Inicio 1Portada Pelicot, punta de un siniestro iceberg (I)

Pelicot, punta de un siniestro iceberg (I)

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Las feministas conocemos las cifras de denuncias por abusos sexuales. Son espeluznantes. Más aún porque sabemos que la mayoría de los casos no se denuncian. Tenemos conciencia, pues, de la ferocidad y brutalidad del sistema patriarcal. Pero, incluso a nosotras, la multitudinaria violación de Gisèle organizada por su exmarido nos ha helado la sangre. Por su crueldad y vileza, claro, pero, además, porque hemos descubierto que no es, ni mucho menos, un caso raro, ni aislado, ni excepcional.

A las feministas se nos acusa de ser unas exageradas extremistas. Y resulta que no, que nos quedamos cortas, que la misógina, la violencia, la deshumanización, la brutalidad contra las mujeres está mucho más normalizada y extendida de lo que incluso nosotras pensamos.

O sea, lo excepcional e insólito de este caso es que haya salido a la luz pública, no el hecho en sí. Porque, veamos: en un radio de menos de 50 km, un desalmado encuentra sin dificultad un centenar de otros 100 desalmados dispuestos a violar (de los que solo se han podido identificar 51). Esto ha ocurrido en un departamento con una densidad media de población de entre 150 y 160 habitantes por kilómetro cuadrado. Y claro, de esa cifra de habitantes hay que descontar a las mujeres -más de la mitad- y, de la mitad restante, hay que sustraer niños y ancianos sin movilidad. Conclusión: en cualquier zona “normal” de un país supuestamente civilizado, hay un porcentaje aterrador de violadores.

En Alemania, una investigación acaba de descubrir grupos de Telegram, integrados por hasta 70.000 miembros, que intercambian y comparten consejos, instrucciones, tácticas para drogar y agredir sexualmente a mujeres, incluidas sus parejas, sus familiares, incluso sus hijas. Algunos, además, cuelgan vídeos.

Cuando estas violaciones de Mazan se hicieron públicas, rápidamente, un grupo de varones creó una asociación cuyo objetivo era aclarar que “no todos son violadores”. Sí, como lo oís. O sea, ante una atrocidad de este calibre y ante las evidencias de que tantos, tantísimos hombres “normales” están dispuestos a violar, no se crea una organización para reclamar educación para la igualdad, ni la prohibición de la pornografía, ni leyes más severas, ni campañas gubernamentales de concienciación ciudadana… No, eso no se les ocurre. Se les ocurre sentirse ofendidos ante la posibilidad de que alguien piense que todos los hombres son violadores.

En el mundo hay 193 países, pero solo en 14 existe igualdad legal entre hombres y mujeres. Ninguno de esos 14 países (España, Francia, Alemania entre ellos) se toma en serio la lucha contra la violencia que sufrimos. Ninguno. En España, más bien al revés: mientras desatienden la educación para la igualdad, llevan años implantando en todo el sistema educativo protocolos queer reaccionarios y antifeministas. Llevan años dedicados en cuerpo, alma y presupuesto a glorificar el transactivismo, intentando convencernos de que sufrimos estas barbaries, no porque somos mujeres y el sistema patriarcal es brutalmente misógino, sino porque “nos sentimos” mujeres. Cabe preguntar ¿si nos sintiésemos hombres, las tornas cambiarían y, en vez de ser violadas, nos entrarían ganas de violar a nuestra vecina, a nuestra hija, a Antonelli, a Karla Sofía Gascón, a Elisabeth Duval, a Jedet, a “la” soldado Francisco o a cualquiera que se pusiera a nuestro alcance? ¿Si Gisèle se hubiera sentido hombre, se habría librado de ser violada?

Y, claro, si ser hombre o mujer es elegible, ya no tiene sentido luchar contra los constructos genéricos patriarcales que nos oprimen. ¿No te gusta el que te “atribuyeron”? Elige el que te apetezca.

Y lo que está clarísimo es que si el Ministerio de Igualdad fuera digno de ese nombre, llevaría seis años haciendo potentes campañas de denuncia y condena de la violencia contra las mujeres y del uso y abuso de nuestro cuerpo en todos los órdenes de la vida: trabajo, cuidados, explotación reproductiva, prostitución… Y debería llevar seis años legislando para poner remedio.

Pero no. Su “gran logro” es la ley de Solo sí es sí. Una ley que predica el consentimiento… al tiempo que disminuye las penas en caso de que el maravilloso consentimiento no se dé.

Un Ministerio que ignora, además, que las mujeres somos educadas para “consentir”, para vivir sometidas a los deseos de otros.

Por lo tanto, cualquier avance liberador ha de promover una educación para la igualdad que les diga a las chicas que no consientan en nada que no deseen, que no acepten nada “por amor”, por complacer, por miedo a “no gustar”. En una palabra: hay que educar a las mujeres en el no consentimiento.

Tenemos un panorama que da escalofríos. Menos mal que nosotras, las feministas, somos incansables. Aunque, a veces, resulta duro, sí. Por eso son tan necesarios ejemplos de valor y entereza como el que nos ha dado Gisèle.

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