También somos mujeres

Mari Mar Molpeceres
Mari Mar Molpeceres
Licenciada en Geografía e Historia por la UAM, feminista y activista por los derechos de las personas con discapacidad
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Mis vecinos de rellano se han separado y se ha quedado ella en el piso con la niña de 10 años. Conocéis mi voluntad de sororidad, razón por la cual he intentado mostrarle mi preocupación por cómo se encuentra. La reacción ha sido de total desconfianza, cosa que me sorprende tras 12 años de compartir descansillo. Nunca he sido de meterme en asuntos ajenos, por eso entiendo que es una cuestión más de deshumanización de mi persona (discafobia) que de verdadero recelo por mi habitual comportamiento.

De todas formas, el problema que veo a la hora de contar mis acontecidos como ejemplo de lo que nos ocurre a las mujeres con discapacidad es que no se acaba de ver nuestro punto de vista. Podemos empatizar con otras mujeres sin discapacidad, pero su respuesta muchas veces no tiene el mismo nivel de sintonía y compromiso con nosotras.  Parece que siempre nos toque esperar comprensión, pero tal entendimiento no llega.

Por poner un ejemplo, cuando empecé a vivir emancipada busqué la forma de no depender de nadie. Pedí ayuda a domicilio y servicio de teleasistencia. Me dijeron que este servicio solo venían si tenían que trasladarnos al hospital. Si no actuaban de meros intermediarios con nuestros familiares o personas de contacto. Por lo tanto no me daba la independencia deseada. Ese papel lo jugaban nuestros vecinos. Sigo pensando que hay un déficit de sororidad hacia las mujeres con gran discapacidad, como es mi caso. Pareciera que somos menos mujeres, lo que podría asimilarnos a los transfemeninos si no ponemos cuidado, siendo hembras humanas adultas.

Eso me deja en una situación de completa indefensión dentro del sistema patriarcal, en tierra de nadie. Todo ello me lleva a pensar que para ser aceptada tengo que decir que me paso el día dejando la casa impoluta, arriésgarme a sacarme un ojo por pintarme la raya del ojo y dar cada día el menú que tenemos en casa.

La mayor parte de los días lo hago yo, pero eso no me hace más mujer. También podría alegar que soy la única ayuda para mi compañero en silla de ruedas y quejarme de lo cansado que es el rol del cuidado, pero eso no me haría más mujer. Ni ponerme ropas ceñidas e incómodas, ni llevar tacones, ni dejarme el pelo hasta la cintura, etc. El problema es que nos deshumanizan. Es como si fuéramos el eslabón perdido entre la mona y la hembra humana. Me incomoda tener la sensación de que en realidad no se quiere abolir los roles sexistas y me baso en lo afirmado hasta aquí.

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