Evolución del papel de las mujeres en las series de televisión políticas; las caricaturas del poder.

Ángela González
Ángela González
Experta en comunicación y activista feminista
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La segunda temporada de Power Play, serie noruega que narra el ascenso al poder de la primera ministra Gro Harlem Brundtland a finales de los años 70, comienza con una escena que recuerda mucho a la serie danesa Borgen, protagonizada por un personaje ficticio en este caso, Birgitte Nyborg. Se trata de una escena en la que un equipo de periodistas de una cadena de televisión entrevista a la nueva primera ministra y a su marido en el sofá de casa. Con apenas 30 años de diferencia en la ambientación entre una serie y otra, los estereotipos persisten en la Noruega de finales de los 70 y en la Dinamarca de la primera década de los 2000. “¿Quién friega los platos al acabar de cenar?” En ambas escenas el marido cede el protagonismo a su mujer. Uno fregando los platos, otro afirmando que renuncia a su carrera profesional para que ella pueda dedicarse a la política. Como si fuese él tuviera que darle permiso a ella. Qué maridos tan generosos.

La primera temporada de Power Play- premio a la mejor serie del Festival de Cannes Series- nos deja diálogos y escenas que nos permiten presenciar las grandes dificultades a las que Gro Harlem Brundtland tuvo que hacer frente. Es un fiel retrato de la época cuando las mujeres comenzaban a tomar protagonismo en la política en las democracias occidentales. Pero no solo. Hay una escena que me ha recordado a la manera en la que se suele hablar de las mujeres todavía hoy en política, como si fuésemos cromos intercambiables para los nombramientos gubernamentales y elaboración de listas electorales. En una de las escenas se ve a algunos hombres del partido comentar que están buscando a alguien para el puesto de Ministro de Sanidad.

  • Tiene que ser una mujer
  • ¿Y tú no quieres? – le dice otro
  • Yo no soy una mujer
  • ¿Tú no quieres ser líder?
  • Yo no. Yo quiero hacer cosas- le responde

Ministra de Sanidad; tiene que ser una mujer, muy típico de los años 80. El caso es que no encuentran a nadie y finalmente recurren a la hija de un viejo político del partido que es doctora y ha estudiado en Harvard. “Es peor que su padre” comentan antes de nombrarla. Finalmente le dan la cartera de Medio Ambiente porque no querían a alguien tan preparada para ser Ministra de Sanidad. A lo largo de la serie veremos a Gro rodeada de hombres -retratados como personajes infantilizados un tanto mediocres – a través de una narración disruptiva que acaba siendo una caricatura ácida del ejercicio del poder.

El papel de las mujeres en política ha evolucionado desde entonces. Tanto en la realidad como en la ficción. Lejos queda ya la obra maestra de Aaron Sorkin, El Ala Oeste de la Casa Blanca, a finales de los 90 y primeros de los 2000, con una CJ Craig siempre desbordada y una Donna a la que los guionistas hicieron pasar por tonta gran parte de las 7 temporadas. Ambas ocupaban puestos – al igual que el de Ministra de Sanidad- muy asociados a roles femeninos. CJ como jefa de prensa y Donna como secretaria. Al final, ambas asumirán puestos de mayor responsabilidad demostrando incluso llegar a ser mejores que sus anteriores jefes. Claudia Jean Cregg fue el primer referente para muchas que vimos la serie mientras comenzábamos nuestra etapa laboral en comunicación política. Descubriríamos que trabajar en política no era solo cosa de hombres y que las mujeres también podíamos ir a New Hampshire.

Pero Jed Bartlet era un hombre. Tendríamos que esperar a Birgitte Nyborg en Borgen para ver a una primera ministra en Europa protagonizar una serie en 2010. Y qué serie. Nos enamoró por su pureza y su naturalidad. Una Primera Ministra que iba en bicicleta y que tenía que lidiar con su triple faceta de madre, política y esposa. Aunque al final tuvo que elegir. Porque los guionistas la hicieron elegir. Veremos su evolución en la última temporada 12 años después. Birgitte está más sola que nunca víctima de la irrelevancia política. Y es en este contexto de soledad en el que el deseo de poder se convierte en su máxima vital. Incluso si ello supone renunciar a sus principios más fundamentales. 10 años después Borgen ya no es Borgen. Se parece más a House of Cards. Y Birgitte ya no es Birgitte. Se parece más, al menos sí en algunos momentos de la temporada, a Francis Urqhart- que no Underwood- el protagonista de la novela de Michael Dobbs (ex asesor de Margaret Thatcher) en la que se inspira la serie, primero en la versión de la BBC y luego en la de Netflix.

