Al Instituto Cervantes,
a su Director, Luis García Montero
Espero que se encuentre usted bien y haya tenido, a pesar de tanto calor, un buen verano.
Empezar analizando los obstáculos que se interponen entre las escritoras y su reconocimiento, tal como lo hace usted en la introducción a la exposición virtual Tan sabia como valerosa de la institución que usted dirige, es el primer paso para superarlos, reparar daños, detectar y evitar retrocesos. Poner un granito de arena en esto último motiva esta carta abierta que ojalá tenga el honor de recibir su valiosa atención, ahora que está al caer el 11º aniversario del Día de las Escritoras.[1]
Verá. Me gustaría compartir con usted mi apreciación acerca de algunas manifestaciones de dicha exposición. Me he dado a la tarea porque creo ⎯con todo respeto⎯ que van en contra de su espíritu y de las palabras con las que usted tan acertadamente la introduce. Pueden ser para las mujeres, precisamente, “valla, fosa y muro”, tal como usted llama a los obstáculos que las alejan de su reconocimiento. Pero no solo. 1. Implican un retroceso en la lucha civilizatoria por la igualdad entre los sexos; 2. un peligro para la salud de los y las menores; y, 3. atentan contra la humanidad como tal. Esto último dada la concepción de la subjetividad y por lo tanto de la identidad que suponen. Le escribo, para compartir con usted las razones por las que lo creo, aunque centrándome ⎯en esta ocasión⎯ sólo en el primer rubro.
Mi deseo es arrimar fuerzas a una causa, la de la igualdad para las mujeres, su escritura y reconocimiento, que ⎯ sabemos⎯ no se puede llevar adelante sólo desde allá arriba. Le escribo pensando que en la dirección de un barco nunca sobran, por modestos que sean, los vientos a favor que pueda aportar la ciudadanía, que nunca está de más el viento amigo. Hasta aquí la declaración de intenciones.
I
Tal vez lo recuerde. No es esta la primera vez que le escribo. Le escribí al Instituto Cervantes una carta abierta sobre el mismo tema hace tres años [2]. Después ⎯en una segunda carta abierta ⎯ le agradecí a usted, su director [3], también a través de Tribuna Feminista, reaccionara a mi primer carta en un intercambio que tuvo con Ángeles Álvarez, ex diputada y destacada activista feminista, en Twitter. Y, pienso que esta ⎯tercera⎯ será la última misiva en la que me permita dirigirme a usted sobre este asunto. Por ello lo haré de manera extensa. No me atrevería si no lo considerara de máxima importancia.
Mi primer carta abierta dirigida en abstracto a la institución que usted dirige se publicó en torno al Día de las Escritoras de 2023 cuando se inauguró, felizmente, la versión digital de la exposición Tan sabia como valerosa. El motivo fue mi desconcierto al ver en Twitter que, al abrigo de una institución con el peso simbólico que tiene el Instituto Cervantes, se adoptaba una nomenclatura, la transgenerista, según la cual: una mujer como Catalina de Erauso, que vivía, amaba, se vestía y expresaba como en su sociedad se esperaba lo hiciera un hombre, pero en ningún caso una mujer, era porque, en realidad, era “trans”.
Le escribí con desazón por todo lo que supone el uso de esa nomenclatura y, en particular, porque una vez adoptado en el marco de la institución que usted dirige, dejaba en el limbo la posibilidad de reconocer a una autora como Catalina de Erauso en condiciones. Pues, al hacerlo diciendo que era “trans”, esto es (según dicha nomenclatura) más bien un autOr: ¿no se le estaba reconociendo en un día equivocado?, ¿no se le estaba, por ello, “malgenerizando”?
Si se obedecía a los criterios de la nomenclatura transgenerista para identificar a Catalina de Erauso, se anulaba, por coherencia, la posibilidad de recordarla el día de las escritorAs. Ello tenía unas repercusiones simbólicas de un calibre inasumible para la memoria de la humanidad en general y de las mujeres en particular. Ese fue el motivo de mi primer carta.
