dentro de los mitos machistas que llevan a culpabilizar a las mujeres de la violencia que sufren, y de la que no sufren al presentarlas como autoras de delitos de denuncia falsa.

Todo ello hace que, como si fuera un relato bíblico, podamos hablar de este proceso en términos de “pasión”, y no por un exceso de imaginación o creatividad, sino por la literalidad que recoge en el Diccionario de la Real Academia. En su primera acepción la define como “acción de padecer”, pero en otras también lo hace como “lo contrario a acción”, “estado pasivo en el sujeto”, y en su quinta acepción de “perturbación o afecto desordenado de ánimo”. Y es que todo parece girar alrededor de esas ideas sobre lo que se entiende que es “pasión”, aunque con argumentos y circunstancias muy diferentes cuando se refieren a la víctima y cuando lo hacen a los agresores.

La pasión en la víctima refleja la primera acepción y expresa el daño sufrido, mientras el juez y la defensa hablan de la pasión como “estado pasivo del sujeto”, llegando a la quinta acepción para plantear, incluso, una “perturbación o afecto desordenado de su ánimo”. Todo, curiosamente, sobre la víctima, que es la que parece ser juzgada; los cinco denunciados en ningún momento son cuestionados ni se ve incoherencia, extrañeza, anormalidad… al mantener relaciones sexuales de manera simultánea con una mujer en un portal, grabando el momento con los móviles, y dejándola después en un banco en estado de shock. Para muchos todo ello también es “pura pasión”.

Y esa normalidad de la manada que mucha gente comparte y difunde a diario en las redes es maná para su recorrido. Es el bien que alimenta el mito de la doble perversidad de las mujeres reflejado en el hecho de nublar el sentido y llevar a los hombres a realizar esos actos, y luego a denunciarlos.

Porque es ese “maná social” el que entiende que cuando una mujer no dice no, significa que dice sí; y que cuando no dice no es sí a mantener relaciones sexuales con cinco hombres; que cuando no dice no es sí a cinco hombres y sí a que la graben con el móvil; que cuando no dice no es si al sexo con cinco hombres, a que la graben en vídeo y a que compartan las imágenes con sus amigos, y a partir de ahí con cualquiera…

Una situación tan “normal” que hasta el propio juez preguntó si sufrió daño o dolor, y uno de los abogados de la defensa presentó una foto tiempo después de la agresión para demostrar que no había sufrido daño.

Todo se reduce a una interpretación sobre lo que piensan que la víctima sintió, percibió y fue capaz de recordar en una situación de violencia extrema compatible con el shock diagnosticado, mientras que nadie cuestiona el relato de quienes pudieron llevar a cabo esa conducta violenta.

A nadie se le ocurriría tachar de suicida a un peatón ni exculpar al conductor que se salta un semáforo porque al cruzar la calle y ver venir el coche, en lugar de dar un salto hacia la acera se queda bloqueado mirando al coche que se acerca. Y tampoco pensaría nadie que aquellas personas que no se juegan la vida para evitar que le roben un reloj, en verdad demuestran complicidad con el ladrón y significa que se lo han dado de manera consentida. Y cuando tras el atraco a una oficina bancaria el testimonio de los diferentes clientes que había en el banco no coincide en los detalles sobre la acción criminal, algo habitual debido al shock que sufren muchos de los testigos, a pesar de que la agresión no vaya contra ellos, no se duda de la realidad del atraco. En cambio, una víctima de una violación sí debe recordar todos los detalles, comportarse desde que se levanta por la mañana como si fuera a ser violada para que no haya incoherencia en su conducta previa y posterior, por supuesto no entrar en shock, cerrar las piernas con fuerza, y defenderse incluso a riesgo de su vida… Y si son cinco los agresores, pues con más determinación.

No es de extrañar que el porcentaje de condenas en la violación sea tan bajo (1% del total de casos) y que la impunidad, en consecuencia, sea del 99%. Si se piden pruebas sobre elementos que no tienen por qué estar presentes, será difíciles encontrarlos; y si se descartan los que sí demuestran el trauma emocional de una violación, resultará muy difícil probar lo ocurrido.

