Conservadores, liberales y progresistas están de acuerdo: los hombres tienen el derecho fundamental de masturbarse viendo a mujeres y niñas explotadas en la pornografía.
El Gobierno ha anunciado una escasa restricción de la pornografía, destinada a impedir que los menores vean porno en páginas españolas. Digo “escasa” porque nadie ve porno en páginas españolas y porque en realidad el Reglamento europeo de Servicios Digitales (2022) dice que España puede y debe exigir medidas de control de edad a todas las páginas pornográficas que operen en nuestro país, sin importar su procedencia.
La anunciada limitación ha desencadenado una previsible oleada de lloronas reacciones masculinas en redes sociales. Miles de hombres de toda ideología coinciden en que limitar la pornografía es una intolerable censura contraria al Estado de Derecho. Numerosos hombres claman al cielo diciendo que la sociedad se ha vuelto puritana y que las mujeres que critican el porno son monjas. Algunos afirman que la pornografía no es un asunto importante y consideran que el Gobierno y la Unión Europea deben tener un motivo oculto verdaderamente relevante para comprometer la libertad de la que gozan los hombres en internet. Numerosos hombres se burlan de que los políticos se ocupen de algo “tan insignificante” y han denominado a la idea del Gobierno “Pajaporte” (cartilla de racionamiento de pajas).
Los progresistas creen que su consumo de pornografía representa el triunfo de la privacidad frente al totalitarismo, pero desconocen que fue Estados Unidos, con la estrategia de Ira Magaziner, quien conscientemente hizo de internet un paraíso del capitalismo salvaje, una ciudad global sin ley donde negocios legales e ilegales pueden operar sin restricciones y donde vendedores y consumidores pueden mercadear desde el anonimato, sin más límites que los impuestos por la cartera de cada uno. Esa estrategia desreguladora beneficiaba a Estados Unidos, porque este país ostenta la dominancia en el mercado digital. Desde entonces, internet ha sido el refugio del crimen internacional y de las mafias que trafican con mujeres y niñas.
Los hombres se unen para defender la desregulación actual de la pornografía. Sin importar su ideología declarada, todos los defensores de la pornografía suscriben los mismos mitos legitimadores del sistema liberal imperante:
Primer mito liberal: limitar la pornografía es censura
Es absurdo considerar la pornografía una forma de “libertad de expresión” porque, como explica la jurista Catharine MacKinnon, “el material” de la pornografía son mujeres, habitualmente traficadas y sometidas a prácticas de extrema violencia. Cuando se intenta restringir que “los chulos” tengan derecho a utilizar mujeres a través de imágenes, los hombres consideran que se viola su libertad de expresión, “el derecho parece considerar que la expresión de los pornógrafos es un bien jurídico más importante que la igualdad de las mujeres”, dice MacKinnon. Andrea Dworkin lo expone con sarcasmo: “debe ser que nuestro dolor es lo que ellos expresan. Tal vez nuestros genitales son las palabras que ellos usan”.
La idea de la pornografía como libertad de expresión parte de dos premisas falsas: “la pornografía es solo ficción” y “la fantasía no daña a nadie”. Lo cierto es que, incluso si no hubiera víctimas reales en la producción de la misma, la pornografía seguiría siendo inaceptable, porque causa un daño colectivo a todas las mujeres. En opinión de MacKinnon es sorprendente que una manifestación del poder de los hombres sobre las mujeres, como la pornografía, sea elevada a la categoría de “derechos humanos” por los hombres.
Segundo mito liberal: La pornografía es fantasía
Estos días hay hombres que afirman que la pornografía es tan ficticia como las series o los videojuegos y que la solución no debería ser prohibirla sino enseñar a los niños que se trata de ficción.
Pero la pornografía no es mera “fantasía”, sino que es una parte esencial e inseparable de la industria de la prostitución. Una parte muy significativa de la industria se basa en la trata y la explotación sexual de mujeres y niñas, que son compradas y vendidas para grabar vídeos. La autora señala que la supuesta “libertad de expresión” de los pornógrafos nos está impidiendo escuchar las voces de las víctimas de esta industria criminal.
Se sabe que las “actrices porno” sufren coacción para realizar muchas de las prácticas del vídeo. Sus testimonios ponen de manifiesto que la violación, la humillación y la violencia son frecuentes en esta industria, pero la sociedad le cuesta ver que la “libertad de expresión” de los proxenetas utiliza la vida de personas reales. Esto ocurre porque se considera que las mujeres que participan en el porno, no tienen valor como personas.
Sheila Jeffreys afirma que quienes sostienen que la pornografía es discurso y fantasía, deberían pensar en las mujeres y niñas que tiene que consumir drogas para tolerar el dolor y la humillación. Sus cuerpos sangran de verdad, sus heridas son reales. Hablamos de cuerpos de carne y hueso, no de fantasías. La pornografía tiene los mismos efectos en la salud de las mujeres que cualquier otra forma de prostitución: dolor constante por laceración y desgarros vaginales y anales. Otros daños posibles son las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados, abortos, infertilidad, enfermedades en el tracto reproductivo con secuelas permanentes y daños psicológicos.
Tercer mito liberal: la pornografía muestra sexo consentido
Sheila Jeffreys señala que, teniendo en cuenta la realidad de la industria de la pornografía y la brutalidad de las prácticas que sufren las mujeres prostituidas en ella (prácticas como la doble penetración o el fisting), resulta intolerable seguir protegiendo la legitimidad de la misma tras la perversa idea del “consentimiento sexual”. Andrea Dworkin sintetiza el problema de modo lapidario: “dicen que la explotación sexual de las mujeres es libertad sexual”.