Y, ahora que está al caer el 11º aniversario de ese día tan importante, caigo en la cuenta de que en la exposición virtual del Instituto Cervantes donde se la conmemora, no se habla de Catalina de Erauso como “una autora trans del siglo XVII”, tal como se hizo en su día en la correspondiente página de Twitter. Sin embargo, el modo con el que se hace referencia a ella contradice ⎯según lo veo⎯ el ánimo de la exposición referida, Tan sabia como valerosa.
Le doy un primer ejemplo. En la exposición virtual que lleva por título aquella expresión entrañable de Sor Juana, se puede leer:
“Hoy en día no tendríamos mucha dificultad en reconocer la situación de Catalina de Erauso como la de una identidad transgénero” [4].
Apreciará usted el doble y elocuente giro de la frase: en una de sus vueltas se da por sentado que el género es identidad; y, en la otra, se promete hablar de la situación de Catalina de Erauso, pero se nos deja con las ganas, en su lugar se habla de la situación de su identidad.
“Es evidente la complejidad de la identidad pública y privada de Catalina”, se nos dice fara finalizar, pero del contexto a que ello responde no se dice una sola palabra. Ni una.
Y bien, volviendo a la primer frase, desde mi punto de vista, su doble giro refleja un fenómeno social nocivo que, interviniendo el lenguaje, ha venido de la mano del transgenerismo. Como ve usted, en la frase aludida se confunden los términos: persona, identidad y género se funden en un amalgama que hoy se condensa en la llamada “identidad de género”. Un concepto cuyo reconocimiento como categoría jurídica protegida, a su vez se confunde con el “derecho a ser”. Pero, para hablar de las implicaciones que tiene esta sobreposición de confusiones, volvamos a la frase aludida: ¿a qué podrían deberse su doble giro?
Diera la impresión de que si en la frase, mejor que hablar de la situación de la autora se ha preferido hablar de la situación de su “identidad”, es para no comprometerse con la afirmación directa de que “era trans”. Afirmación que, dado que “los hombres trans son hombres”, impediría recordar a Catalina de Erauso el día de las escritorAs. Pero todo ello sin tener que privarse ⎯ese es el punto⎯ de convertir su figura en referente del transgenerismo. Hemos de reconocer que no era fácil.
Lo que ocurre es que la acrobacia, desde nuestro punto de vista ⎯somos muchas quienes así pensamos⎯ además de que no se sostiene, tiene un precio inasumible: no hablar de la situación de la autora, de su contexto social, de la opresión que, por el hecho de ser mujer y no por otra cosa, padecía.
Ese es el precio que seguro le recuerda ⎯como a mí⎯ lo que, al margen de toda connotación sexual, decía Marx de la fetichización de la mercancía: al no distinguirla de su valor, se oculta la relación social de explotación que lo genera.
Algo muy parecido ocurre con la identidad y el género cuando, en un giro doble como el de la frase aludida, se les fusiona entre sí y no se les distingue de la persona. Desde mi punto de vista: en el marco transgenerista, la amalgama entre persona, identidad y género que se condensa en la llamada “identidad de género”, funciona en sí misma como una fetichización que, tomado la parte por el todo, oculta: tanto la relación social que la produce, como sus condiciones materiales de posibilidad. Una relación, no de discriminación de “las identidades”, sino de opresión contra las mujeres a partir de sus condiciones materiales, de su ser hembras de la especie humana.
Así pues, según pensamos muchas: que en una página del Instituto Cervantes se pueda leer una frase como la que he citado, al validar sin distancia crítica el marco transgenerista, tiene consecuencias negativas para toda la sociedad y de un modo muy directo, para las mujeres. Por eso le escribo.
