NIÑAS VIEJAS

Andrés Montero
Andrés Montero
Ha sido presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia
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«Niña Vieja» es un libro publicado por la editorial Insensata. Lo firman tres mujeres víctimas de abuso sexual en la infancia. Es un relato de voces en forma de poemas e ilustraciones. Está entreverado de citas extraídas de la cultura masculina, patriarcal, es decir, de nuestra cultura. Políticos, personajes de las artes y de las letras, la literatura o el cine, han dejado claro a lo largo de la historia que hay un sustrato en el varón capaz de justificar, cuando no alentar, un atávico derecho a la depredación sexual de mujeres jóvenes.

 

Ana de Miguel, filósofa, profesora universitaria, feminista y maestra de feministas, escribe el prólogo. Argumenta que, para las mujeres, el abuso sexual masculino de niñas, y de niños, implica a un ejercicio de «comprender lo incomprensible». Cuando tratan de explicárselo ellas, como víctimas. También cuando intentan entender aquello que ha victimizado a otras. Comprenden muy bien el hecho de la violencia masculina y su pulsión depredadora. Lo viven a diario, de innumerables formas, desde las sutiles a las descaradas. En el entorno laboral, por supuesto en el personal, igualmente en el familiar. Lo que les cuesta comprender es cómo es posible que un varón experimente y se conduzca a través de algún tipo de conducta sexualizada sobre una hija, una sobrina, a veces una nieta. Parece incomprensible, pero se busca comprenderlo, aunque sólo sea como autodefensa. Además, para contarlo. Es complejo transmitir algo que no entiendes. Y es perverso, porque esa complejidad, esa incomprensión, se convierte en una violencia más, una revictimización a distancia con origen en la violencia primaria del agresor.

 

La inmensa mayoría de los abusos masculinos sobre niñas y niños tiene lugar en el seno de la familia. Casi siempre, el agresor es un varón con una relación consanguínea con la niña o el niño abusado. En su práctica totalidad, existe una relación de parentesco entre víctima y depredador pero, si no, el hombre será una pareja sentimental de una mujer con hija o hijo de otro padre, o un vecino. Por esta circunstancia de la intimidad familiar, probablemente en mayor medida que la violencia hacia la mujer ejercida por agresores que son o han sido compañeros sentimentales, el abuso sexual de niñas es escenario social infravisibilizado. Es un tabú encerrado en otro tabú, aquél del incesto. Nos lleva a divagar, es cierto que de una manera muy retorcida, sobre si la prohibición quasi-universal del incesto, codificada en las culturas patriarcales, no será una procura instintiva de los varones de protegerse tras el hormigón armado del tabú social. Exclusivamente desde la perspectiva de la socialización y de la interiorización mental, sin entrar en cuestiones jurídicas, tan extendido y enraizado veto cultural, el llamado incesto, ha podido tener la fuerza de levantar un muro colectivo de silencio, de miedo, de encapsulamiento familiar, que ahoga la llegada de las posibilidades de alumbrar que se está produciendo el abuso sexual de una niña por parte de su padre o padrastro, o de su tío o de su primo.

 

En cualquier caso, el cúmulo de factores que arrinconan el abuso sexual masculino de niñas y niños tras una doble capa de oscuridad y de mutismo no hace más que añadir densidad para dificultar su comprensión. Dice Ana de Miguel que las mujeres no llegan a entender una conducta que ellas no realizan. Es verdad que el abuso sexual de niños, o de niñas, por parte de mujeres es estadísticamente inexistente. A la mayoría de mujeres ni se les pasaría por la imaginación sexualizar a sus hijos o sobrinos o nietos. Sin querer sonar esencialista, es probable que la maternidad sea un antídoto contra la depredación. No funciona para los padres, lo dicen los hechos, los hechos de las agresiones, pero también la manera distintiva, más biológica, en la que se establece el vínculo entre mujeres-madres y sus hijos por diferencia de los varones-padres. Está claro, porque lo atestigua esa realidad escudada en el tabú, que el sentimiento paterno no es suficiente como dique de contención de los abusos, como los presuntos sentimientos de amor no lo son contra la violencia hacia la mujer.

la mayoría de mujeres ni se les pasaría por la imaginación sexualizar a sus hijos o sobrinos o nietos. Sin querer sonar esencialista, es probable que la maternidad sea un antídoto contra la depredación.