Es más, lejos de alentar valores de igualdad contractualista entre hombres y mujeres, la pornografía alimenta una sociedad fundada sobre el “contrato sexual” (en términos de Carol Pateman) de los hombres. Estos días estamos viendo cómo los hombres de toda ideología tienen un pacto invisible consistente en su “derecho fundamental” a utilizar el cuerpo de las mujeres.
Las mujeres han sido marcadas como el ser que existe para el placer masculino y que puede ser humillado. En la pornografía, el “consentimiento” no significa lo mismo para los hombres y para las mujeres: los hombres disponen y las mujeres aceptan pasivamente. El hombre es sujeto y la mujer es objeto.
Cuarto mito liberal: El consumo de pornografía es algo íntimo y privado
Sorprende lo mucho que hasta ahora las leyes han protegido la privacidad del consumidor de pornografía y lo poco que les ha importado la privacidad de las mujeres que salen en las imágenes. Así, la protección de datos se ha esgrimido como argumento para obstaculizar normativas contra el acceso de menores al consumo de pornografía, pese a que cada vez más estudios demuestran que la pornografía es una auténtica “escuela de sexualidad” para adolescentes, causando un enorme daño a su desarrollo psicosexual.
En cualquier página pornográfica se dedica mucho más espacio a las cláusulas legales de protección de datos que a la prevención del delito contra mujeres y niñas. En cambio, la privacidad de la “actriz” porno no vale nada, con independencia de si ella desea retirar las imágenes al abandonar la industria. Las imágenes suelen ser grabadas mediante distintas técnicas de coacción y pueden ser reeditadas cientos de veces en nuevos vídeos. En ocasiones se trata de imágenes robadas que las mujeres (a veces niñas menores de edad) tratan sin éxito de eliminar de internet.
La despersonalización de la “actriz” porno se traslada a de cualquier mujer desnuda. Si una mujer envía una imagen a su pareja, podría ser compartida por este último con amigos y desconocidos. Aunque compartir este material es un delito de revelación de secretos (197 Código Penal español), popularmente se considera que los hombres, a causa de sus “instintos”, no pueden evitar hacer un uso sexual de la misma o incluso difundirla. Dada esta perspectiva social, los hombres que vulneran la privacidad de las mujeres son tratados con benevolencia, mientras que las mujeres son culpadas por enviar sus imágenes. Además de la intimidad del consumidor, a las páginas pornográficas también les preocupan los derechos de autor. Es decir, la propiedad que los hombres y sus empresas ostentan sobre las imágenes de las mujeres.
Quinto mito liberal: la pornografía es libertad sexual
La revolución sexual no significó lo mismo para las mujeres y para los hombres. Los hombres pudieron acceder a muchas mujeres sin tener que pagarles ni implicarse emocionalmente con ellas. Kate Millett criticó la figura idealizada del hombre bohemio e inconformista que consume mujeres en serie. Como denunció Shulamith Firestone, tras la “revolución”, la sexualidad continuó estando al servicio de los hombres. De hecho, la alianza entre la derecha y la izquierda en torno a la idea de que “el porno es libertad” permitió el crecimiento desorbitado de esta industria criminal, que actualmente es uno de los negocios más lucrativos del planeta.
Ana de Miguel critica que la idea del carácter transgresor del sexo, que se impuso en España con el destape y con la transición, romantiza toda sexualidad contraria a la “tradicional” sin hacer distinciones entre aquellas “libertades” igualitarias, como la preferencia homosexual, y otras que son producto de la dominación, como la prostitución, la pedofilia o la zoofilia.
Rosa Cobo explica que la escalada violenta y patriarcal de la pornografía ha vuelto insostenible su vinculación con la libertad sexual. Los “progresistas contrarios al puritanismo” del nuevo milenio continúan defendiendo la dejación legislativa (todavía denominan “censura” a la intervención normativa).
Lejos de desalentar el consumo de pornografía por su carácter sexista, los progresistas posmodernos proponen la promoción desde los institutos de secundaria de un “consumo crítico” (orientado hacia tipos de “pornografía feminista” presuntamente más diversa e inclusiva). Ese falso feminismo es hipócrita, blanquea la cosificación femenina, romantiza la vida de las “actrices” porno y alienta a las mujeres al consumo de pornografía.
Conclusión
Desde el feminismo abolicionista rechazamos el mito liberal de la pornografía como forma intocable de libertad. Pero las abolicionistas no somos puritanas, no decimos que el porno sea “una perversión”. Nos basamos en la defensa de los derechos humanos de las mujeres.
El abolicionismo de la pornografía, no solo se preocupa por el daño directo sobre mujeres concretas, sino que también contempla el daño ideológico que causa a las mujeres como grupo, a través de la ideología machista que la pornografía introduce en la sociedad.
Como sostiene Alicia Miyares, el feminismo no puede aceptar que buena parte del entretenimiento mediático y cultural proceda de la utilización de las mujeres como objetos sexuales. Del mismo modo que el feminismo no acepta que las razones religiosas puedan excusar el sexismo, el feminismo no acepta que la “privacidad” justifique hacer como si la pornografía no existiese. Desde una concepción feminista de la democracia no es defendible que el legislativo mire para otro lado dejando sin respuesta jurídica la injusticia sexual.
*El texto de este artículo es parte de una publicación de mi autoría que puede descargarse en este enlace:
Tasia Aránguez (2021). “Tres modelos legislativos de la pornografía”. Atlánticas. Revista Internacional de Estudios Feministas, 6, 1, 165-189.
https://www.researchgate.net/publication/360428299_Tres_modelos_legislativos_de_la_pornografia


