¿Por qué este pulso a Juana Gallego?

Cristina Romero Heredia
Cristina Romero Heredia
Licenciada en Psicología, con experiencia en el campo del activismo por los derechos de la población en materia de salud mental. Observadora de lo cotidiano y, en consecuencia, defensora de la lucha feminista.

 

Me duele la UAB. Estudié allí, en la Universidad Autónoma de Barcelona, y no comprendo algunas cosas que están pasando. Me licencié en 2011, han pasado muchos años, cierto, pero el tiempo por sí solo no puede explicar semejante deriva y una necesita entender. Pero no, estas líneas que ahora escribo no van sobre mí, aunque me parece importante y honesto admitir desde dónde hablo y poner sobre la mesa el estado de shock en el que aún estamos muchas personas. No es fácil explicarse desde ahí, pero la relevancia del asunto me impulsa a intentarlo. Nunca las injusticias se combatieron con silencio, así que allá vamos.

Empecemos por los antecedentes. El martes 15 de marzo la profesora Juana Gallego, docente en el Máster de Género y Comunicación de la UAB, publicaba en sus redes un vídeo denunciando el boicot que había sufrido. Ese día debía impartir la primera de tres clases, una sesión que iba a versar sobre la publicidad como agente socializador, pero su alumnado no estaba dispuesto a asistir y así lo había notificado a la coordinación del máster. ¿Cuáles eran las razones? ¿Qué puede haber de aversivo en una clase donde se analiza la relación del género con la publicidad? Al parecer, el problema tendría que ver con la noción de género que maneja Gallego. Para las estudiantes, entiendo que el género sería una identidad sentida, que brota del interior, es incuestionable y define qué somos. La profesora, en cambio, conceptualiza el género como un constructo social y cultural, que se nos impone a través del proceso de socialización, y que es especialmente coactivo para las mujeres.

Las alumnas no habían tenido contacto con Gallego en ningún momento, pero eran conocedoras de su posicionamiento a través de sus manifestaciones públicas, en medios de comunicación y en su propio blog. Basándose en ello, tomaron la decisión de no acudir a clase, una acción organizada que revela, a mi juicio, un par de cosas: la primera, que no parecen estar dispuestas a escuchar ideas que no vayan en consonancia con las suyas, demostrando una actitud alejada de la madurez esperable en etapa universitaria; la segunda, que no están respetando la libertad de expresión y de cátedra, pues el boicot busca poner en jaque la postura de la docente, lo que supone un intento de censura de su discurso y, en consecuencia, un acto de persecución ideológica tan grave como sorprendente.

Conviene recordar, en este punto del relato, que la noción de género que utiliza Gallego es la que recoge el Convenio de Estambul, ratificado por España en 2014 y de obligado cumplimiento. Este convenio define el género como “los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres”. Así es como el feminismo ha conceptualizado siempre el género. Ya lo dijo Mary Wollstonecraft en el siglo XVIII, mucho antes de que el término estuviese cerca de acuñarse, pero señalando ya en aquel momento que existía, para las mujeres, una segunda naturaleza que se les impone y que nada tiene que ver con ellas. Por tanto, que el género es cultural y que se nos inculca de forma diferencial según el sexo no se lo ha inventado Gallego. Es la forma en que el feminismo lo entiende, un movimiento en el que la docente lleva décadas militando y que le condujo a fundar el máster en el que ahora parece estorbar.

el género es cultural y que se nos inculca de forma diferencial según el sexo no se lo ha inventado Gallego.

Esta última afirmación puede parecer gratuita, pero sólo si no se ha leído el comunicado que lanzó la coordinación del máster tras la denuncia de boicot hecha por Gallego. En el comunicado el equipo de coordinación se limitaba a lamentar que la materia impartida por Gallego “no haya despertado el interés esperado”, como si de un producto comercial se tratase, sujeto a los gustos y deseos de un alumnado reconvertido, al parecer, en cliente o consumidor. Y por si esto fuera poco, el comunicado hacía alarde de la pluralidad del equipo docente para, después, señalar que Juana Gallego “sostiene posturas alejadas de la línea mayoritaria del máster”. Curioso razonamiento aquel que elogia la pluralidad y, cuatro palabras más tarde, pone el foco en la disidencia de alguien. A nadie se le escapa que esa frase en concreto sirve para señalar a Gallego como el problema, tal vez preparando el terreno para una futura edición que ya no cuente con ella.