Y no hay dique que valga para contener el supremacismo masculino salvo la desprogramación patriarcal de la cultura. Eso, salvo que estemos convencidos de que el problema es básicamente biológico, es decir, que algo en la configuración del varón como parte de la especie humana lo impele a la depredación, a la violencia, al abuso, y que en realidad los sucesivos barnizados de cultura (de momento no hay otra que no sea patriarcal) a lo largo de siglos no son más que artefactos del hombre para introducir algo de orden social, de reglas, en el ejercicio de la violencia. Este planteamiento no es del todo descabellado, aunque lo parezca, porque es perfectamente evidente en otros esquemas de violencia, como la guerra. Las múltiples formas de violencia masculina se han ido regulando a la par que la evolución de las sociedades, no para desaparecer, sino para contenerse y sofisticarse, quizás por instinto de supervivencia, para evitar una destrucción mutua asegurada entre machos. Podría ocurrir que el varón homínido, explícita o implícitamente convencido por una voz atávica interior, instintiva, de que las mujeres son suyas, que están ahí para su provecho y satisfacción, para consumirlas y poseerlas, poco a poco haya ido provisionando ordenaciones sociales para evitar colisiones entre las posesiones de unos y de otros. Algo así como asegurar que unos depredadores no se inmiscuyen en el terreno de otros. Al fin y al cabo, las leyes del derecho a la propiedad privada -durante muchos siglos, sólo para hombres- han discurrido en paralelo a las leyes de emancipación de la mujer.

Las múltiples formas de violencia masculina se han ido regulando a la par que la evolución de las sociedades, no para desaparecer, sino para contenerse y sofisticarse

Por supuesto, la hipótesis biológica de una cierta inclinación a la imposición de la fuerza, a la dominación, en el varón, que la realidad histórica parece querer confirmar la mayor parte de las veces, y que otras nos parece exagerada, incluso equivocada, a la vista de cómo la mayoría de los hombres se comportan pacíficamente, no excluye ni la responsabilidad masculina sobre las violencias ejercidas ni la circunstancia, precisamente, de que muchos varones individuales no sean agresores. En el primer caso, el de la responsabilidad, es evidente que, aunque los hombres escuchen un llamamiento interior hacia la prevalencia sobre la mujer, siglos de refinamiento civilizatorio nos enseñan que el varón es capaz de distinguir sus apetitos de sus obligaciones sociales, sus esquemas mentales individuales del pensamiento colectivo traducido en la codificación moral de cada tiempo, en normas y leyes. Es decir, salvo en situaciones de patología mental condicionante, el hombre común distingue entre lo que socialmente se considera bueno y malo, legal e ilegal, y lo pone en contraste con sus querencias interiores, sean las que sean, para controlarlas y ajustarlas a lo aceptable colectivamente. Este asunto de la atinada consciencia de la realidad llega hasta el punto de que numerosos agresores de mujeres se creen con el derecho legítimo de la violencia hacia «sus mujeres», pero saben que la sociedad no lo permite, y atribuyen al avance de políticas feministas que se ponga un impedimento al «derecho natural» del varón. Diferencian el bien social a proteger y saben que lo están transgrediendo con su violencia, pero piensan íntimamente que sólo ellos, y otros como ellos, entienden su situación particular. En otros casos, simplemente el varón se deja llevar por sus apetitos de depredación, sabiendo que si es detectado por los sistemas legales será castigado, del mismo modo que hay personas que cometen otros delitos primando sus deseos individuales o su propia visión del mundo a sabiendas de que serían sancionados por la ley en el supuesto de un proceso penal.

salvo en situaciones de patología mental condicionante, el hombre común distingue entre lo que socialmente se considera bueno y malo, legal e ilegal, y lo pone en contraste con sus querencias interiores, sean las que sean, para controlarlas y ajustarlas a lo aceptable colectivamente.