Sabemos que la situación no es fácil. Pero, acaso no se podría, en lugar de esa frase que con sus giros y vueltas resulta tan elusiva, poner más claras las cartas sobre la mesa y decir, por ejemplo: “En el caso de que adoptáramos el marco transgenerista, hoy se podría decir que Catalina de Erauso era ‘una persona transgénero’. Pero, como es sabido, se trata de un marco que ha sido fuertemente cuestionado, sobre todo por el feminismo. No es este el lugar para pronunciarse al respecto. Ahora bien, aún asumiendo ese polémico marco y, por lo tanto, que ‘el género es identidad’; suponiendo entonces que Catalina de Erauso tenía una ‘identidad transgénero’: era mujer. De ello depende en buena medida su mérito y por eso en el Instituto Cervantes se la recuerda el día de las escritorAs”.
Con este modo de hablar, no se nos iba a complacer del todo a las feministas y tampoco a los transgeneristas ⎯pensará usted con razón⎯. Pero creo que al menos se abriría la ventana que para respirar necesita el pensamiento, la discusión y la democracia. Y el Instituto Cervantes se libraría de la responsabilidad de validar una nomenclatura tan cuestionable, manteniéndose, al menos hasta cierto punto, neutral. Quisiéramos pensar, no sin temblor, que al menos eso todavía es posible.
Hasta aquí podría llegar esta carta, pero no se vería lo bastante, con qué y cómo se compromete el Instituto Cervantes, cuando incluye, sin mostrar distancia crítica, nomenclatura transgenerista en su lenguaje.
II
Permítame pues, ahora, ir al título de la entrada virtual que aquí comento. Me atrevería a proponer ⎯perdonará la confianza⎯ un título alternativo al que para ella se ha elegido. Pues, aun no siendo alegre, rimaría mejor con el modo tan acertado con el que usted introduce la exposición, Tan sabia como valerosa, en la que se enmarca dicha entrada:
“Catalina de Erauso: la autobiografía de una mujer obligada a ocultarse”
podría haberse titulado en lugar de:
“Catalina de Erauso: autobiografía de una identidad sin barreras”
Ya ve usted el contraste. Si me permito la propuesta simulada, es porque además de que no son las identidades sino las personas quienes eventualmente escriben autobiografías, sorprende leer “sin barreras” en el título de la entrada referida cuando, fueron precisamente barreras y muy férreas ⎯“obstáculos, vallas, fosas y muros”, les llama usted⎯, lo que tuvo que enfrentar, no “una identidad”, sino una persona: Catalina de Erauso. Aquella mujer extraordinaria que, para vivir, amar, vestir y expresarse según podía, quería y le parecía, tuvo que ocultarse, mentir, haciéndose pasar por hombre. Y no sólo. Tuvo que desaparecer de la mirada de su familia y de otros muchos, además de cambiar más de una vez de nombre.
Aunque, es verdad, no siempre por el mismo motivo. Pues, cabe mencionar que, a propósito de barreras, la memorable autora de aquella sorprendente autobiografía, alguno que otro límite, no barrera, sí que le faltaba. No dejemos de decirlo, aunque sea brevemente: alineada al espíritu colonial, militarista e imperial de la España del siglo XVII, fue, no sólo racista, sino particularmente violenta y, a propósito de identidades, afín a la identidad integrista hispano católica que, después de expulsar a judíos y moriscos, se terminó de consolidar en sus tiempos. Lo cual, lo estamos viendo, no carece de consecuencias lacerantes para los nuestros, en tantas latitudes y sentidos.