En el comunicado el equipo de coordinación se limitaba a lamentar que la materia impartida por Gallego “no haya despertado el interés esperado”, como si de un producto comercial se tratase, sujeto a los gustos y deseos de un alumnado reconvertido, al parecer, en cliente o consumidor.

En cambio, sobre el comportamiento de las alumnas, el comunicado no hacía crítica alguna, al contrario, las exculpaba incluso de haber hecho boicot. Según la coordinación del máster, al no estar obligadas a asistir al 100% de las clases, todo era correcto y fruto de la libre decisión individual. Que todas coincidieran en tomar la misma decisión, y que lo hicieran además sin haber escuchado nunca a Gallego en el aula, parece que no llamó la atención de nadie. Sucede, sin embargo, que no es tan fácil despojar una acción organizada del carácter político que tiene ni tampoco hacernos comulgar con ruedas de molino. El boicot existió, fue por motivos ideológicos y no hubo respaldo a la víctima. Si ese es el trato que merece una profesora con la trayectoria de Gallego, apaga y vámonos.

La mecha de la indignación no tardó en prender en las filas del feminismo y darle una salida constructiva era lo más razonable. Como el ingenio no falta, se propuso la brillante idea de abrir las clases a la ciudadanía. Si la primera sesión había sido menospreciada por el alumnado del máster, no tenía sentido que la segunda también cayese en saco roto. Y las feministas empezamos a mostrar nuestro interés por asistir a la lección que Gallego tenía preparada para el 22 de marzo, sobre la representación del cuerpo de la mujer en el arte y la publicidad.

¿Saben dónde estaban las alumnas el martes 22? En un edificio situado en una zona céntrica de Barcelona, donde suelen impartirse las clases del máster. Es decir, las estudiantes y el profesorado se dieron cita en el mismo lugar de siempre, con una pequeña excepción. Exacto, la de Juana Gallego. El lunes 21 le comunicaron que su clase del día siguiente se celebraría en la Escuela de Posgrado de la UAB, situada en el campus de Bellaterra, a unos 20km de Barcelona. Y una se pregunta: ¿tenía sentido programar una clase en el campus sabiendo que las alumnas estarían en otra ciudad? Si alguna hubiese cambiado de opinión desde el boicot del día 15, ¿de qué manera habría podido salvar la distancia y asistir a la clase de Gallego? Y más importante aún, ¿cómo se debe interpretar que a Gallego se le apartase, literalmente, de las aulas habituales del máster? Si el comunicado de la semana previa ya marcaba distancias con ella desde lo simbólico, al desplazar su clase y a ella misma se estaba dando un paso más.

Si el traslado de la profesora, cual objeto, no era suficiente, lo que pasó la tarde del día 22 vino a completar el esperpento. A pesar del cambio de ubicación, las feministas interesadas en la clase de Gallego nos desplazamos al campus para mostrarle nuestro apoyo y escuchar todo lo que nos podía enseñar. Cuál fue nuestra sorpresa, la de ella sobre todo, cuando el personal de administración de la Escuela de Posgrado dijo que no se podía abrir el aula para impartir la sesión. Eran indicaciones del rectorado y se suponía que ella estaba avisada a través de correo electrónico. Esa notificación existía, pero se había enviado el mismo día 22, por lo que Juana no había tenido ocasión de leerla, ya que el profesorado no está obligado a consultar el correo a diario ni varias veces durante la jornada. El mensaje informaba a Gallego de que su segunda clase quedaba pospuesta y que se iniciaba un proceso de mediación con las alumnas.

