De todo el escándalo de Íñigo Errejón, además de la ira e indignación de comprobar una vez más lo solas y vulneradas que estamos las mujeres, me ha cabreado sobre manera los argumentos zafios, ridículos y machistas con el que tanto el propio acusado como sus colegas posmowokes abanderados del feminismo guay e incluyente, han defendido los comportamientos del que hasta hace dos días se llenaba la boca al darnos lecciones a las feministas de lo que es el verdadero feminismo. Sin duda muchas somos las que creemos que se rasgan las vestiduras en su defensa porque miran por el retrovisor con los dientes apretados, ya que pueden ser los siguientes en una larga lista de hombres que también “se han confundido entre persona y personaje” y han cometido abusos aprovechando su posición de poder y notoriedad pública.
El argumento de “no fui yo, ha sido el patriarcado” suena tan ridículo y ha sido ya tan largamente rebatido por innumerables mujeres hartas de que se intente dar la vuelta a la tortilla y se coloque al acusado en el papel de víctima, que creo que no hace falta que me extienda sobre él aquí. Voy a hablar del otro argumento, ese que no solo utiliza Errejón sino que está largamente extendido, ese que dice “no fui yo, fueron las drogas”.
El uso de drogas en espacios lúdicos y de ocio está muy extendido, siendo España uno de los mayores consumidores de estupefacientes de Europa. Esto puede deberse a que el ocio nocturno en nuestro país no tiene parangón con el resto de países de la Unión y también el hecho de que muchos de los jóvenes de esos países también busquen el consumo de drogas cuando vienen aquí de viaje como una forma más de desfase.
La realidad es que no tenemos datos que reflejen el número de personas que consumen estupefacientes de manera ocasional y en lugares de ocio, sólo tenemos las estadísticas que nos ofrecen los servicios y entidades que se dedican a la atención de personas con problemas relacionados con el consumo.
Si nos atenemos a estas cifras podemos observar un aumento en el número de mujeres que acuden a estos centros a pedir ayuda, por lo que podemos deducir que el número de mujeres que consumen droga de manera ocasional ha aumentado. Aunque por desgracia no podemos saber exactamente en que proporción, porque el hecho de que más mujeres acudan a pedir ayuda también se puede deber a otros factores, como la cada vez mayor desestigmatización de la mujer consumidora, facilitando que sea capaz de percibirse a si misma como adicta y que le resulte más fácil afrontarlo.
Si seguimos la premisa de que han aumentado el número de mujeres consumidoras lo deberían haber hecho el número de agresiones cometidas por mujeres, sobre todo las que tienen que ver con la libertad sexual. Si las drogas te conducen a ser una agresora en potencia, es extraño no ver noticias de mujeres que volviendo de fiesta asaltan a hombres que regresan solos a sus casas después de pasar un rato con sus amigos. También es raro no ver más titulares de mujeres que utilizan drogas para someter químicamente a hombres y abusar de ellos o mujeres que después de una noche de fiesta salen en manada a buscar víctimas propicias a las que violar. Si esto no está pasando es que quizá no es la droga la que te lleva a cometer una agresión, sino que los agresores, en ocasiones, utilizan la droga como vehículo para agredir, pero es el machismo y el patriarcado, es la educación y la misoginia, la que sin duda les lleva a cometer esos actos. Si una persona consume droga y se convierte en un monstruo no vuelve a consumir, a no ser que le guste ser un monstruo, a no ser que por fin haya encontrado el vehículo que le permite ser quien es y hacer aquellas cosas con las que hasta ahora solo había soñado.
Por otro lado, si nos fijamos en la tipología de delitos cometidos por personas consumidoras de drogas que cumplen o han cumplido condena, podemos comprobar que en la mayoría de ocasiones han sido condenados y condenadas por hurtos menores, acumulación de pequeñas condenas o “trapicheos” varios, pero no por formar manadas de toxicómanos violadores o utilizar las drogas para someter químicamente a las mujeres de su entorno y agredirlas. Con esto no quiero decir que los hombres consumidores de droga sean hermanitos de la caridad, algunos también cumplen condenas por violencia machista y agresiones, pero no en un contexto de violencia sexual o no en la mayoría de los casos. Esta poca representación nos lleva inevitablemente a pensar que el consumo de drogas, aunque sea abusivo y problemático, no conduce a ser un agresor sexual y el hecho de que una persona drogodependiente o consumidora ocasional agreda a una mujer no lo exime de responsabilidad.
Por todo esto, el argumento de “no fui yo, fue la droga” no solo es un argumento cobarde y vacío, sino que además, por un lado, sirve para estigmatizar aun más y alimentar bulos sobre un colectivo ya de por si bastante vulnerable, como son los consumidores de drogas, y por otro y mucho más peligroso, hace que muchos hombres sientan que no son responsables de sus actos en contextos de ocio nocturno.
No Errejón, no ha sido la droga ni el patriarcado, ni el personaje que se comió a la persona, el monstruo siempre ha estado allí, detrás de esa apariencia de adolescente eterno. Esta en ti y está en muchos otros, ya que como dijo Gisèle Pelicot: “Al violador no siempre te lo encuentras en un aparcamiento a altas horas de la noche, también puede estar en tu casa. En tu familia, entre tus amigos”.


