Consentir es patriarcal

Ana Pollán
Ana Pollán
Graduada en Filosofía por la UVA. Máster en Filosofía Teórica y Práctica por la UNED. Doctora en Filosofía por la UNED- Feminista abolicionista, republicana y defensora de la educación pública. Anticapitalista.
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Según la RAE, consentir es “permitir algo o condescender en que se haga”. A su vez, define condescender como “acomodarse por bondad o conveniencia al gusto y voluntad de alguien.”

Consentir no significa aprobar, ni celebrar, ni desear, ni entusiasmarse con el acto que se consiente. Más bien, significa transigir o tolerar una acción de un tercero, con independencia de si la misma se desea o repugna; de si se celebra o se lamenta. De hecho, la propia idea de “acomodarse” o “condescender” sugiere más una quiebra de la propia voluntad para que se lleve a cabo dicha acción que un interés entusiasta o apetencia gozosa en que la misma ocurra. Por otra parte, el consentimiento se otorga para que un tercero actúe, lo que coloca al sujeto que consiente en una actitud necesariamente pasiva.

Así las cosas, quien celebre “haber puesto el consentimiento en el centro de cualquier actividad sexual” celebra la sexualidad más patriarcal que puede concebirse. Celebra la vuelta a un esquema sexual en el que solamente existe un hombre que desea y una mujer que tolera que aquel haga con ella lo que desea hacer. Celebra que, de todas las posibilidades que ofrece la expresión de la sexualidad, a las mujeres se les circunscriba estrictamente a la capacidad de condescender o no con lo que dicte deseo masculino, pero jamás tener, explorar y manifestar uno propio. Es decir, basar las relaciones sexuales en el consentimiento, sitúa a las mujeres en la posición subordinada en la que su máxima capacidad de decisión al respecto consiste en transigir o resistirse a ser accedidas sexualmente por quien sí ostenta la condición de sujeto activo por excelencia, y más, particularmente, en el sexo: el hombre.

Haber tenido una relación sexual perfecta y rotundamente consentida, con un “¡Sí, consiento!” gritado y repetido diez veces si se quiere, (pero no deseada, ni apetecida) es haber sido víctima de violencia sexual. Por otra parte, transmitir a los hombres que todo lo que tienen que buscar en una interacción sexual con las mujeres para que la misma no se considere legalmente una agresión es que la mujer la consienta (esto es, que la ceda, tolere, la transija o la soporte, con independencia de que la desee) es reafirmar la máxima patriarcal según la cual las mujeres son naturalmente pasivas, especialmente en lo que respecta a la sexualidad. Se podrá decir que la ley contempla que el consentimiento sea libre. Sin embargo, es bastante ambigua en su redacción general y, además, la obsesiva y orwelliana manera de vender las leyes reduciéndolas a lemas que ha tenido el actual gobierno en funciones, ha conseguido, a sabiendas, que cale en la sociedad el simplismo de que el “sólo sí es sí” es el culmen del consentimiento, sin peros, ni matices, ni problematizaciones.

Consentir es profundamente antierótico, radicalmente antisexual, y, por supuesto, extraordinariamente patriarcal. No hay consentimiento sin jerarquía: se tolera, condesciende o se consiente a un superior respecto a quien se padece una inferioridad. Cuando una relación se da entre iguales, los actos que de ella surjan son fruto de la voluntad y el deseo compartido sellado en la reciprocidad y la igualdad, ni siquiera en la negociación. Basar las relaciones sexuales en el consentimiento es reducirlas a un trámite ciego a cualquier realidad material (como que vivimos en un sistema patriarcal de desigualdades permanentes y tangibles entre hombres y mujeres). No todos los síes lo son. No los que se producen por miedo, chantaje, presión social o manipulación emocional.

Basar las relaciones sexuales en el consentimiento, y no en el deseo, es uno de los retrocesos más alarmantes vendido como progreso. Vanagloriarse de ello es un alarde de misoginia y estulticia. Denota no estar al tanto de trabajos como el de Carol Pateman o el de Ana de Miguel, fundamentales en el feminismo de las últimas décadas y ni siquiera oler a las teóricas de los años 60 y 70, esenciales en esta cuestión.

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