Cada vez que una mujer famosa muestra sus pechos salta la misma polémica: ¿mostrar los senos, las tetas, es un acto reivindicativo? Buena prueba de ello es lo que está pasando en redes sociales y grupos de Telegram y Whatsapp en los que se discute si los de Amaral reivindicaban algo o solo servían al mismo sistema que nos oprime como mujeres. Y podría parecer que la respuesta es sencilla: en un mundo que nos hipersexualiza, el simple hecho de mostrarlos no va más allá de una performance vacía.
Sin embargo, como historiadora hay algo que me chirría. Contamos con estudios de grandes profesionales, como María del Carmen García Herrero (El cuerpo que subraya: imágenes de autoridad e influencia materna en fuentes medievales, 2003; Ostentatio Mammarum: potencia y pervivencia de un gesto de autoridad materna, 2010), que nos hablan sobre la Ostentatio Mammarum, la ostentación de las mamas como gesto de poder femenino.
En pocas palabras, se trata de un gesto que se realizaba en momentos de extrema necesidad por la urgencia de la situación, con el que las mujeres mostraban su autoridad a sus hijos, a los soldados o a cuanto hombre fuera necesario para refrenar sus actitudes dañinas. La idea de fondo es que con esta ostentación de sus mamas las mujeres hacían valer su autoridad, ya que esos hombres a los que se dirigían debían la vida a esos pechos que les habían amamantado (sea de forma literal o simbólica).
La literatura cuenta con varios ejemplos, algunos tan antiguos como el episodio de la Ilíada en el que la reina troyana Hécuba recurre a mostrar sus pechos desnudos a su hijo Héctor para evitar que se enfrente directamente a Aquiles. También en La ciudad de las damas de Christine de Pizan encontramos un pasaje similar, en el que Lilia recurre a esta performance para que Teodorico abandone el campo de batalla. Incluso contamos con representaciones del episodio neotestamentario de la matanza de los inocentes en la que las madres muestran sus mamas para evitar que maten a sus criaturas. Más aún, contamos con documentos medievales en los que se documenta esta práctica fuera de la literatura, entre grandes damas.
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Este gesto que un día fue de poder y autoridad femenina se presta hoy a interpretaciones muy alejadas de lo que fue. Mostrar los pechos es hoy interpretado como una forma de sexualización de la mujer, hecho que podemos atribuir a la consideración como casi parte de nuestros genitales propia de siglos mucho más cercanos a nosotros que la Edad Media en todo su conjunto. ¿Cabe alguna duda de que el puritanísimo siglo XIX tiene mucho que ver con esto? ¿O que la revolución sexual de mediados del siglo XX tampoco ayudó a deserotizar el desnudo femenino? Y aún así, si solo nos quedamos en estos momentos históricos no acertamos a señalar el momento en el que nos robaron el poder simbólico de nuestros pechos: la normativa posterior al Concilio de Trento, que acabó con este tipo de representaciones. Y nos podríamos preguntar por qué, pero la respuesta es mucho más sencilla de lo que nos podemos imaginar, y está muy relacionada con otras disposiciones tridentinas, como la clausura de las monjas: se trata de un gesto de poder y autoridad del sexo más inclinado al pecado y de menor capacidad de juicio, tal y como se defendió en el discurso eclesiástico desde sus orígenes. Por tanto, no iban a permitir la reproducción de semejante provocación.
A partir de ese momento, la carga simbólica de este acto se desdibujó hasta quedar casi perdido en las nieblas de la historia. Tantos siglos después de que nos arrebataran el simbolismo de nuestros pechos como fuente de autoridad seguimos en las mismas. Un pecho femenino desnudo es fuente de polémica, de enfrentamiento e incomodidad incluso en el propio movimiento feminista, que tiende a renegar de él como reivindicación al considerarlo una performance vacía de significado (¿desde cuándo las performances han perdido el carácter reivindicativo y el poder de la protesta?).
Es cierto que unas tetas al aire, sea en el Sonorama o en una de las acciones de Femmen, no van a servir como solución mágica de los problemas que trata de combatir el feminismo abolicionista. No obstante, visto lo expuesto y como historiadora feminista, ¿desde cuándo hemos renunciado a la recuperación de los elementos simbólicos sobre el poder femenino que el patriarcado más rancio nos ha robado? ¿No deberíamos darle una vuelta a la Ostentatio Mammarum, en tanto que permite combatir la hipersexualización que sufrimos? Al fin y al cabo, la Historia con perspectiva feminista nos dice mucho sobre cómo hemos llegado a donde hoy estamos y quiénes nos han situado donde estamos. Mucho más de lo que creemos.