En fin, una vez pasado el trago amargo, sobra decir que no es por su racismo ni su violencia extrema que se reconoce y celebra a Catalina de Erauso. Es su activa y contundente desobediencia a los mandatos sexistas patriarcales el motivo por el cual se la reconoce: de esa desobediencia es símbolo. Una desobediencia que no habría sido ni necesaria ni motivo de reconocimiento, si no hubiera sido mujer y, por lo tanto, tenido que enfrentar enormes barreras: las que se levantaban ante ella como ante cualquier otra mujer de su tiempo, las barreras del patriarcado del siglo XVII. Es por eso que el título de la entrada en la que se le reconoce resulta tan llamativo: “Catalina de Erauso: autobiografía de una identidad sin barreras”
Ahora bien, se podría decir que estoy siendo retórica. Que quien escribió aquel título, cuando dice “sin barreras” se refiere, sin lugar a equívocos: no a la realidad que tuvo que enfrentar la escritora, monja y soldada, sino a su identidad. Pero ⎯como le decía⎯ precisamente: ¡ese es el problema! Además, si mi estrategia parece retórica es porque revierte el movimiento que no parece, sino que es retórico y resulta en la amalgama tan cuestionable entre persona, identidad y género de la que le hablé más arriba. Esa que, fetichización mediante, elude la denuncia del contexto, del patriarcado, de sus barreras y de sus condiciones materiales. Sí, aunque se proclame lo contrario.
Ya lo está viendo, no estamos frente a cualquier problemática: esa complicidad con el patriarcado es la consecuencia disimulada que tiene el que hoy las instituciones adopten, cual Caballo de Troya dentro de su lenguaje, la nomenclatura transgenerista. De otro modo, esta que le escribe, no se atrevería a quitarle tanto tiempo.
Por otra parte, cabe señalar que, más que superar las barreras que le imponía el patriarcado, porque eso sólo puede hacerse con años de lucha continuada y colectiva, Catalina de Erauso las burló mintiendo: haciéndose pasar por hombre. Con tanto esfuerzo, mérito y tino que, finalmente, habiendo sido descubierta, consiguió del papa Urbano VIII “le concediera licencia para proseguir su vida con hábito de hombre”.
De hecho, el modo en que lo refiere hace pensar que la autora pudiera tener una diferencia en el desarrollo sexual, pero ⎯como usted sabe⎯ la intersexualidad no existe y las diferencias en el desarrollo sexual, tan poco frecuentes, aun con todas las variaciones que admiten, parten de una base femenina XX o masculina XY. Y el caso de Catalina de Erauso, todo lo indica, era el de una XX que, para vivir su vida según le parecía, tuvo que hacerse pasar por XY.
Y, en todo caso, pienso que usted estará de acuerdo conmigo. Primero: en que El problema era que para proseguir su vida con el hábito que a ella le cuadrase le fuera menester licencia. Y segundo: sólo con humor negro se podría pensar que la desigualdad contra las mujeres se puede resolver expidiendo para todas un documento (pasaporte o DNI), que nos diera, como el papa a Catalina, licencia para proseguir nuestras vidas con “hábitos de hombre”. Al margen, por cierto, de las bondades que se pueda o no conferir a esos hábitos mal llamados “de hombre”.
Quién sabe, tal vez por tanto darle vuelta a las cosas, por pensar, lleguemos a donde no queríamos: a que son precisamente estos “hábitos” y no las “identidades”, lo que habría de cuestionarse y abolir. A ver si es precisamente eso lo que, por atentar contra el privilegio de los hombres, se quiere evitar. ¿Cómo?: hablando, mejor que de las mujeres y de los hombres ⎯quita, quita⎯ de “su identidad”. Ya lo ve.
En cualquier caso, más allá de lo mucho que, en comparación con los del convento, le cuadrasen a Catalina de Erauso aquellos hábitos mal llamados “de hombre”, donde llamarlos así es El verdadero problema: para la autora, pasar por hombre fue una mentira muy bien lograda pero obligada para poder vivir según quería y podía. Una mentira cuya “necesidad”, lejos de reforzar habría que abolir, aboliendo el género. Entendido, este último, como el constructo socio político económico y cultural que regula a la sociedad colocando a las mujeres en una posición subordinada.
