¿Quién te lo iba a decir, Simonetta?

EstherTauroni Bernabeu
EstherTauroni Bernabeu
Doctoranda en Políticas de Igualdad, Licenciada en Historia del Arte, Técnica en Igualdad, Activista, Ingobernable, Investigadora y Mujer.
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Me parece, como poco, curioso que en “El nacimiento de Venus” de Botticelli se hable de “El significado de la obra está relacionado pues con el neoplatonismo y la formulación por Marsilio Ficino de un concepto idealizado del amor donde la figura de Venus se desdobla en dos versiones complementarias, la Venus celeste y la Venus terrenal, que simbolizan el amor espiritual y el amor material, una teoría derivada de El banquete de Platón”. ¿Por qué el patriarcado tiene la costumbre de justificar lo injustificable y negar lo evidente? ¿Acaso no vemos todas y todos que la protagonista del lienzo es o pretende ser una niña?

Hace años el colectivo feminista Guerrilla Gils preguntó al mundo “¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Metropolitan? ¿Tienen que ser odaliscas o Venus? ¿Tienen que ser musas o modelos? Dicho de otro modo ¿están condenadas a desnudarse para entrar en la historia?”

Efectivamente, nos tenemos que desnudar para entrar en la historia, pero no cuando somos viejas, maduras o adultas, ya que los cuerpos no cumplen los cánones de belleza de la eterna juventud, sino cuando somos niñas. Y si no nos desnudamos, nos desnudan o, si somos mujeres nos infantilizan.

Y eso mismo debió de hacer Botticelli cuando pintó a Simonetta Vespucci como protagonista del cuadro “El nacimiento de Venus” que actualmente se exhibe en la Galería Uffizi, en Florencia y por la que sintió, además de un amor platónico, una obsesión incluyendo su imagen en la gran mayoría de sus cuadros, incluso, doblemente en este. Si nos fijamos el rostro de Venus y el de la figura femenina que aparece a la derecha (la diosa Flora) es el mismo.

Su nombre de nacimiento era Simonetta Cattaneo, nació en 1453 y era hija de Cattocchia Spinola y el noble genovés Gaspare Cattaneo Della Volta. Nació en Portovenere, en Liguria, el mismo lugar en que se sitúa el nacimiento de la diosa Venus. El poeta Poliziano escribió que su casa estaba “en ese distrito Liguriano arriba de la costa, donde el furioso Neptuno golpea las rocas. Ahí, como Venus, nació entre las olas”.

Con tan solo 16 años, en abril de 1469, contrajo matrimonio con Marco Vespucci, un familiar del futuro explorador florentino Américo Vespucio, miembro de una rica familia florentina dedicada a la banca y próxima a los Médici, en la iglesia de San Torpete, Génova, en presencia de los Duques y la nobleza genovesa.

Fue precisamente al instalarse con la familia Vespucci que ella fue descubierta por Sandro Botticelli, los hermanos Domenico y David Ghirlandaio, Piero di Cosimo y otros artistas prominentes que vivían en Florencia. Muy pronto todo noble en la ciudad quedó prendado de ella. Entre éstos, los hermanos Lorenzo y Giuliano, de la familia de los gobernantes Médici.

Ya en 1472, en el fresco de la capilla Vespucci de la Iglesia de Todos los Santos, la Madonna della Misericordia protegiendo a los miembros de la familia Vespucci, los hermanos Ghirlandaio habían incluido el retrato de Simonetta cerca del aún niño Américo Vespuccio.

Cuenta una leyenda que el 28 de enero de 1475 en la plaza de la Santa Croce en Florencia, se llevó a cabo una justa, La Giostra (Torneo di Giuliano). La razón oficial de este torneo fue la celebración de un éxito diplomático: una alianza entre Milán, Venecia y Florencia, el 2 de noviembre de 1474. Pero, según ha sido sugerido, la fecha elegida para el festival fue el día del cumpleaños de Simonetta.

El torneo contó con la participación de Giuliano, quien la eligió dama de su corazón. Delante de Giuliano iba su escudero con un estandarte en el cual Botticelli había pintado a Minerva y Cupido. Un poema de Poliziano describe la imagen y da la clave de esta: “era una imagen de Simonetta representando a Palas Atenea vestida de blanco, con lanza y escudo que lleva la cabeza de la Medusa Gorgona. Como lema tenía escrito en francés: La Sans Pareille (La Sin Igual)”. El mismo Giuliano escribió de ella “Su belleza era espectacular. De talla seductora y sublime; el tono de su piel blanco, pero no pálido, lozano, pero no lustroso; en el caminar y en el baile, y en todos sus movimientos era elegante y cautivadora”.

