Inicio 1Portada “Mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”

“Mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”

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Rosario Castellanos (1925-1974) fue una mujer mexicana de extraordinario talento. Licenciada en Filosofía, fue docente en la Universidad Iberoamericana de México, y en las estadounidenses de Wisconsin, Colorado e Indiana, y escritora que aplicó su talento en todos los estilos literarios (poesía, novela, ensayo, cuento, teatro, crónica periodística), e incluso fue embajadora de México en Israel de 1971 a 1974, y su nombramiento fue un hito, ya que fue la única mujer entre los funcionarios nombrados en esa ocasión.

Y en todas esas facetas profesionales la reflexión con perspectiva Feminista fue una acompañante constante, al igual que la ironía y el humor inteligente, aunque un escritor contemporáneo, Jorge Ibargüengoitia, tenía una opinión diferente: “Yo, a esta mujer no puedo tratarla más que en pequeñas dosis, porque me fatiga. Piensa demasiado rápido”.

Lo que no queda claro es si a él le parecía que pensaba demasiado rápido… para ser una mujer, o como ser humano.

Y la sospecha es muy pertinente porque la minusvaloración ligada al hecho de la pertenencia al sexo femenino, es una herida abierta en su biografía a una edad muy temprana, cuando tras la muerte siendo niño de su hermano menor escucha a sus padres lamentarse diciendo “¿Por qué se murió el varón?.”

Este hecho la marcó y tomó presencia en sus obras, y también la indujo a ir explorando a lo largo de su vida personal y profesional la diferencia del valor que el maldito género había establecido para hombres y mujeres.

Un claro ejemplo de ello ya puede verse en el ensayo que presenta en 1950 para conseguir la licenciatura de Filosofía, titulado “Sobre la cultura femenina”, en el que hace un repaso por la misoginia de los pensadores ilustres que descartaron que la inteligencia fuera una cualidad propia del sexo femenino, y con enorme ironía, aunque atravesada por una visible impotencia, muestra una inteligencia que según los autores ilustres no sería suya, ya que, apoyados en el “dictamen de género”, la inteligencia es excluyente para su sexo, por ser mujer no le corresponde:

__”Sé, por ellos, (los autores ilustres), que la esencia de la feminidad radica fundamentalmente en aspectos negativos: la debilidad del cuerpo, la torpeza de la mente, en suma, la incapacidad para el trabajo.”

__”Las mujeres son mujeres porque no pueden hacer ni esto ni aquello, ni lo de más allá.”

__”En primer lugar me está vedada una actitud: la de sentirme ofendida por los defectos que esos señores a quienes he leído y citado acumulan sobre el sexo al que pertenezco. Su sabiduría es indiscutible, sus razones tienen que ser muy buenas y las fuentes de donde proceden sus informaciones deben ser irreprochables.”

__”Desde su punto de vista, yo (y conmigo todas las mujeres) soy inferior. Desde mi punto de vista, conformado tradicionalmente al través del suyo, también lo soy. Es un hecho incontrovertible, que está allí.”

__”El tema a discutir es que mi inferioridad me cierra una puerta y otra y otra por las que ellos holgadamente atraviesan para desembocar en un mundo luminoso, sereno, altísimo que yo ni siquiera sospecho y del cual lo único que sé es que es incomparablemente mejor que el que yo habito.”

__”El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos ellos del sexo masculino. Ellos se llaman a sí mismos hombres y humanidad a su facultad de residir en el mundo de la cultura y de aclimatarse en él.”

Y de forma muy cruda también esta minusvaloración cautiva del género  aparece claramente reflejada en una novela publicada en 1957, “Balún Canán”:

__”Don Jaime Rovelo se inclinó hasta mí y me tomó entre sus brazos mientras musitaba: “Ahora tu padre ya no tiene por quién seguir luchando. Ahora ya estamos iguales. Ya no tenemos hijo varón.”

En esta etapa de su vida Rosario Castellanos aún no había leído la obra “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir, pero después de leerla, su análisis y su rechazo a la ordenación social en función del maldito género con su jerarquización asimétrica de los sexos se incrementan.

Uno de los testimonios más depurados lo encontramos en el discurso que pronuncia en 1971, en el Museo Nacional de Antropología, ante el presidente de la nación, su esposa y un nutrido grupo de funcionarias/os gubernamentales, titulado “La abnegación, una virtud loca”:

__»El sexo, lo mismo que la raza, no constituye ninguna fatalidad biológica, histórica o social. Es sólo un conjunto de condiciones, un marco de referencias concretas dentro de los cuales el género humano se esfuerza por alcanzar la plenitud en el desarrollo de sus potencias creadoras.»

