Las mujeres salvarán el mundo

Laura Ortega
Laura Ortega
Doctora en filosofía por la Universidad de Barcelona
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Estas últimas semanas hemos sabido que Rusia quiere prohibir que se haga propaganda de un estilo de vida childfree, prohibición extensible a cualquier medio de comunicación, incluidos Internet y la publicidad. Y prevé multar tanto a particulares como a empresas que hagan caso omiso de la prohibición. Putin considera que eso de no tener hijos es ideología occidental; no quiere plantearse ni por un momento que sea una decisión de las rusas. Igualmente, nos hemos enterado de que, en Japón, ha surgido una propuesta surrealista de prohibir casarse a las mujeres mayores de 25 años. Esta tiene pocos o ningún viso de hacerse realidad, a diferencia de la rusa, pero es sintomática del momento en que estamos.

Efectivamente, en muchos países, la natalidad está descendiendo y los gobiernos están entrando en pánico. Y no solo ocurre con la derecha ultraconservadora; también China ahora quiere promover la natalidad. Es claro que, en todos los casos, nos encontramos con que las autoridades llevan muy mal que las mujeres decidan libremente el número de hijos que quieren tener o acaso si quieren tenerlos. Pero no solo eso: los gobiernos están haciendo gala de una ceguera típicamente nacionalista e inmediatista que demuestra su incapacidad para el análisis global.

La superpoblación del mundo es un gran problema. De hecho, es el problema del que nadie quiere hablar. Los gobiernos siguen instalados en sus estrechas miras nacionales. Pero en un mundo globalizado, la humanidad es una y, como no cansamos de repetirnos pero sin efecto alguno, el planeta y los recursos son limitados. Algunos ya hablan de fundar nuevas colonias en otros puntos de la galaxia. Pero, antes que eso, ¿lo racional no sería, entre otras cosas, reproducirnos mucho menos de lo que hemos venido haciendo hasta ahora? Ya somos algo más de 8.000 millones de seres humanos en el planeta y la tasa mundial de fertilidad es de 2’26 hijos por mujer. Y aún debe descender más para que el mundo sea sostenible a largo plazo. Bien, pues son precisamente las mujeres las que están introduciendo ese principio de racionalidad en el mundo: reproducirnos menos para ser menos y poder vivir mejor y de manera sostenible. Y eso pasa irremediablemente por una etapa de decrecimiento.

Pero la caída de la natalidad no es la única decisión conveniente en términos globales que adoptan las mujeres allí donde pueden decidir. Ligada a la decisión de tener menos hijos está la decisión de estudiar más allá de la enseñanza obligatoria (y, por cierto, en una proporción superior a los hombres). Ahora bien, ¿qué estudian las mujeres en todo el mundo? Pues lo que les gusta. Este criterio, muy poco lucrativo, hace que se inclinen hacia profesiones que tienen un fuerte componente vocacional: la educación y la sanidad. Pese a que se critica a menudo que las mujeres no estudian ciertas carreras técnicas, la verdad es que nunca se señala que sus elecciones muestran un gran acierto. No es que no fuera bueno que hubiera más mujeres en los sectores tecnológicos, pero, realmente, la educación y la sanidad son más importantes para la humanidad. No solo porque cubren necesidades primarias, sino porque siguen siendo muy necesitadas a nivel mundial; es decir, sigue habiendo una carestía global de profesionales sanitarios y docentes. Incluso en Occidente, y por tomar el caso de España, pese al elevado número de personas (en su mayoría, mujeres) que deciden estudiar medicina, sigue habiendo un déficit de algunos especialistas médicos. A nivel mundial, la cosa está muy clara: según la OMS, para atender con calidad a la población, se precisan 23 médicos por cada 10.000 personas. La Unión europea cuenta con 43, pero en África subsahariana solo hay 3. Y la media mundial es de 17’2 (datos de principios de 2022). De nuevo, si nos situamos en la escala global, las mujeres están eligiendo bien y poniendo el foco donde es necesario.

Respecto a la educación, en España la ratio se sitúa en 23 alumnos por aula, un poco por encima de la media europea. Y hay una demanda de profesores en ciertas especialidades. Si nos fijamos en la ratio de alumnos por profesor (no por aula) en España, el número medio es de 11 en la enseñanza pública y de 15 en la privada. Se ha demostrado que la reducción de la ratio mejora el aprendizaje, y además, beneficia más a los estudiantes de familias desfavorecidas o de bajo nivel educativo. Según la UNESCO, en el mundo aún faltan muchos millones de profesores, pues la ratio de alumnos por profesor es más de 30 en África (llegando incluso a 80 alumnos de educación primaria en la República Centroafricana); muy lejos de los 7 alumnos en Liechtenstein. De nuevo, en términos globales, las mujeres están poniendo el foco allí donde es necesario.

Sin duda, un mundo mejor para la especie humana pasa por un mundo menos poblado, con una población sostenida y sostenible de personas con vidas largas y de calidad: con una buena educación (incluida una formación continua en la etapa adulta) y con todos los cuidados necesarios. Como contrapartida, sería probablemente un mundo menos tecnológico, sin que ello implique en absoluto abandonar la tecnología. Todos sabemos que no son los avances tecnológicos los que salvarán el mundo, sino los principios y objetivos racionales. Y las mujeres están indicando el camino por el que va esa racionalidad. Confiemos en que el sueño androcéntrico y megalómano del control de las técnicas reproductivas, apartando a las mujeres de la toma de decisiones, no prospere en sus ambiciones.

 

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