Así las cosas, ¿habría podido ofrecerse a Catalina de Erauso la posibilidad de prescindir de esa mentira (pasar por hombre) a la que se vio obligada para burlar los mandatos sexistas del patriarcado de su tiempo?, ¿habría podido ofrecérsele, abolición del género mediante? En el siglo XVII, complicado.
Pero ¿podría ofrecerse hoy a nuestras chicas la posibilidad de prescindir de esa misma mentira (pasar por hombre, cuando el sexo es inmutable), de ese ocultamiento que hoy las tienta en cuerpo y alma para burlar, como Catalina de Erauso, los mandatos sexistas? Esto es: ¿podría ofrecérseles, no burlarlos, sino superarlos, abolición del género mediante? En el siglo XXI, debiera.
Pero en cambio, se les señala el mismo camino que a su modo siguió Catalina ofreciéndoles la posibilidad de “transitar”, de pasar por hombres, a pesar de lo que cuesta, de los daños que les implica. Se les invita, de diversas maneras, a encarnar un discurso que, lejos de abolir el género, lo refuerza. Por ejemplo, mostrándoles a una Catalina de Erauso en la que lo que se celebra y subraya, no es, no directamente, su rebeldía frente a los mandatos sexistas, por ejemplo, cuando fue a cobrar lo que le debían, sino su estrategia identitaria: su ocultamiento, su mentira obligada que, santificada por el papa, obtuvo licencia finalmente. Carolina “ofrece un modelo de identidad” se dice en la entrada dela exposición virtual Tan sabia como valerosa.
Lo que es una problemática social estructural, aparece entonces como una problemática personal que ha de solucionarse en el plano individual de “la identidad” y de la libertad. Por supuesto, abstracta. No en el plano de una lucha social estructuralmente articulada que avance hacia la igualdad real de oportunidades entre hombres y mujeres, proveyendo de las condiciones materiales que la harían posible. No hace falta describir, de esta prestidigitación, las consecuencias.
Con ella se contribuye cuando, para celebrar la figura de Carolina de Erauso, lo que se pone de relieve es su supuesta “identidad transgénero”. Es a eso a lo que pensamos no debiera prestarse ⎯si me permite⎯ el Instituto Cervantes. No, pensando en nuestras chicas. No, cuando son, en la adolescencia, las protagonistas del 75% de las demandas de transición en un momento en el que la violencia contra ellas, sobre todo sexual y simbólica, está teniendo un aumento sin precedentes, coincidiendo con el auge del sistema porno prostitucional, entre otros factores coadyuvantes [5].
No todo lo explican las estadísticas, menos aún cuando se trata de subjetividad, es necesario escuchar caso por caso; pero, cuando las estadísticas son tan aplastantes, ignorarlas nos deja a los profesionales de la salud física o mental, pero no solo, fuera de toda ética.
Dicho lo cual, para concluir con esta segunda sección de la carta, quisiera ofrecer a su apreciación algunas apreciaciones.
Hay otras opresiones y discriminaciones que con todas sus intersecciones, por supuesto, merecen nuestra consideración. Pero, por definición y lógica elemental, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres requiere del reconocimiento del sexo como categoría jurídica referida a su realidad biológica. Realidad que es condición material no suficiente (por eso hay esperanza y feminismo), pero sí necesaria, para la opresión específica que sufrimos las mujeres, hembras de la especie humana. No suficiente pero sí necesaria ⎯repito⎯; específica ⎯insisto⎯.
Es esa lógica elemental, vital para la lucha de las mujeres, la que se escamotea, sin excepción, cada vez que se usa la nomenclatura transgenerista y que, al menos en esa entrada de la exposición virtual Tan sabia como valerosa, también se adopta, lamentablemente, sin mostrar ningún resquicio de distancia crítica. No es, ya lo está usted viendo, por ningún asunto menor, que me he atrevido a pedir nuevamente su amable y valiosa atención, deseando, no lo voy a negar, que usted pudiera hacer algo al respecto.