Sea como fuere, que el varón esté atravesado primitivamente por un instinto depredador que únicamente domestica, con el transcurrir de los siglos, o que se trate de una cuestión de inercia cultural fruto de un esquema ancestral de dominación del hombre sobre la mujer que sólo hay que desprogramar para lograr un entendimiento fraterno en igualdad entre hombres y mujeres, el planteamiento de que el abuso sexual en la infancia sea intrínsecamente incomprensible para las mujeres lleva aparejada la deducción de que, entonces, debe de ser comprensible para los hombres.

Está lejos de toda duda que los varones que abusan sexualmente de una niña o de un niño comprenden lo que están haciendo, tanto desde su plano individual, como desde la óptica social.

Está lejos de toda duda que los varones que abusan sexualmente de una niña o de un niño comprenden lo que están haciendo, tanto desde su plano individual, como desde la óptica social. Otra cosa será el relato que construyan para justificárselo así mismos interiormente, análisis en el que no vamos a entrar ahora, en la mente del agresor, que es un tema en sí mismo. Por tanto, la pregunta será ¿para los hombres que no son agresores sexuales de niñas o niños -es decir, la mayoría- resulta comprensible lo incomprensible, o les ocurriría como a las mujeres, que no comprenden la conducta de la violencia sexual contra la infancia porque ellos, individualmente, no la perpetran? Una respuesta afirmativa nos abocaría a pensar que hay algo atávico y distintivo en el varón por el hecho de ser varón, con relación a la violencia. Una negativa nos refrendaría la «variante cultural», esto es, que la violencia contra la mujer no es más que una opción que han venido facilitando las antiguas sociedades patriarcales por la manera en que fueron conformadas, pero que con el transcurso del tiempo esa codificación patriarcal irá decayendo para dar paso a sociedades más justas, igualitarias.

la estadística no se pone del lado de la «variante cultural», puesto que las cifras de violencia hacia la mujer no bajan y las de abuso sexual infantil, tampoco.

Por lo pronto, la estadística no se pone del lado de la «variante cultural», puesto que las cifras de violencia hacia la mujer no bajan y las de abuso sexual infantil, tampoco. Es cierto que podría argüirse que tal realidad es únicamente de los últimos, como mucho, cuarenta años, cuando hemos construido medidas estadísticas más precisas, aunque se dejen fuera una abultada zona negra, siendo que si se establece una medida longitudinal, histórica, a lo largo y ancho de los tiempos, habría que concluir que la violencia hacia la mujer ha disminuido, por ejemplo, de la época medieval a ésta que vivimos. Sería verdad esto, como igual de aplicable a otras violencias desplegadas por el hombre. No obstante, desde que se dispone de estadísticas en violencia masculina contra la mujer, incluido el abuso sexual de niñas, la tendencia que marcan es que el fenómeno no baja. De ahí que sea legítimo apuntar, aunque sólo sea en conjetura, que algo biológico tiene el varón que lo convierte en más proclive a la violencia por comparación con la mujer. Si lo tiene el varón, y no la mujer, ¿le posibilita comprender individualmente, aunque no compartir, ni por supuesto ejercer, la agresión sexual que cometen algunos hombres contra niñas y adolescentes? Ahí radica el quid, con el que nos metemos en el terreno de las opiniones, tal vez de las especulaciones, más o menos informadas.

 

La mayoría de los padres se sentirán identificados con la escena de una hija adolescente que sale por la noche a divertirse con amigas y amigos y el padre, más que la madre, siente, y muchas veces exterioriza y verbaliza, el temor ante el comportamiento que su hija pueda encontrarse respecto de otros chicos, chicos en masculino. Ese hombre, padre, se dirá a sí mismo, comentará tal vez con otros, algo así como «es que no me fío del todo, sé de lo que son capaces los hombres, sobre todo en la explosión hormonal de la adolescencia». Tal cual, más o menos esto. Aunque ese padre no sea un agresor, ni haya manifestado en su vida violencia, asegura comprender, incluso saber, «de lo que son capaces» otros hombres. Damos por sentado que, igual que el resto del mundo, se ha educado en una cultura patriarcal, ese padre.

