“Cuando haces el amor con una mujer te vengas de todas las cosas que te han derrotado en la vida”. La cita es de la película ‘La elegida’, de Isabel Coixet, adaptación de la novela ‘El animal moribundo’ de Philip Roth. Es una reflexión de un hombre “anciano” en su cabeza, aunque el personaje de Ben Kinsley no aparenta más de sesenta años.
La frase resulta demoledora. Se me aparece definitiva de las relaciones de los hombres con las mujeres. De los esposos ancianos, de los maridos maduros, de los novios, de los amantes, de los depredadores. Somos el antidepresivo que en las estadísticas ellos no se toman. La recompensa de sus males. Su dopamina.
El sexo. Los fracasos acumulados por una cultura patriarcal de éxitos son sustituidos por mujeres. Más jóvenes, más guapas, más “putas”. Eso es. Necesitan la dopamina para seguir pero no procedente de las farmacéuticas, para esa industria ya están las mujeres; para el psicoanalista, para la medicación, para la ayuda… cómo si no vamos a dejar de ser las locas. “A mí que me traigan mujeres”, oí la otra tarde en un bar. Lo decía un borracho a otro borracho. La mecánica siempre es la misma. Ahogados en sus vómitos de fratrías masculinas, las que ellos mismos alimentan, cuando se les vuelve en contra “a mí que me traigan mujeres”.
Es cierto, somos un objeto. Ese nada oscuro objeto ni siquiera de deseo porque el deseo es hacia ellos mismos. Necesitan ser seductores para seguir en pie. Demandan su dosis. Resulta tan simple la verosimilitud que asusta. Tratándose de procesos químicos ni por asomo son comportamientos biológicos, no vayamos a caer en explicaciones eximentes. Obedece a la caza-recolecta. Al conteo. El acto sexual no es sexo, es un de ajuste de cuentas.
“¿Por qué no puede un hombre anciano comportarse como dicta su edad? ¿Cómo es posible que siga involucrado en los aspectos carnales de la comedia humana?”. David, el personaje protagonista de la película, el sesentón, sigue involucrado en los aspectos carnales,
pero él no lo sabe. Tiene una relación sexualmente satisfactoria con su pareja, una mujer de su edad, atractiva, culta, con un impresionante sentido del humor, independiente. Cuando David habla del “aspecto carnal” se refiere a la seducción de una mujer joven, treinta años más joven, una alumna. La mujer que tiene como pareja no es aspecto carnal. La vejez es una derrota, cazar y recolectar mujeres jóvenes, la pócima. ¿Puede un hombre mayor enamorarse de una mujer joven? ¡Ni por asomo! Sólo se está vengando de sus derrotas.


