Como dije en el artículo anterior, lo más espeluznante del caso Pelicot es constatar la “superabundancia” de hombres dispuestos a violar si la ocasión se presenta. Porque, recordemos: Mazan está en un departamento “normal” desde todos los puntos de vista. Pues bien (o, mejor dicho, pues mal), en esas condiciones de “normalidad” y en un radio de menos de 50 km, Pelicot reclutó sin ninguna dificultad a un centenar de violadores.
Además, tal y como varias investigaciones están descubriendo, en diversos países de Europa, existen grupos de Telegram (u otras redes) con objetivos similares al de Pelicot: hombres que buscan las condiciones adecuadas para que sus parejas e incluso sus hijas puedan ser violadas con las máximas garantías de “discreción”.
Pero, sin embargo, muchas personas siguen considerando excepcional el caso Pelicot y piensan: “Un horror, sí, menos mal que ya pasó”.
Pero nosotras sabemos que lo excepcional es que se haya descubierto, no que exista. Y lo excepcional es que una mujer haya sido violada por tantos hombres sin haber sido previamente prostituida.
Por eso, las feministas seguimos reclamando insistentemente que se tomen, al menos, estas cuatro medidas:
- Prohibición de la pornografía, escuela de violencia y cosificación de las mujeres. Y sí, es difícil controlar las redes, pero, si se hace con el terrorismo ¿por qué no con la pornografía? Sabemos que, pese a las prohibiciones, siguen existiendo grupos terroristas, pero ¿qué pasaría si hubiera “barra libre” y si, desde los 8 años, los niños estuvieran siendo educados para que normalizaran que sus deseos han de canalizarse mediante abuso, agresión y violencia?
- Abolición de la prostitución. Si se considera el cuerpo de las mujeres como objeto de transacción comercial, se acepta que el uso del mismo puede negociarse mediante pago en metálico o mediante chantaje emocional (“si te niegas, me voy a largar. Tú serás la responsable de la destrucción de nuestra familia”, “si me quisieras lo harías por mí”…) o mediante “dádivas” de cualquier tipo: un papel en una película, un puesto de trabajo, un aprobado, una tesis doctoral, etc. etc. Y si se lo pueden “llevar gratis”, pues mejor, claro.
Nota para quienes nos sermonean con la “libre elección”: No hay libertad sin igualdad. ¡Y que los autodenominados progresistas ignoren un axioma tan básico!
- Campañas intensivas y constantes de información sobre la violencia que padecen las mujeres. En efecto, la mayoría de la población ignora los datos. Y, al desconocer su magnitud, no puede reaccionar contra ella. Por eso es crucial que el poder político haga incesantes y sistemáticas campañas informativas. Cierto, siempre habrá negacionistas, igual que los hay sobre el cambio climático, pero, cierto también, si han conseguido convencer a tanta gente de que un hombre que se autodeclara mujer automáticamente lo es ¿cómo no van a conseguir que la mayoría de la población se entere y rechace la espeluznante realidad de las agresiones sexuales?
- Educación para la igualdad. Una educación que no se limite a poner carteles en los centros el 8M o el 25N. Una educación sistemática y profunda, centrada en los derechos de las mujeres, que enseñe a las niñas y adolescentes a no someterse a las exigencias y los chantajes patriarcales. Que insista en que no tienen por qué consentir en nada que no deseen. Y, al tiempo, les diga a niños y jóvenes que las mujeres tienen los mismos derechos humanos que ellos, igual libertad, igual dignidad y que los deseos femeninos son tan legítimos y valiosos como los masculinos.
Todas las personas de bien debemos exigir a los poderes públicos la puesta en marcha estas medidas. Todas las personas de bien, es decir, cualquiera que tenga un concepto de humanidad medianamente ético y empático, pertenezca al partido que pertenezca. Cualquiera que no considere que las mujeres son objetos de consumo, seres de segunda categoría que existen para agradar y servir a los hombres (“Viva el vino y las mujeres, que por algo son regalos del Señor” como cantaba Escobar).
Pero sí, hay un aspecto excepcional en el caso Pelicot: el valor de Gisèle. Al conocer la barbarie y crueldad de su marido -que acarreó, además, la destrucción de su vida personal y familiar- quedó anonadada. Pero, luego, reaccionó dando una lección al mundo. Porque existe, tanto en Francia como en España, la posibilidad legal de que los juicios por agresiones sexuales se hagan a puerta cerrada. Gisèle, consciente de que implícitamente ello significa que la víctima tiene algo de lo que avergonzarse, decidió que “la vergüenza tenía que cambiar de bando” y optó por un procedimiento público. Durante los meses que ha durado el juicio, la valentía y la entereza de Gisèle han servido de aliciente para todas nosotras porque, sí, las luchas son colectivas, pero también se nutren de personalidades ejemplares que enarbolan sin miedo nuestras reivindicaciones.
Merci, Gisèle, merci.