__”Si nos proponemos construir un feminismo auténtico, pero sobre todo, eficaz, tenemos que partir de otros postulados, el primero de los cuales sería la investigación acuciosa, el conocimiento lo más exacto y puro que pueda alcanzarse del complejo de cualidades y defectos, de carencias y de atributos, de aspiraciones y limitaciones que definen a la mujer.

Esta investigación va a conducirnos a un descubrimiento muy importante: el de que no existe la esencia de lo femenino. Porque lo que en una cultura se considera como tal, en otra, o no se toma en cuenta, o forma parte de las características de la masculinidad

__”La abnegación es la más celebrada de las virtudes de la mujer mexicana. Pero yo voy a cometer la impertinencia de expresar algo peor que una pregunta, una duda: la abnegación ¿es verdaderamente una virtud?.

__»Yo insisto en que si la abnegación es una virtud es una de esas virtudes que dice Chesterston que se han vuelto locas. Y para su locura no existe entre nosotros otra camisa de fuerza más que la ley.»

__”Todas las disposiciones legales que hemos ido elaborando a lo largo de nuestra historia tienden a establecer la equidad política, económica, educativa, social, entre el hombre y la mujer.”

__»Y no es equitativo -y por lo tanto tampoco es legítimo- que uno de los dos que forman la pareja, dé todo y no aspire recibir nada a cambio.»

__»No es equitativo – así que no es legítimo- que uno tenga la oportunidad de formarse intelectualmente y al otro no le quede más alternativa que la de permanecer sumido en la ignorancia.»

__»No es equitativo – por lo mismo no es legítimo- que uno encuentre en el trabajo no sólo una fuente de riqueza sino también la alegría de sentirse útil, partícipe de la vida comunitaria, realizándose a través de una obra, mientras que el otro cumple con una labor que no amerita remuneración y que apenas atenúa la vivencia de superfluidad y de aislamiento que se sufre; una labor que por su misma índole perecedera, no se puede dar nunca por hecha.»

__»No es equitativo – y contrario al espíritu de la ley- que uno tenga la libertad de movimientos mientras el otro está reducido a la parálisis.»

__”No es equitativo – luego no es legal- que uno sea dueño de su cuerpo y disponga de él como se le dé la real gana mientras el otro reserva ese cuerpo no para sus propios fines, sino para que en él se cumplan procesos ajenos a su voluntad.”

__”No es equitativo el trato entre hombre y mujer en México. Pero nos damos el lujo de violar la ley para seguir girando, como las mulas de la noria, en torno de la costumbre. Aunque la ley se haya hecho, y lo sepamos, para corregir lo que la costumbre tiene de obsoleto, de viciado y de injusto.”

__”Pero no hay que desesperar. Cada día una mujer, o muchas mujeres ¿quién puede saberlo, puesto que no se registra?, gana una batalla para la adquisición y conservación de su personalidad.”

Pero por esa adquisición y conservación las mujeres pagan un peaje muy alto, tal y como Rosario explicó en una entrevista: “Desde siempre he sido muy consciente de la forma de vida que es necesario adoptar para poder conciliar la feminidad por una parte, porque no creo que sea un bien renunciable, y la actividad intelectual y profesional por la otra, y hacer de eso un ser no desgarrado, que es como casi siempre han sido las mujeres que tienen una profesión, sino un ser en la plenitud del cumplimiento de sus posibilidades.”

Y crítica hasta el final con estas ataduras, vetos y desgarros, impuestos a las mujeres por la ordenación social dictada por el maldito género, el título de una de sus últimas obras de ensayo es “Mujer que sabe latín”, que reproduce el refrán mexicano “Mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fín”, y en el que analiza la historia de mujeres escritoras y pensadoras como Natalia Ginzburg, Simone Weil, Virginia Woolf, Sor Juana Inés de la Cruz, y Susan Sontag, entre otras, destacando su lucha por ser reconocidas y respetadas en un mundo que se resiste a desterrar la hegemonía masculina:

__”Desde que nace una mujer, la educación trabaja sobre el material dado para adaptarlo a su destino y convertirlo en un ente moralmente aceptable, es decir, socialmente útil. Así se le despoja de la espontaneidad para actuar; se le prohíbe la iniciativa de decidir; se le enseña a obedecer los mandamientos de una ética que le es absolutamente ajena y que no tiene más justificación ni fundamentación que la de servir a los intereses, a los propósitos y a los fines de los demás.”

__”Al través del mediador masculino la mujer averigua acerca de su cuerpo y de sus funciones, de sus persona y de sus obligaciones, todo lo que le conviene y nada más. A veces menos.” 

El 25 de Mayo se conmemorará el centenario del nacimiento de Rosario Castellanos, y quiero terminar este sencillo recordatorio de una mujer con una altura intelectual tan extraordinaria como su anhelo Feminista, con uno de sus poemas, “Meditación en el umbral”:

”No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre
Otro modo de ser.”

 

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