Referir la realidad de Catalina Erauso en términos de “una identidad transgénero” o “una identidad sin barreras” lleva a celebrar lo que fue, más bien ⎯ya lo dijimos⎯ una mentira obligada y a ocultar así una realidad que duele hoy y dolía entonces. Y, lo peor, que en varios sentidos, va en aumento. Por eso, antes de terminar, déjeme comentarle algunos detalles más sobre el lenguaje cuya custodia es parte de la función que, entiendo, tiene la institución que usted dirige.
III
Las manifestaciones con las que nos hemos encontrado en la exposición virtual Tan sabia como valerosa son un magnífico ejemplo que se podría incluir en futuros libros de texto donde se diera cuenta de lo que está ocurriendo hoy con el lenguaje. El mundo se está volviendo cada vez más peligroso y, como siempre, el peligro se cierne primero del lado de las mujeres y las niñas. Quisiéramos contar con la protección, con el amparo de instituciones con el peso simbólico que tiene el Instituto Cervantes, precisamente dada su relación con el lenguaje.
Porque es, entre otros mecanismos, a través de la parasitación del lenguaje que, fungiendo cual sumisión química, se está llevando la opresión y la violencia contra las mujeres y las niñas a otro plano, a un plano siniestro. Ese ⎯como usted sabe⎯ es uno de los signos característicos de este momento tan delicado de nuestra historia.
El sexo no se observa y constata, sino que “se asigna al nacer”, se nos dice. Sin embargo, cuando hace falta, se le distingue perfectamente. Se alquilan mujeres (no vientres) pobres con fines de gestación para, aprovechando su necesidad (no solidaridad), comprar (no adoptar) a sus bebés. Y a las privilegiadas, futbolistas de élite (para mejor imponer el modelo a las que siguen) se les quiere obligar (no es que generosamente se les “ofrezca”) a congelar sus óvulos. Se trata de regular su maternidad en función de la lógica de la máxima ganancia del capital que su deporte con la pelota mueve.
A todo ello acompaña la lógica del discurso transgenerista que, como en la entrada virtual a la que nos hemos estado refiriendo, al hablar de identidades antes que de hombres o de mujeres, oculta la base material del sexo como condición material de la opresión de estas últimas. Ello permite tomarlas, como gustaba a Jack: por partes. Disociarlas de la continuidad de su vida y de sus ciclos vitales, de sus capacidades sexuales en general y reproductivas en particular. Usted lo habrá notado: ahí donde antes se hablaba de mujeres, ahora se habla de “personas menstruantes”, de “personas gestantes”, etc. El transgenerismo lo reivindica como un derecho.
Cuando se confunde a una persona con “su identidad” o auto percepción, se la disocia de su cuerpo. Éste queda así oculto tras bambalinas, “liberado”. Gracias a ese dualismo disimulado, no “los cuerpos”, sino el cuerpo de las personas puede más fácilmente: manipularse, intervenirse, investigarse y, finalmente, convertirse en mercancía.
Ahí va a parar la idea de que alguien pueda “nacer en un cuerpo equivocado” que también lleva, no sin rima, al borrado del sexo como categoría jurídica. Borrado que priva a las mujeres de la protección que necesitan para atemperar la opresión y violencia que soportan, y para avanzar en su lucha por la igualdad, que es ⎯como usted sabe⎯ civilizatoria para toda la sociedad [6].
Ahora bien, muy lejos de esa prestidigitación que hace del llamado “derecho a ser” identitario la coartada perfecta para la mercantilización de la vida y la perpetuación de la opresión de las mujeres, podríamos decir que: “hoy en día no tendríamos mucha dificultad en reconocer la situación de Catalina de Erauso como la de una mujer que, para burlar los mandatos sexistas del patriarcado tuvo que mentir: hacerse pasar por hombre”. Es eso lo que de ella se podría con justicia, dolor y admiración decir, celebrando el único modo que entonces tuvo de vivir y ejercer su rebeldía.