Y sobre esta situación surgen dos cuestiones que en todo este proceso quedan un poco al margen. Una de ellas demuestra claramente la construcción machista que hay alrededor del significado que se da a la denuncia por violación y , en general, a la violencia de género. La otra muestra cómo desde esa misma valoración machista se niega la evidencia.

La primera cuestión es sobre el sentido de la denuncia. ¿Qué sentido tiene que una mujer que decide mantener sexo con cinco hombres, que lo lleva a cabo de manera participativa y activa, como dicen que ocurrió, luego termine denunciando a sus “amantes”? Ahí es donde aparece el mito de la maldad y perversidad de las mujeres, y a presentar esa decisión de denunciar y “arruinar” la vida de cinco hombres sólo por el placer de hacerlo. Las referencias al móvil y a la posible difusión de las imágenes no deja de ser una excusa, primero porque ella nunca ha hecho referencia a esa situación, probablemente porque en su estado, suponiendo que cayera en el tema y recordara que hubo una grabación, quizás lo que menos le preocuparía es si las imágenes se difundían o no. Pero por otra parte, se asume que mientras que los hombres no tienen inconveniente en difundir las imágenes, ella sí lo tendría, cuando a lo mejor no era así y no le importaría demostrar que mantuvo sexo en esas circunstancias. De nuevo vemos cómo a partir de una suposición se construye todo un argumento coherente para justificar la maldad de ella y para darle maná a la manada.

La segunda cuestión es el hecho de encontrar a la víctima de estado de shock en un banco, una situación objetiva que después ha sido confirmada por medio del estudio y el tratamiento psicológico. Si la mujer estaba en estado de shock, ¿cuándo y por qué se produjo el shock?. Mantener relaciones sexuales con cinco hombres de manera consentida y participativa no produce un shock traumático, ni tampoco pensar que después de esas relaciones se pueden difundir unas supuestas imágenes. Podrá producir preocupación o cierto desasosiego, pero no un cuadro de shock.

Al final vemos que lo incoherente en la explicación que se da sobre lo ocurrido por parte de las defensas y de una parte de la sociedad se convierte en coherente bajo el argumento machista, mientras que lo objetivo y evidente se cuestiona y se interpreta como la escenificación de una mujer capaz de mandar a cinco hombres a más de 20 años a la cárcel por el simple hecho de disfrutar con ello.

Todo demuestra cómo en una sociedad machista los hombres son capaces de interpretar lo que una mujer quiere, incluso “cuando ella no sabe que lo quiere”, y que cuando tras hacerlo la mujer dice que no es cierto, que es una elucubración de quien piensa así, se interpreta que es ella la que está equivocada, no los hombres.

No es casualidad, es parte del proceso que se inicia cuando las mujeres se revelan frente a lo que el machismo les impone, un proceso que se convierte en un desierto para ellas y en un bosque frondoso para ellos donde, además, reciben el maná de una parte importante de la sociedad que quiere que las víctimas de la violencia de género caminen por desiertos y los agresores por arboledas de ricos frutos.

Miguel Lorente
Miguel Lorente
Profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Médico Forense.

Comentarios

  1. Tres consideraciones previas y me temo que muy necesarias a mi comentario: 1) pienso que cuando una mujer dice no, quiere decir no. Siempre. 2) Aborrezco cualquier clase de violencia contra las mujeres, así como a los hombres, y considero de especial gravedad la violencia sexual. 3) Considero que nuestra sociedad ha sido absolutamente patriarcal y que lo continúa siendo en muchísimos ámbitos, por desgracia.

    Dicho esto, ¿qué pruebas hay contra los cinco individuos de la «Manada» (qué mal les ha hecho ese «branding» autoinflingido)? ¿Qué evidencias reales y sostenibles frente a cualquier tribunal? Por lo que se lee en los interrogatorios completos de los 5 acusados y de la presunta víctima, no hay ni una mínima evidencia de intimidación. La propia víctima reconoce que ellos no tenían por qué saber (diferenciar) si ella estaba en shock o disfrutando. No hubo ni un mínimo gesto de desaprobación, ni una mínima señal de no consentimiento, mientras que sí hubo varias y diferentes de consentimiento. No hubo ni la más mínima coacción ni intimidación.

