Trabajadoras sociales: » Nos va la vida en ello»

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Hace unos días nos sacudió la noticia del asesinato de una educadora social, Belén Cortés, de 35 años, de manos de tres menores de edad, dos chicos de 14 años y una chica de 17. Belén era trabajadora de un piso tutelado donde residían los menores y referente de dos de ellos. Este hecho ha vuelto a poner de manifiesto la inseguridad y precarización que sufrimos las personas que trabajamos en el sector social. Y lo peor de todo es que ha sido necesario que pase esto para que se nos escuche y para que esperemos, empiecen a cambiar las cosas.

Hace muchos años que las profesionales del ámbito social (y digo las profesionales porque en su mayoría somos mujeres) venimos denunciando la situación laboral que sufrimos, y como ejemplo el estudio realizado en 2023 por la CGT en el que se ponen de manifiesto datos muy preocupantes:

  • El 64% de las trabajadoras ha sido agredida o amenazada en su puesto laboral.
  • Un 62% ha debido de pedir una baja médica.
  • Un 72% ha sufrido trastornos de ansiedad.
  • Un 77% se ha planteado dejar el sector social.

Pero es que detrás de estos datos se esconden personas, personas que intentamos ir día a día a trabajar, ofreciendo lo mejor de nosotras mismas para mejorar y facilitar la vida a la gente. Personas que movidas por nuestra vocación nos enfrentamos a lo más feo de esta sociedad, lidiamos con ello poniendo en riesgo nuestra salud mental y física, sintiendo además, que somos invisibles para el sistema y que el trabajo que hacemos no tiene ningún valor. De mis compañeras de promoción la gran mayoría han estado temporadas de baja por no poder afrontar el día a día en su trabajo, otras han tirado la toalla y han cambiado de rama, es terrible cuando hablas con ellas y notas el cansancio y el hastío en su voz, hartas de pelear y batallar día a día con los de arriba y con los de abajo para notar que no ganas ninguna batalla o que las pocas que ganas son a costa de tu salud.

Luchamos para que no se externalicen los servicios públicos de salud, pero es que en el sector social casi todo está externalizado. Se supone que somos la tercera pata del sistema de bienestar, pero como siempre digo, y perdón por la expresión, somos la pata tonta del sistema. Ni tenemos los recursos ni el reconocimiento que el resto de profesiones y se  permite que la mayoría de servicios sean gestionados por empresas privadas, entidades, asociaciones, fundaciones… Con ello perdemos no solo calidad en el servicio sino también en las condiciones de las trabajadoras, ya que para cualquier empresa u organización privada tienen que existir ciertos beneficios, tiene que ser rentable y los servicios sociales no tienen que ser rentables, no pueden ser un negocio.

Por otro lado, las personas que trabajamos con adolescentes nos enfrentamos a niños y niñas cada vez más violentos, pero porque también están expuestos a más violencia desde bien pequeños. Yo no me cansaré de repetirlo, desde los dibujos que ven desde pequeños, las películas de adolescentes, la música, hasta por supuesto el consumo de porno y las redes sociales, todo ello han supuesto un cóctel molotov que ha conformado un grupo de adolescentes profundamente conservadores, racistas, violentos y machistas. Estos niños, si además sufren algún tipo de desadaptación social; pobreza, marginalidad, consumo de drogas en su entorno cercano, delincuencia, familias desestructuradas, todo ello favorece a que sus conductas de riesgo sean cada vez más extremas e impliquen no solo poner en riesgo su salud e integridad física sino también la salud e integridad física de los demás, y por desgracia las niñas y mujeres nos llevamos la peor parte.

Los sistemas de atención no funcionan y las personas que trabajamos en esto lo sabemos, quizá es un grito silenciado debido a la poca fuerza que nos queda después de enfrentarnos a nuestro trabajo, o quizá sea una especie de pacto de silencio para no romper el sistema, pero ya está bien, tenemos que decir basta porque nuestra vida va en ello. Yo lo vivo cada día y estoy cansada de callarme, de detectar situaciones de desamparo graves en menores e intentar activar algún tipo de sistema de protección y encontrarme con el silencio al otro lado. Hacer mil reuniones con los organismos encargados de proteger a la infancia y encontrarme con excusas para no hacer nada, no hacer nada hasta que pasa esto. Hasta que un chaval de 14 años que a lo mejor lleva desde los 11 años en la calle delinquiendo y consumiendo droga llega a un piso tutelado y mata a su educadora, porque aunque parezca un película de terror a las personas que trabajamos en esto no nos ha extrañado tanto, cabreado sí, entristecido, indignado, hastiado… pero no sorprendido, porque esto se veía venir y es solo la punta del iceberg de la violencia que vemos y vivimos cada día y ya está bien, porque nos va la vida en ello.

 

 

 

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