La madre de Nietzsche en los años de la locura

María Durán Barbero
María Durán Barbero
Profesora de secundaria de Filosofía especializada en lengua y literatura.
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Nietzsche dejó de escribir cuando su cuerpo y su mente se quebraron. El filósofo que había dedicado su vida a criticar los valores cristianos —la compasión, el sacrificio, la negación de la vida, la moral que hace del sufrimiento una virtud— entró en un largo silencio. El Anticristo, La genealogía de la moral, Así habló Zaratustra quedaban atrás. Ya no habría libros. Ya no habría combate teórico. Solo quedaba un cuerpo frágil, una vida sin conciencia vital, sin esa voluntad de vivir que él tanto había defendido.

La vida de Nietzsche está atravesada por paradojas. Fue una criatura enfermiza que defendió la fuerza; un enemigo declarado de la compasión que sobrevivió gracias al cuidado. Porque Nietzsche no murió cuando perdió la palabra. Vivió varios años, de 1889 a 1897 , sostenido por alguien que eligió sacrificarse: su madre, Franziska Nietzsche. Los últimos años sería atendido por su hermana ya que su madre muere tres años antes de morir Nietzsche.

En los años de la locura, fue ella quien se ocupó de todo. De la economía, de la ropa, de la comida, de los paseos, de los enfermeros que lo atendían, que lo lavaban, de los compañeros y amigos que le leían en voz alta sus obras como el Zaratustra. Mientras el filósofo ya no podía defender sus ideas ni afirmar su voluntad, alguien sostuvo su existencia cotidiana. No hubo heroicidad en ese cuidado, ni grandeza pública. Solo una presencia constante que hizo posible la vida cuando ya no podía sostenerrse sola.

Franziska Nietzsche escribía dos cartas al mes al amigo y profesor Franz Overbeck. Las últimas están fechadas apenas dos semanas antes de su muerte. Después, silencio. Y, sin embargo, vida. Vida sostenida por aquello que él había despreciado como síntoma de decadencia: la compasión, el cuidado, el sacrificio silencioso.

Nada hay más malsano en nuestra malsana modernidad que la compasión cristiana”, escribió Nietzsche en El Anticristo (§7). Y tenía razón: cuando la compasión se convierte en ideal moral, cuando el sufrimiento se glorifica, cuando el sacrificio se impone como deber, la vida se debilita. Pero Nietzsche no pensó —o no pudo pensar— que el cuidado es toda una estructura que sostiene la existencia humana. O tal vez no quiso darle la importancia necesaria.

Yo también creí en el impulso vital. En la vida luminosa que me esperaba a los veintitrés años. Estudié FIlosofía y resonaban en mí las palabras de Nietzsche: la afirmación, la luz, la sensualidad, Grecia, Dionisio. Me fui a vivir allí. El amor. El atardecer sobre la roca de la Acrópolis. La promesa de una vida rodeada de mar, de historia, de épica.

Sin embargo, llegó mi destino. Inevitable. Ineludible. Fatal. Hoy aprendi a amar ese destino, a pesar del dolor, hoy entiendo que fue uno de los grandes aprendizajes que me ofreció la vida. Amor fati.

Vivimos en una isla soñada, una pequeña península de casas neoclásicas y caminos de mármol. En 2008 nacieron mis hijos mellizos: un niño y una niña. Al año y medio comprendí que algo no iba bien. Mi hijo no hablaba. No me reconocía. El diagnóstico llegó como una fractura: autismo severo. Después vendrían el dolor, la incertidumbre, la tragedia cotidiana. El destino que no se elige y que hay que aceptar. Amor fati.

Tuve que separarme. Volver. De nuevo mi madre cuidando. Mi hija, tan dulce, tan inocente al silencio de mi hijo. Y yo, abnegada. Yo, llevando encima todas las heridas del mundo, una vez más, una madre doliente. Hubo tantas, tantas madres que han sostenido lo imposible y no solo por amor, también porque es una responsabilidad moral.

Madre sola que no puede cuidar de su hijo. Empezar de nuevo. Ser profesora. Volver a amar.

Mi hijo creció. Y llegó un momento en que ya no podía cuidarlo. A los dieciocho años entró en un centro especializado, tras un año de ingresos en el hospital debido a sus Trastornos conductuales propios del autismo, y más cuando un cerebro adolescente está cambiando.

Francesca Nietzsche y yo —dos mujeres separadas por el tiempo— cuidando a hijos que ya no están en este mundo tal como lo habíamos imaginado.

Mi hijo necesita todos los valores que Nietzsche despreció para ser sostenido. El amor al otro. El cuidado. La atención constante. Resulta que el amor al otro se encuentra en otras religiones, es parte de la supervivencia de la humanidad. No como valor cristiano exclusivamente: también está en el Corán, en la Torá, en las filosofías orientales. La ayuda al prójimo es un valor intrinseco universal y necesario. Irreemplazable.

Y, sin embargo, no renuncié a vivir.

Delegar el cuidado no fue abandono. No fue huida. Fue una decisión para que el sacrificio no destruyera mi vida. Hoy puedo pensar. Hoy puedo leer a Nietzsche. Hoy puedo escribir este texto porque el cuidado se ha vuelto compartido. Porque alguien más cuida mientras yo sigo viviendo.

Si agradezco algo a Nietzsche no es su negación del cuidado, sino su exigencia más radical: no construir una ética a partir de la culpa ni del martirio. No convertir el sufrimiento en virtud. Afirmar la vida incluso cuando ya no es luminosa. Incluso cuando exige límites. Incluso cuando obliga a delegar.

Tal vez ahí —y solo ahí— sea posible pensar una ética del cuidado no cristiana, no resentida, no heroica. Una ética que no sacralice el sacrificio, pero tampoco abandone a quien ya no puede sostenerse por sí mismo. Porque la vida no siempre puede afirmarse sola. Pero sigue siendo vida.

La vida que Nietzsche quiso afirmar no se sostiene solo en el impulso, sino también en una infraestructura silenciosa que permite que la vida continúe cuando el instinto falla. El cuidado no es un exceso moral ni una virtud edificante, sino una condición material de posibilidad de la existencia humana. Sin esa red de sostén —históricamente asumida por mujeres— no hay pensamiento, ni creación, ni afirmación posible. Los cuidados son esenciales.

La Plataforma Estatal de Cuidadoras Principales reclama:

  • Reconocimiento profesional y social de la figura de la cuidadora principal.
  • Medidas reales para no quedar fuera del sistema laboral, incluida la protección de las trayectorias profesionales y de las pensiones futuras.
  • Atención médica y psicológica específica para las cuidadoras, reconociendo el desgaste físico y emocional del cuidado prolongado.
  • Servicios de respiro y apoyos reales y suficientes, incluidos centros especializados, que permitan cuidar sin destruir la vida de quien cuida.
  • Participación directa en las decisiones políticas que afectan a la dependencia, la discapacidad y los cuidados.
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