La razón que se esgrimía para la cancelación era que la profesora iba a permitir el seguimiento virtual de la sesión a través de un canal de Youtube, el de Confluencia Movimiento Feminista. Como esa retransmisión había sido anunciada, entre otras, por Feministas al Congreso, partido en el que Gallego ocupa un cargo, la universidad consideró que se iba a hacer un uso político y partidista de la clase, lo que contraviene la normativa académica. De nuevo se agolpan las preguntas en mi cabeza. ¿Un evento sólo tiene connotación política cuando, aunque sea tangencialmente, pasa por allí un partido? ¿El boicot de las alumnas a Juana no tiene carácter político? ¿Acaso no tiene que ver con su postura ideológica y su discurso público? ¿Que el alumnado no respete la libertad de cátedra y pretenda someterla a censura no vulnera la normativa académica? ¿Se ajusta a la normativa el comunicado de la coordinación del máster cuando señala a la docente como el problema?

Todo era tan surrealista que, pese a estar inmersa en un mar de incredulidad, Juana Gallego se conectó en directo aquella tarde al canal de Youtube mencionado y denunció públicamente lo que estaba pasando. Más de 700 personas la escucharon en directo y el vídeo, alojado en el canal, lleva ya más de 6000 visualizaciones. Parece ser que esa puerta cerrada, la que el rectorado no permitió abrir, tenía y tiene importancia para muchas mujeres, para miles de feministas. Esa puerta cerrada simboliza nuestra boca callada, la creciente dificultad para expresarse en cualquier ámbito si no se asumen los postulados queer, que son ideas acientíficas. La universidad no debe aceptar tal cosa.

¿Qué ha sucedido desde entonces? Pues mucha información no tenemos. Sabemos que el pasado martes, 29 de marzo, Juana Gallego sí pudo impartir la tercera y última clase que le correspondía dar. Asistieron tres alumnas, tres. La profesora les agradeció públicamente su presencia, lo hizo con un tweet en el que decía “todo totalitarismo acaba teniendo grietas por donde se cuela la razón”. Comprendo que lo celebrara, teniendo en cuenta lo vivido, pero estoy segura de que para ella, como para muchas, la sensación sigue siendo amarga, de pérdida de libertades y retroceso en valores democráticos.

Creo sinceramente que las estudiantes andan muy perdidas, pero no las responsabilizo de tanta infamia. Quienes pueden sacar provecho de la expansión de la doctrina queer no son ellas, muy al contrario. La visión queer nos hace perder a todas los derechos basados en el sexo y su agenda, aliada con el neoliberalismo, también les vende a ellas la prostitución o los vientres de alquiler como algo estupendo. Y aunque aún no lo vean, el género es opresión para todas nosotras, ellas incluidas. De lo que sí son responsables las estudiantes es de su osadía. Antes de considerar que no tenían nada que aprender de Gallego, y de creer que son ellas quienes pueden explicarle qué es el género, no habría estado mal pensarlo dos veces. Pero ya se sabe que son malos tiempos para la reflexión.

La visión queer nos hace perder a todas los derechos basados en el sexo y su agenda, aliada con el neoliberalismo, también les vende a ellas la prostitución o los vientres de alquiler como algo estupendo.

Insto a la UAB a que, al menos, no haga lo mismo que las alumnas. La universidad pública, que es de toda la ciudadanía, no puede soltarle la mano, ni un segundo, a la reflexión y el pensamiento crítico. ¿De qué lado van a ponerse? ¿Van a respaldar públicamente la solvencia de Juana Gallego o a quienes le están echando un pulso? Que nadie infravalore la gravedad de la situación, este es un pulso a la razón, al raciocinio. De ahí que se ataquen los discursos feministas, porque el feminismo es un racionalismo, y sólo se conformará con ideas claras y distintas. Por eso Juana Gallego no enseñará que la tierra es plana. Y por eso nosotras seguiremos defendiendo con ella que sexo no es género. No nos van a callar. Como dice la maestra Amelia Valcárcel, el feminismo no pertenece a la familia silenciosa. Ya deberían saberlo.

Cristina Romero Heredia
Cristina Romero Heredia
Licenciada en Psicología, con experiencia en el campo del activismo por los derechos de la población en materia de salud mental. Observadora de lo cotidiano y, en consecuencia, defensora de la lucha feminista.

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