Clásicas no, profundamente radicales

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Desde hace ya unos años, sobre todo desde que la lucha feminista se expandió como la pólvora y muchas mujeres y niñas empezaron a ser conscientes de los agravios a los que se debían enfrentar y los riesgos que supone ser mujer y empezaron a organizarse…

Desde que las mujeres (poco a poco y con mucho esfuerzo) conseguimos ser más visibles e ir ocupando puestos de poder y decisión, y conseguimos hacer visible nuestra agenda, no solo en políticas inclusivas sino en todos los aspectos de la vida (formativos, laborales, sanidad, sexualidad…).

Desde ese mismo momento, el sistema neoliberal y patriarcal empezó a orquestar un plan para desvirtuar la lucha, edulcorarla y diluirla en el brilli brilli del transgenerismo, haciéndonos creer que el futuro igualitario, moderno y transgresor pasaba, sin duda, por la implementación de la agenda queer.

¿Y cómo engañar a muchos sectores de la izquierda y más aún de la izquierda radical? Muy fácil, solo hay que acompañar esta agenda con las palabras libertad, derechos humanos y/o transgresión para que un montón de personas, de manera totalmente acrítica, se suban al carro y defiendan unos postulados que van en contra de aquello que a primera vista parecen defender.

¿Y cómo noquear a las personas que postulan el discurso opuesto? También muy sencillo, por un lado, no es necesario dar argumentos científicos sino apelar al “buenismo” y, por otro, tachar al oponente de intolerante, fascista o contrario a los derechos humanos. Y ya está, así no es necesario dar datos, ni defender con argumentos los propios  postulados, simplemente se trata de anular los del contrario.

Desde la prensa de izquierdas se nos tacha de “clásicas”, “tradicionales” y hasta “tránsfobas” e incluso ahora se atreven a llamarnos fascistas, cómo si nosotras fuésemos las responsables de que la izquierda nos haya abandonado y que la derecha se aproveche de nuestro discurso para hacer oposición. Porque, si la derecha está en contra de la ley trans, no es porque de verdad tenga sensibilidad hacia las situaciones de explotación que vivimos las mujeres o los riesgos que supone para la infancia, sino para sacar rédito político. Y a la vista está: en las Comunidades Autónomas gobernadas por la derecha también se han aprobado leyes de autodeterminación de género que vulneran los derechos de las mujeres y de la infancia, leyes que se aprobaron en muchos casos durante su mandato y que, en cualquier caso, no han derogado.

Todos los medios: prensa¸ televisión, radios… echan un tufillo posmolerdo, profundamente queer y misógino. Programas como “Reinas al Rescate” en el que tres Dragsqueen van al rescate de no se sabe quién, como hadas madrinas dispuestas a arreglar la vida de la gente. O todos los minutos de televisión que le regalan a Samatha Hudson, bandera donde las haya del movimiento queer, que se atreve a publicar en sus redes sociales comentarios tales como: “Si una menor de edad me viniera a pedir ayuda porque está siendo víctima de acoso le escupiría en la cara”, u “odio a las mujeres que son víctimas de violación y que recurren a centros de autoayuda para superar sus traumas, que putas pesadas” lo que demuestra, por un lado, una gran empatía hacia el sufrimiento femenino (no hace falta señalar la ironía) y por otro da fuerza al argumento de que estas personas socializan como hombres y por ello no pueden jamás acercarse a lo que supone nacer, crecer y socializar como una mujer. Es una frivolización de lo que sufren las mujeres por ser precisamente eso, mujeres. O (este me da hasta repelús repetirlo): “acabo de pasarle la lengua a mi prima pequeña por su vagina y me ha sonreído. Los más pequeños también merecen placer”. Haciendo apología de la pederastia (no voy a decir que haría yo si fuese la madre de esa criatura porque me imagino que haría lo que haríamos todas), la punta de iceberg del pensamiento queer.

Algunas opinan que somos unas exageradas, pero ya veremos dentro de unos años cuando se empiece a hablar de sexualidad infantil desde el punto de vista de los adultos y a legitimar la atracción hacia los menores.

¿Y que es lo que están ocultando a mujeres y hombres de izquierdas, en principio críticos con el orden social establecido y abanderados de la justicia social? Les ocultan que precisamente esto sí que va de derechos humanos, pero los de las mujeres, niñas y niños. Les ocultan la ideología misógina y sexista que se esconde y los postulados que defiende la ideología queer. Nos venden que la trasgresión es aplaudir, corear y normalizar comentarios como los expuestos más arriba, como si de verdad eso supusiese una patada a los cimientos de este sistema neoliberal y patriarcal. Cuando lo profundamente revolucionario es precisamente el feminismo, ya que la revolución será feminista, o no será. Y eso lo tenemos claro nosotras y ellos, por eso se empeñan en ponernos trabas y en diluirnos bajo el paraguas queer hablando de nuevos feminismos, y haciendo creer a la sociedad que las feministas que defienden la agenda abolicionista son mujeres mayores y trasnochadas, clásicas y tradicionales (nada más misógino que tasar el valor de las mujeres por su edad).

Y no, las feministas abolicionistas no somos clásicas, sino profundamente radicales y vamos a combatir este sistema desde la raíz (precisamente por eso somos radicales) para acabar con un régimen profundamente injusto y que se cada vez más de la igualdad.

Legitimando discursos sexistas y misóginos y dándole entidad jurídica al género, que es precisamente lo que nos daña a las mujeres y coarta nuestras libertades. Y no, señoras y señores, las feministas radicales no nos vamos a callar, porque estamos acostumbradas a luchar incluso cuando parece que lo tenemos todo perdido y porque nuestra unión y nuestra fuerza son el impulso que necesitamos como sociedad para seguir avanzando hacia un futuro igualitario y más justo para todas y todos.

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