Sin embargo, en la página de la exposición virtual que estamos analizando, se presenta a una Carolina de Erauso que, aunque no encaja, al final, parece que no tiene ningún problema con las normas: “las hace convivir de manera fluida”. Hasta parece que se lo pasa bien así, fluyendo “sin barreras”. De la necesidad de transformar la sociedad, de derribar las barreras materiales que aún tienen que enfrentar las mujeres: nada. Ni siquiera un guiño.
“Hoy en día no tendríamos mucha dificultad en reconocer la situación de Catalina de Erauso como la de una identidad transgénero. Catalina no encaja en las normas convencionales que separan tajantemente el género masculino y femenino, sino que ofrece un modelo de identidad compleja que las hace convivir de manera fluida, no binaria”. Dice en la entrada de la exposición virtual Tan sabia como valerosa.
Una solución que ⎯como se dijo arriba⎯ no está mal para el siglo XVII, pero ¿es ese el modelo que queremos ofrecer a nuestras chicas en el siglo XXI?, ¿A quién beneficia?
Atendiendo al contraste entre modos de hablar se pueden calibrar mejor sus consecuencias. Borrando a las mujeres, se oculta al patriarcado. No creo que haga falta desgranar el silogismo. Cuando Catalina de Erauso de ser una mujer pasa a ser “una identidad”, ella en sus carnes desaparece: es así como la nomenclatura transgenerista borrando su sexo borra a las mujeres, en la conciencia y también en las leyes. La gramática ⎯como en su institución mejor que en ningún otro sitio se sabe⎯ no carece de consecuencias: es poderosa.
La adopción de la nomenclatura transgenerista contribuye al rearme patriarcal que penetra en la sociedad por la derecha con descaro y, por la izquierda, valiéndose de esa nomenclatura, disfrasado. Esto último es lo que más duele, lo que más preocupa.
El hecho es que cuando en la exposición virtual del Instituto Cervantes, Tan sabia como valerosa, se refiere la falta de encaje de Catalina con las normas, no se deja entre ver, ni siquiera con discreción extrema, a quién beneficiaban estas normas. Y, la solución “transgresora” que entre líneas asoma frente a su dominio, no es abolirlas ni mucho menos. Se ofrece un modelo, el transgenerista, para que Catalina al final encaje.
Todo dentro de un orden. Ha de ser Catalina quien “fluya”, cuan libremente como quiera pero asumiendo como marco de referencia esa distinción masculino/femenino que, cuando marca los extremos en función de los cuales se ordena el espectro transgenerista, marca la norma. El fluir de la “identidad” de Catalina no es entonces tan suyo como se nos quiere hacer creer: se define en función de un campo disciplinario previamente definido que de ese modo se refuerza. Ese campo disciplinario es el del genero, el de los mandatos sexistas estructuralmente imprescindibles para el fluir del capital patriarcal hoy sin ningún freno. Efectivamente, se trata de que nos los sigamos comiendo, pero ahora, con patatas.
Dicho de otro modo, ya que hablamos de comida: a Catalina no se le pregunta si quiere lentejas, sino en plato de qué color se las sirven. Puede elegir con total libertad. No importa si el color que elige es distinto cada día, que fluya. ¿Que es muy lista, lo pilla, y pregunta porqué habría de elegir color? Ningún problema: le sacamos, ya in extremis, el plato transparente, no binario. Lo que haga falta: todo mientras se coma, con “g” de “género” las lentejas.