 

Esa escena de los temores casi instintivos de los padres con relación de sus hijas adolescentes «expuestas» al mundo de los hombres no es el colmo de la precisión científica para aplicar a la respuesta a la pregunta que nos formulábamos, pero es sugerente de una posibilidad. Los hombres «conocen» de lo que son capaces. Al contrario de lo que queda implícito en la reflexión de Ana de Miguel sobre «comprender lo incomprensible», que las mujeres no son capaces de entender cómo y porqué se sobrepasan ciertos límites llegándose a abusar sexualmente de una hija propia. El hombre, al menos, lo intuye.

 

En el campo de la experiencia, casi que cabe constatar que a la mayoría de los hombres les repugna, les es refractario a nivel básico, íntimo, el abuso sexual infantil. No lo toleran, lo rechazan, lo condenan. Les produce asco esa realidad, animadversión el agresor, y sienten una empatía sincera por las víctimas, a más los padres dentro de esa mayoría de hombres no-violentos. ¿En el fondo comprenden lo incomprensible? A cualquier varón que le preguntes por aquello de lo que es capaz otro varón es probable que, si no te responde con honestidad, al menos en su yo más recóndito se reconozca que, especialmente en lo que concierne a la violencia, si se dan las circunstancias, un varón es capaz de todo. Un varón reconoce a otro varón y toda su capacidad potencial para la maldad y, en lo más profundo, nunca acaba de fiarse del todo. Otro matiz, más sutil, sería desentrañar si un hombre que se haya imaginado siquiera abusar de una niña esté en condiciones de comprender en su plenitud que otro varón agreda sexualmente a una criatura. En aras de dilucidar ese matiz habría que indagar en la naturaleza del comportamiento del abuso sexual masculino de la infancia donde, como es sabido por otras topologías de la violencia machista, la búsqueda del placer sexual es únicamente una parte de toda la sistemática de dominación y poder inherente a toda violencia. Pudiera ser que el hombre no-agresor no entendiera del todo la idiosincrasia de esa conducta de depredación en particular, pero le basta con entender al depredador.

 

¿Quiere decirse que todo varón es un agresor en potencia? Quiere decirse, sí.  En potencia. Cabe pensar, optimistamente, que no de niñas, ni necesariamente de índole sexual, aunque no está nada claro que la misma negativa sea evidente para todas las formas de violencia contra la mujer. La mayoría tenemos, digamos, apagado o en suspensión latente el resorte, el mecanismo de la violencia, sepultada en nuestras herencias homínidas la propensión a la depredación. No obstante, acaso por influencia de una carga biológica primitiva, hemos impuesto ancestralmente una narrativa social patriarcal, que adaptamos en cada período histórico, pero de la que no nos desembarazamos. En ese marco, el común de los varones es un epifenómeno del patriarcado que sojuzga sus propios impulsos elementales en un esquema de control social que es el patriarcado sobre el patriarcado, por enunciarlo figuradamente, un “machiarcado”. Los machos controlan a otros machos “menos machos” también a través de la violencia y de la amenaza de la destrucción mutua asegurada, y ese macrosistema normativo va evolucionando en función de los momentos históricos y de sus dinámicas, el feminismo entre ellas.