Simonetta murió tan solo un año después, la noche del 26 de abril de 1476, presuntamente de tisis. Apenas tenía 23 años. Su velatorio, por el que pasaron miles de florentinos, se efectuó con el féretro al descubierto −según los testigos estaba más bella incluso que en vida−, y también miles acompañaron su ataúd durante el funeral. Comenzó así el culto a Simonetta, dotada de un aura mitológica de ninfa, convertida en mito erótico y redescubierta por los victorianos en el siglo XIX.

Dos años después del fallecimiento de Simonetta, en 1478, Botticelli pintó la “Alegoría de la primavera” por encargo de Lorenzo di Pierfrancesco de Médici. En el centro del cuadro está Venus y, a la derecha Flora, que tiene el rostro de Simonetta, diosa de las flores y los jardines, vestida con un traje decorado con motivos vegetales; en sus manos sostiene un cesto de flores que va esparciendo por el suelo.

En 1481 también utilizando el rostro de la joven fallecida pintó la “Virgen del Magnificat” y a finales del mismo año “Pruebas de Moisés” situándola en un primer plano de la escena. El cuadro se halla en la Capilla Sixtina en Roma. En 1482 la convirtió en protagonista de “Palas y centauro” y un año después en “Venus y Marte” que se expone en la National Gallery de Londres.

Nueve años después de la muerte de Simonetta, Botticelli pintó su obra maestra “El nacimiento de Venus”, en 1485 y, como hemos visto, la propuso a ella como protagonista. ¿Qué pretensión tendría el pintor al retratarla como una niña desnuda? Indudablemente es lo que hay: una niña desnuda convertida en un símbolo erótico hasta la actualidad.

Venus, o Simonetta además de desnuda está infantilizada. Sin pelo en el pubis y con unos senos incipientes que cubre, pudorosa, con su mano. Con la otra agarra su cobriza cabellera para tapar su sexo mientras Eolo sopla con fuerza para desnudarla del todo y Flora, que es ella misma, para cubrirla con un manto rojo con flores negras, símbolo de transformación y renovación. No deja impasible su expresión que es de una pasividad extraña, que no se alcanza a descifrar del todo. Tiene una sonrisa que todavía no termina de definirse, y su mirada parece derretirse ante un espectador incierto, que la hipnotiza —o al que hipnotiza—: no puede saberse.

Este cuadro fue revolucionario en su época, por ser la primera obra de gran formato de tema exclusivamente mitológico, además de un desnudo, algo todavía no del todo bien visto por la moral imperante en la época, pero que fue profusamente imitado. Esta es, posiblemente una de las primeras obras que normalizó la cosificación de la mujer y la perversión de mostrar desnuda a una niña para el placer de la mirada voyerista.

Los prerrafaelitas ingleses encontraron en la Venus de Botticelli una fuente inagotable para retratar a mujeres como perversas causantes de la perdición de los hombres. John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt, entre otros, concibieron a través de Simonetta el espectro de la mujer fatal que sobrevive en nuestros días protagonizando novelas (recordemos a “Lolita” de Vladimir Nabokov) versionadas en el cine, la publicidad y los medios de comunicación que perpetúan la sexualización de las niñas con absoluta normalidad.

Tras la Venus, Botticelli pintó otros cuadros que evidencian la obsesión por la muchacha. En 1487 su rostro lo utilizó en la “Virgen de la Granada”, y en 1495 en “La calumnia de Apeles” ambas en la Galería Uffizi de Florencia. En esta segunda el mismo rostro lo tienen seis de los diez personajes que hay en el lienzo y uno de ellos repite el modelo de “El nacimiento de Venus”.

La cosificación de las mujeres es una violencia muy normalizada y peligrosa pues crea un modelo de feminidad estandarizada e irreal creada desde los deseos de dominación masculina. Dentro del modelo patriarcal el hombre refuerza su superioridad al lado de una mujer joven, máxime con una niña y en un universo perverso la sexualiza convirtiéndola en su posesión. Como sabemos satisfacen su ego junto a quien es vulnerable pues la visualizan subordinada. Además, sádicamente, sienten rejuvenecer.

La creación, a través de la historia del arte, de modelos femeninos aniñados evidencia la perversión masculina que revierte la realidad y da forma a esos repugnantes deseos pedófilos que satisfacen a quienes visualizan las obras y también lo son. Se trata, como afirmó Pierre Bourdieu de una violencia simbólica que ha normalizado la importancia de que las mujeres, además de jóvenes tengamos que ser sexualmente atractivas para ser queridas y, al contrario, que la mujer adulta esté condenada al ostracismo sexual.

Si aplicamos la perspectiva de género al arte descubriremos el universo monstruoso creado por el patriarcado de la mano de los que consideramos grandes maestros.

¿Podremos volver a mirar con condescendencia “El nacimiento de Venus” sabiendo que es la imagen de una mujer fallecida a la que el artista desnudó, infantilizó y pintó, compulsivamente, en muchas de sus obras? O ¿Veremos a partir de ahora a una víctima e indefensa niña creada para recrear los perversos sueños de un pintor?

 

 

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