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¿Por qué dimito de esa responsabilidad si he soñado con ejercerla desde hace 25 cursos?

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Quiero comunicar mi dimisión como responsable de igualdad del centro por varios motivos que más tarde expondré detalladamente. No obstante, también quiero agradecer el esfuerzo que ha realizado el equipo directivo en estos dos cursos en los que he desempañado esta responsabilidad porque este curso, al menos, la figura de responsable de igualdad no existe como tal en la normativa de Castilla La Mancha y, sin embargo, el equipo directivo me la ha reconocido y me ha dado una hora lectiva y una complementaria para realizar tal función (El curso pasado se me adjudicaron dos horas complementarias para desempeñar esta responsabilidad). En la normativa se recoge la figura de responsable de bienestar que incluye convivencia, igualdad y un totum revolutum que al final diluye cualquier objetivo o finalidad educativa. Vaya, por tanto, por adelantado mi reconocimiento a este esfuerzo que valora el trabajo feminista en pos de un mundo más justo por parte de la dirección del centro y de todo el equipo directivo (soy crítica cuando hay que serlo y reconozco lo que se hace bien, a mi juicio siempre todo, claro).

¿Por qué dimito de esta responsabilidad si he soñado con ejercerla desde hace 25 cursos, que son los que llevo trabajando? Porque mi conciencia feminista y mi conciencia moral no me permiten trabajar en algo que atenta contra los principios feministas y el cuidado del alumnado que guían mi vida  y mi práctica docente. ¿Por qué afirmo esto? Porque en nombre del feminismo y de la educación en igualdad se están haciendo cosas, desde la administración educativa autonómica y nacional, que van contra la agenda feminista, contra la dignidad de las mujeres y contra la salud de las y los menores. Por esta razón, no quiero tener nada que ver con esta tropelía y por eso presento mi dimisión.

El feminismo es un movimiento filosófico, político, social y ético que busca la emancipación de las mujeres (la mitad de la humanidad) para lo que ha de conseguirse la igualdad política (igualdad real y no solo teórica), lo que necesita la compensación de las desigualdades de partida. No obstante, esto es imposible conseguirlo si ahora se confunde sexo y género, si ahora parece que no se puede usar la palabra mujer y si la igualdad se confunde torticeramente con la diversidad.

La diversidad es algo consustancial al ser humano. Es la igualdad política, la igualdad en derechos, la que necesita de un trabajo educativo y político para garantizar que el mundo sea justo y no un mundo de privilegios en manos de unos cuantos.

En lugar de trabajar en este sentido, nos llegan a todas horas propuestas de formación que hablan de que por pensar, sentir o actuar de una determinada manera se es hombre o mujer, cuando toda la vida la coeducación lleva intentando enseñar que no hay formas de pensar, sentir o actuar propias de cada sexo, ni juguetes de niños o de niñas, ni deportes o bailes de niños o niñas.

Después de toda una vida en las aulas (y lo que me queda), de toda una vida luchando, me topo con una realidad que me lleva a dimitir de una responsabilidad por la que he luchado para hacerla realidad. Una responsabilidad que ya mandataba la ley de 2007 sobre la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres. En Castilla La Mancha esta responsabilidad no ha existido hasta hace 3 o 4 cursos y dependía de la aprobación del claustro su existencia (repito que es algo a lo que ya obligaba la ley de 2007). Este curso, la nueva normativa ha hecho desaparecer esa responsabilidad específica (reitero que la obliga la ley).

La nueva ley trans aprobada en Castilla La Mancha y también a nivel estatal me impide realizar mi tarea de responsable de igualdad porque dichas leyes dicen basarse en los principios de Yogyakarta, presentando estos principios como una normativa vinculante de la ONU. Pero eso no es verdad. Esos principios se redactaron por participantes de movimientos LGTB que nadie había elegido y signatarios de la ONU que acudieron a título individual y personal en una reunión muy bien financiada por lobbies espurios. Esos principios de Yogyakarta no han sido aún ratificados por ningún estado, por muchas veces que se diga lo contrario, tampoco por España. Sin embargo, la Declaración de la ONU de Beijing de 1995 y el Convenio del Consejo de Europa de Estambul de 2011 España los ha firmado y ratificado y por ello son vinculantes para el Estado español. Estos documentos internacionales hablan, entre otras muchas cosas, de:

-El derecho de las niñas y mujeres a poder nombrarse.

-El derecho de las niñas y mujeres a conocer su biología y su cuerpo.

-El derecho de las niñas y mujeres a tener baños segregados por sexo para garantizar su intimidad y su seguridad.

-El derecho de las niñas y mujeres a conocer la realidad en la que vivimos para lo que se han de hacer estudios estadísticos desagregados por sexo.

Estos derechos están en entredicho en el momento en que se confunde sexo (realidad biológica) y género (estereotipos fruto de la construcción cultural basada en la jerarquía sexual). Todo lo que llega desde la administración en los últimos años va en esta línea de confusión que perjudica todos los avances feministas logrados hasta ahora y que posibilitaban vislumbrar un futuro de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

El protocolo de acompañamiento a al alumnado trans, la ley autonómica aprobada en 2022 y la ley estatal aprobada en 2023 dañan los derechos de las mujeres que, no obstante, recoge la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Como funcionaria que soy cumpliré esas normativas, pero como ciudadana comprometida con la causa de las mujeres no puedo contribuir, ni un minuto más, a acrecentar esta confusión tan perjudicial para todas nosotras.

Esta es la razón de peso, una razón basada en una profunda conciencia feminista y humana que me impide seguir al frente de una responsabilidad de la que no se espera una educación en igualdad, sino una educación sexista y misógina que lleva a hablar de personas menstruantes, que confunde ser mujer con estereotipos sexistas y que niega la opresión milenaria que sufrimos las mujeres y lo reduce a una opción elegible a voluntad.

Sigo abierta a todo el claustro para aclarar todo aquello que no se entienda de esta carta y de esta dimisión, porque sé que es complejo el asunto. Lo haré con gusto y además movida por esa conciencia feminista que llevo a gala y con orgullo. Porque trabajar en hacer de este mundo un lugar más vivible para hombres y mujeres es la meta final de mi labor docente y humana.

El Feminismo es un universalismo ético, un internacionalismo político y una teoría ética de la Justicia y no tiene nada que ver con este juego de letras y signos que es una oda al individualismo más atroz y al relativismo ético más perverso.

Por favor, no llamen feminismo a lo que no lo es y no echen por tierra la lucha digna de grandes mujeres desde hace más de tres siglos. Lucha que no lleva ninguna muerte a sus espaldas porque el feminismo es pacifista, lo que no quiere decir que sea un movimiento que tenga que permitir diluirse sin haber logrado su objetivo: la emancipación de las mujeres.

Muchas gracias por vuestra atención y solicito que esta carta sea adjuntada al acta del último claustro de este curso y elevada a las instancias pertinentes.

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