 

Quizás, en el cerebro reptiliano del hombre, que es como se llama a la masa más primitiva del encéfalo, sobre la que se ha construido, en estratos sucesivos, el cerebro de los homínidos, se ilumina la detección por automatismo de otro depredador. Tal vez, al igual que ha sucedido con el cerebro, moldeado durante milenios de evolución darwinista para convertir al antiguo simio varón en un sapiens, sean necesarios otros tantos milenios de civilización para una capa cerebral adicional que desactive la violencia y alguna clase de pulsión depredadora en el varón antiguo. Y, aún así, como vemos, continúa aflorando una estadística imperfecta en la cual el cerebro más abisal del hombre prevalece sobre sus herramientas de civilización. Reescribir la sociedad para erradicar la cultura patriarcal lleva siglos, enterrar todavía más el cerebro reptiliano miles de siglos. Lo que debería ser más asequible en tiempo, no probablemente en vencer las resistencias del basamento patriarcal de las culturas, es el reconocimiento de las víctimas. A ellas, a las niñas abusadas que luego llegan a mujeres heridas, no las vemos, no las queremos ver, preferimos no verlas, no saberlas, porque tácitamente las culturas patriarcales incorporan mandatos concretos para mirar para otro lado ante la violencia de los machos. Ese proceso habría que describirlo y sistematizarlo para elaborar políticas públicas que lo expongan y lo mitiguen, con el horizonte puesto en revertirlo.

 

Con todo, siempre queda un depredador que busca una presa, un hombre dispuesto a violar a una niña. No es necesario que lo comprendamos para saberlo y, sabiéndolo, sólo queda actuar más decididamente para visibilizarlo, prevenirlo y conjurarnos para erradicarlo, mientras multiplicamos los esfuerzos en mecanismos de detección y neutralización de los agresores, y de apoyo integral para la recuperación de las víctimas.

 