    Entró en estado de shock, supongamos. ¿Cuál fue el momento, el desencadenante para entrar en estado de shock? Era una chica extrovertida, que prefirió quedarse sola por Pamplona para seguir de fiesta. Se había besado con un chico y no tuvo, ni siquiera con ese chico, un mínimo comentario para reorientar la situación. Tan fuerte fue la intimidación, que la denunciante entró en shock y realizó incluso actos mecánicos (masturbación) a alguno de los acusados. Tan fuerte fue la intimidación que entró por su propio pie (y no la tiraron al portal como dijo en su primera declaración). Fue terrible, fue una intimidación brutal. Pero la propia denunciante asegura que no hay ningún gesto concreto que ilustre cómo la intimidaron.

    Por encima de todas las consideraciones, es terrible el tratamiento que se ha hecho de este juicio por parte de la sociedad. Hemos cuestionado el derecho a la defensa, el in dubio pro reo, la necesidad de que sea la denunciante la que aporte pruebas. Culpabilización de la víctima? No, claro que no. Pero si yo mañana pongo una denuncia a mi empresa por despido ilegal, la empresa podrá intentar demostrar que yo soy un mal trabajador. En el caso que plantea el autor, del semáforo, el juez tendrá que determinar si el peatón cruzó por una zona no permitida, si iba vestido de tal forma que impedía que se le viera, si se echó encima del coche. Elementos que podrían malinterpretarse como una criminalización de la víctima, cuando solamente es un factor determinante para situar el momento y contexto de los hechos.

    «¿Qué sentido tiene que una mujer que decide mantener sexo con cinco hombres, que lo lleva a cabo de manera participativa y activa, como dicen que ocurrió, luego termine denunciando a sus “amantes”? «. Plantea el autor. ¿Qué clase de pregunta es esa? El sentido no es un factor jurídico. Una persona (nótese que no digo mujer, porque esto puede ocurrir en todas las direcciones) puede sentirse utilizada, humillada, vejada e insultada después de un acto sexual como ese. Porque el hecho es que no es un acto sexual, digamos, habitual y estándar. Eso no quiere decir que sea imposible, pero reconozcamos que es una experiencia minoritaria en términos estadísticos. ¿Tan impensable es que una persona de 18 años, con una experiencia sexual y vital más limitada, tenga sentimientos de furia si algo en ese contexto no ha salido como ella esperaba? ¿De verdad que tenemos que encontrar un ‘sentido’ a un comportamiento así? Hace un par de años, una chica en Málaga tuvo sexo con creo recordar 4 chicos, en un parque. No fueron, por decirlo de alguna manera suave, muy elegantes con ella. Grabaron también una serie de vídeos. Ella los denunció por violación y luego, tras un calvario judicial, ella terminó por reconocer que se lo había inventado y fue procesada por denuncia falsa. ¿Considera el autor que tiene «sentido» lo que hizo la chica de Málaga?

    Planteo esto como un debate serio y respetuoso, de ahí mi primer párrafo. Creo que nos merecemos como sociedad intentar ser más maduros y entender los procesos judiciales en su totalidad, muy por encima de las filias, las fobias y los posicionamientos ideológicos. A mí, el comportamiento de tipos como la Manada, me provoca un profundo rechazo, casi visceral. Pero no es, en absoluto, excusa para que considere que deban ser condenados por algo que está más que demostrado que no hicieron.

    Por último. La sentencia va a ser absolutoria en los delitos de violación, es evidente. No hay absolutamente nada a lo que agarrarse. Carguen sus plumas en lo que ustedes consideren, la libertad de expresión es para mí absolutamente suprema, pero no olviden que hay principios de justicia básicos y necesarios. Sin ellos, estamos todos y todas, perdidos y perdidas.

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