Asumir en sus propias carnes que “el género es identidad”, buscando alivio, convierte a algunas personas en escudos humanos contra el cuestionamiento y contra la abolición del instrumento que las oprime (a las personas en general y a las mujeres en particular); en nombre ⎯paradójicamente⎯ de su “derecho a ser”. El transgenerismo les alista así en su ejército: instrumentaliza sus necesidades subjetivas; y, cuando se requiere y lo tienen, usa su sufrimiento como arma arrojadiza. Donde, las necesidades subjetivas referidas, en ocasiones pueden ser inaceptables desde el punto de vista ético y dañinas para la salud y la sociedad; pero también pueden ser tan sagradas como la vida. En ambos casos merecen ser atendidas en condiciones; no instrumentalizadas por un discurso sexista que hace daño, oprime y utiliza a las personas. Más de las que creemos, ya se están dando cuenta.
No es pues contra estas personas, sino contra el mecanismo que promueve la instrumentalización referida, que se rebela esta que le escribe y otras muchas: maestras y compañeras que, por decirlo, han sido canceladas. Y sin embargo, se mueven.
“Catalina de Erauso: autobiografía de una identidad sin barreras”, se titula la entrada a la que nos hemos estado refiriendo y ⎯como dijimos al principio, ya para terminar⎯ conviene recordar que no es una identidad sino una persona quien puede escribir una autobiografía, en este caso Catalina de Erauso. Una persona que así refleja destellos de su identidad, que a su vez son tan solo expresión parcial, mínima, del basto universo en el que se despliega su subjetividad: esa producción en proceso continuo, consciente e inconsciente, que fluye mientras vivimos, infinita.
Y si en verdad lo que se quiere celebrar es el despliegue “sin barreras” de la subjetividad, no se la habría de etiquetar haciéndola entrar en una determinada nomenclatura identitaria, ubicándola en el orden de un espectro que, además, cuando refiere al género, es, por definición, disciplinario: no es otra cosa lo que demuestra la historia que Catalina de Erauso nos cuenta en su autobiografía.
Pero ⎯ahora sí⎯ ya termino.
Aunque sé que no es sino hasta enero cuando vienen los Reyes Magos, sería en verdad muy bonito que en aquellos futuros libros de texto donde, para explicar lo que está ocurriendo hoy con el lenguaje, se pusiera el ejemplo del incidente virtual referido, también se pudiera leer que todo esto, al final, se pudo rectificar. Que se pudo al menos en algunas instituciones, gracias a algunos actores. Más aún, sería maravilloso ⎯después de este tórrido verano, aire por fin fresco⎯ que esa rectificación, estuviera ya, como octubre y las hojas del otoño, al caer.
Ya lo ve usted, lo que en verdad no tiene barreras, es la imaginación. Pero quién sabe, ojalá la realidad ⎯esa que quisiéramos estuviera en sus manos⎯ venga y un día nos sorprenda: que la supere. Ese sí que sería un buen día, no equívoco ni equivocado, para Catalina Erauso, para las escritoras y para todas la mujeres. Y, si me permite, por todo lo dicho, sería un modo inmejorable de celebrar el 11º aniversario del Día de las Escritoras. Y una decisión tan sabia como valerosa.
En cualquier caso, le agradezco infinitamente, una vez más, su amable atención.
[1]Para el o la lectora que no lo sepa el Día de las Escritoras se celebra en el lunes más cercano al 15 de octubre (fecha en la que se conmemora la muerte de Santa Teresa de Jesús), por una iniciativa conjunta de la Biblioteca Nacional, la Federación Española de Mujeres FEDEPE y la Asociación Clásicas y Modernas, cuando todavía ocupaba la presidencia en esta última, Laura Freixas.
[2] https://tribunafeminista.org/2023/10/carta-al-instituto-cervantes/
[4] https://cvc.cervantes.es/literatura/sabia/07_01_catalina.htm
[5]Silvia Carrasco y equipo. La educación secuestrada. Barcelona, Octaedro, 2022 y Estudio Transit de DoFemCo, 2012-2021.
[6] Noé Cornago. El Asalto en curso al Derecho Internacional de los Derechos Humanos. https://www.youtube.com/watch?v=LmxpQxucctE