Hablando de House of Cards, nos encontramos a la pérfida Claire Underwood. Reconozco que no me llegó a enganchar la serie y la dejé al acabar la primera temporada. Era la antítesis de El Ala Oeste. Tan extremadamente maquiavélica que era totalmente inverosímil. Sus protagonistas eran arquetipos no personajes. Aquí, Claire – interpretada por una excelente Robin Wright, siempre a la sombra de su marido, logrará convertirse en Presidenta de EEUU porque los guionistas tuvieron que prescindir del personaje interpretado por Kevin Spacey tras diversos escándalos de abusos sexuales. ¿Hubiera llegado a Presidenta si no tuvieran que haber prescindido del personaje protagonista?

Como si de una maldición se tratase, las mujeres que protagonizan series políticas siempre tienen que elegir entre su vida personal o profesional. Es un patrón que se repite. Lo vemos también en la que, para mí, es la mejor serie sobre política que se haya hecho hasta ahora. Baron Noir. La serie francesa baja a las entrañas de la política, toca fibra más allá de la excelencia intelectual, que también la tiene con debates muy interesantes en el contexto del devenir de la izquierda en un mundo global y posmoderno. Es un enfrentamiento entre el viejo y el nuevo mundo y entre la vieja y la nueva política. Producida en 2017 y ambientada en nuestra época, nos muestra a dos mujeres (Amélie Dorendeu y Veronique Bosso) que siguen teniendo que elegir entre su vida personal y política. Baron Noir es una serie que se caracteriza principalmente por su realismo. Y como serie que intenta reflejar esa realidad política, el papel de las mujeres se corresponde, por desgracia, todavía con cierta realidad. Siguen en un papel secundario, a pesar de que una de ellas en la serie ostente el mayor poder del Estado, dependientes argumentativamente del líder o líderes masculinos y sometidas al escrutinio público de una manera más intensa que sus compañeros varones. A la sombra del líder, acusadas de “malvadas” y “ambiciosas”, a las que se les exige más. Sacrificadas en listas o como líderes por el bien común, sacrificando también sus vidas privadas por conseguir sus metas políticas. Y al final ¿para qué? Para la gloria de otros.

La ficción televisiva en la cultura de masas es importante porque crea imaginarios colectivos y contribuye a normalizar situaciones que muchas veces en la sociedad no lo están. Pero si en las series políticas el papel de las mujeres es como el que se ha ido mostrando hasta ahora estaremos creando todo lo contrario a un modelo aspiracional.

Necesitamos más dramas políticos cuyas protagonistas mujeres no tengan que ser preguntadas, ni a principios de los 80 ni en 2024, quien cuida de los niños o hace las tareas del hogar o quien de los dos de la pareja ha tenido que renunciar o desplazar su vida laboral para que el otro/a pueda dedicarse a la noble actividad de la participación política.

Power Play es una sátira política con episodios esperpénticos. Y es diferente a todas las demás. Tiene un aire quijotesco. En medio del absurdo de la política noruega que se describe en la serie, ella – contra corriente – parece ser la única que quiere hacer las cosas bien. Y al final es lo que le conduce al éxito. Por eso esta serie es diferente. Si al principio había reticencias a que fuera Ministra porque había estudiado en Harvard y su marido era del partido conservador, en la segunda temporada hay reticencias porque el país nunca ha tenido una primera ministra mujer y no saben si la sociedad lo recibirá con buen agrado. En realidad, en su partido, no se resisten porque sea mujer sino porque les da mil vueltas a todos. Y eso, todavía hoy, suele levantar muchas ampollas en los egos heridos de aquellos hombres que todavía no han comprendido que la política ya no les pertenece en exclusiva.

 

 

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