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Comentarios

  1. Es Delito de Lesa Humanidad el enriquecimiento en la gestión gubernativa de los “representantes”, el fraude sobre el Estado, el abuso sobre la niñez, la trata, el proxenetismo, el travestismo y sus consecuencias, como toda violencia de género.
    “Las fuertes resistencias contra lo femenino no serían de índole intelectual, sino que proceden de fuentes afectivas; la irresoluble perversión no sublimada y ambigüedad sexual del varón que posee la decisión final en éste esquema, donde lo masculino sigue siendo la ley”. Osvaldo Buscaya
    1) {Ana de Miguel, filósofa, profesora universitaria, feminista y maestra de feministas, escribe el prólogo. Argumenta que, para las mujeres, el abuso sexual masculino de niñas, y de niños, implica a un ejercicio de «comprender lo incomprensible». Cuando tratan de explicárselo ellas, como víctimas. También cuando intentan entender aquello que ha victimizado a otras. Comprenden muy bien el hecho de la violencia masculina y su pulsión depredadora. Lo viven a diario, de innumerables formas, desde las sutiles a las descaradas.}
    Pues, genéricamente hablando la transexual ecuménica perversa civilización del varón, se encuentra en la etapa más avanzada de la evolución; fundamentalmente, a partir de la adquisición del lenguaje y de una visión más detallada del mundo externo y de su mundo interior a través del psicoanálisis (Freud). Todo esto, sumado a su capacidad imaginativa, ha dado lugar a los grandes descubrimientos y teorías emitidas por la civilización patriarcal desde hace más de 300 años, pero ajustándose a una estricta ética que repudia e invalida a la mujer; es decir la mitad, como mínimo, de la sociedad, en todos los tiempos. Mujer como ser irrelevante, para la transexual ecuménica perversa civilización del varón, cunde, por donde se mire. Y cuanto más y mejor se mire, se verá que se multiplican los escenarios donde ella irrumpe, la desconsideración de la mujer y la propia y encubierta subestimación, femenina, se complementan necesariamente, y enlazadas, ellas acentúan las sombras que oscurecen el panorama social de nuestro tiempo. La moral de la transexual ecuménica perversa civilización del varón en la instancia de su superyo, como heredera de la influencia paterna adscribe importantísimas funciones, que encontramos en el sadismo masculino al reflejarse en la obligada imposición sobre la mujer a un rol pasivo masoquista.
    2) {Dice Ana de Miguel que las mujeres no llegan a entender una conducta que ellas no realizan. Es verdad que el abuso sexual de niños, o de niñas, por parte de mujeres es estadísticamente inexistente. A la mayoría de mujeres ni se les pasaría por la imaginación sexualizar a sus hijos o sobrinos o nietos.}
    Pues, todo castigo es, en el fondo, la castración, y como tal, el cumplimiento de la antigua actitud pasiva con respecto al padre. El destino es tan sólo, en último término, una ulterior proyección del padre. Es así que en la transexual ecuménica perversa civilización patriarcal preexiste la ambigüedad sexual sádico – masoquista particularmente intensa sometiendo a la mujer y satisfaciendo su perversión transformándola en un ser pasivo – masoquista; satisfacción del deseo masculino y al mismo tiempo una satisfacción masoquista de la mujer, siendo para el varón una satisfacción del impulso punitivo, es decir, una satisfacción sádica. En una simbolización más “depurada” de la horda primordial; Dios padre expulsa del paraíso al varón por “culpa” de la mujer, pero ahora en la transexual ecuménica perversa civilización patriarcal, Dios padre masculino, “expulsa” a la mujer de la civilización en su rol de culpable y castigo por la pérdida del paraíso.
    La acertada reflexión de Ana de Miguel, sobre «comprender lo incomprensible», que las mujeres no son capaces de entender cómo y porqué se sobrepasan ciertos límites llegándose a abusar sexualmente de una hija propia, es una situación donde lo único que podemos imaginar es que los “académicos” adquieren sobre el “común” una influencia más fuerte, utilizada para “dominar” aspectos que incumben a la personalidad. Es ciertamente, muy digno de tenerse en cuenta la indicación sobre la influencia de los “académicos”. Tal influencia existe, desde luego y desempeña en el “común” un papel muy importante, pero distinto en absoluto del que desempeña el psicoanálisis (Freud). No sería difícil, en este caso demostrar que se trata de situaciones diferentes. Así, cuando el transexual ecuménico varón perverso sufre de un sentimiento tal, como que se le imputara un crimen, no le aconsejamos que se sobreponga o se justifique. Lo que hace el psicoanálisis (Freud) es advertirle que la situación reposa en una sensación tan intensa y resistente que ha de hallarse basado en algo real, que quizá pueda ser descubierto.
    La civilización del transexual ecuménico perverso varón, presenta como un dogma su poder patriarcal derivado de la penosa sensación de impotencia experimentada. En cuanto a la equivalencia del falo, se sugiere, que el punto de vista del hombre no es lo mismo que el de la mujer, dejando así pensar que la femineidad velada/develada/castrada sólo es figura de la verdad para el varón. Éste sería el dueño de la verdad tan sólo desde ese punto de vista. “La castración de la mujer” es una de las fantasías centrales de los niños.
    El macho sigue siendo la ley, con su tarea sobre las mujeres, sometidas, mutiladas, masacradas, dominadas, humilladas, violadas, golpeadas, asesinadas en manos de sus parejas y/o de sus violadores, prostituidas, lapidadas, maltratadas psíquicamente, etc. etc. etc.
    Un penoso conflicto que la mujer padecería sería; ¿Cómo admitir que el patriarcado es el padre, el hermano, el compañero, el dirigente, el funcionario, el ecuménico, etc., y que en esta regla no habría excepción?
    Señalo en mi Ciencia de lo femenino (Femeninologia) cuanto tenemos que aprender, sobre la estructura de la relación de la mujer con la verdad como causa, en la imposición del transexual ecuménico genocida perverso patriarcado incluso en las primeras decisiones de la simiesca horda primitiva.
    “Experimentamos así la impresión de que la civilización es algo impuesto a una mayoría contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y coerción.” (Freud)
    Vivir, es una burlesca simiesca parodia siniestra idiota.
    El mundo es idiota, me aburre en todos sus niveles; Sin excepción; ¡¡¡Siendo un error olvidarlo!!!
    El sentido y la verdad del feminismo, es la derrota del varón; perverso irresoluble y ambiguo sexual
    Un travesti no es una mujer
    Lo femenino es el único y absoluto camino
    Buenos Aires
    Argentina
    29 de enero de 2024
    Osvaldo V. Buscaya (OBya)
    Psicoanalítico (Freud)
    *Femeninologia
    *Ciencia de lo femenino

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