El artículo al que me voy a referir, El fascismo en Estados Unidos, apareció el viernes 18 de abril en El País, firmado, nada menos, que por Siri Hustvedt, viuda de Paul Auster y Premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Obtuvo muchos elogios por parte de algunas feministas.
Sin más preámbulos diré que su fundada preocupación se dirige a la duda sobre si Estados Unidos está en camino de convertirse en un Estado fascista -con la vuelta de Trump – o si ya lo es. Sería trágico para el mundo, aunque sus reflexiones no apuntan a la diana y, sobre todo, ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y con esto último me refiero a ese movimiento woke que los izquierdistas americanos han difundido desde sus universidades, como la de Columbia en New York, en la que estudió Siri y también Auster, desde donde se impusieron gran parte de la teoría y militancia woke.
Siri se escandaliza porque se minimizan las barbaridades de Trump y por haberse detraído miles de millones de dólares con el desmantelamiento, por parte de Elon Musk, de la USaid o Agencia para el Desarrollo Internacional, cuyos cuantiosos fondos se estaban yendo por el sumidero de la guerra de Ucrania, y antes financiaron proyectos tan peregrinos como una ópera “trans” en Colombia por $47.000 o un comic, también “trans” por $32.000 en Perú como botones de muestra. ¿Cuántas escuelas podrían haberse levantado o cuántos dispensarios médicos?
A propósito de los fondos, resulta que los generales ucranianos están adquiriendo mansiones fastuosas tanto en la Costa Azul como en la Costa del Sol. La más escandalosa ha sido la comprada por el oligarca Rinat Akhmetov por 200 millones de euros, Villa Les Cèdres, con fama de ser la más bella del mundo. La guerra y la infinidad de millones insuflados por Biden están resultando muy lucrativos para algunos, como Zelenski, que tiene ahora un palacio en Forte dei marmi, playa toscana a orillas del Tirreno junto a muchos magnates rusos. La guerra, sin duda, hace extraños compañeros de playa. Y los fondos de la USaid, no digamos.
Claro que también se han recortado presupuestos a muchas Agencias de la ONU, como Acnur, en perjuicio de los refugiados del mundo, cuya responsabilidad recae ahora sobre Europa, a la que amenaza Von der Leyen: “Convertiremos el ahorro privado en inversiones muy necesarias”, o sea, que irán de nuestro bolsillo a los tanques de última generación por si no lo sabían ¡No ahorren!
Nunca le leí a Siri ninguna crítica al gobierno demócrata ni a la teoría woke, que tantas víctimas se ha llevado por cancelación, ni me van a leer a mí una defensa de Trump ni de los republicanos. Tampoco voy a justificar la teoría woke porque la practiquen los demócratas ni la guerra de Ucrania porque la apoyen. Tenemos que situarnos fuera de las ideologías, ya que lo bueno o lo malo lo son por sí mismos y no por su cariz partidario. No deberíamos quedarnos enganchadas en el bucle izquierda/derecha porque nos faltará discernimiento para los asuntos de la polis. Los de verdad.
Después del hundimiento comunista en 1989, los marxistas comprendieron que una revolución como la rusa de 1917 no sería ya jamás posible en Europa. Esa reflexión les fue llevando paulatinamente a Gramsci, que rechazaba el automatismo de la economía, que fue sustituida por la cultura, destinada a conseguir una hegemonía que llevaría a un comunismo más intelectual, más real y más europeo. En ello influyó también lejanamente la Escuela de Frankfurt – Marcuse, Adorno, Horkheimer – , que, curiosamente, durante el período nazi terminaron en la universidad de Columbia en un primer momento de exilio. Fue desde las universidades americanas desde donde se difundió la teoría woke desde la French Theory postmoderna. En lugar de dividir el mundo en dos clases, se analizó según diversas “opresiones” y se amplió el panorama. Ya no era el capitalismo frente al proletariado, sino que, por influencia feminista, los enemigos a batir eran también el patriarcado y el sistema heteronormativo. Pero estaban además la raza, el colonialismo, el movimiento LGTBQ y hasta el discapacitismo y la gordura (fat studies) convirtiendo el feminismo en un conglomerado interseccional con todas las divisiones que comporta. Cada grupo tiene sus despiertos, cada capillita sus elegidos, que establecen una dialéctica de lucha contra sus opresores específicos. Cuando el Partido Comunista de España echó de su seno al Partido Feminista de Lidia Falcón porque ésta combatía jurídicamente los presupuestos de la Ley Trans, ahí comprendimos quienes eran los nuevos amigos y enemigos de la izquierda oficial.
Lo curioso es que Hustvedt acuse a Trump de los mismos métodos de “cancelación” que los woke han estado aplicando todos estos años de gobiernos demócratas, empezando por el lenguaje. Ahora Siri nos alerta precisamente sobre el lenguaje, cuando ellos comenzaron a identificar “mujer” con una “identidad de género” sin un significado unívoco, sino “transinclusivo”. Sí, el mantra de “una mujer trans es una mujer”, que todas las ministras tenían que repetir como loros inclusivos, por más que ellas mismas fueran calificadas como cis-mujeres. Claro, lógico, ya que antes fuimos las feministas, desde la Administración y la Academia, las que les habíamos puesto en bandeja el término género, que luego nutrió a toda la teoría queer.
En estos momentos de transición, la labor principal tendrá que consistir en definir y delimitar lo que es “feminismo” y lo que es “teoría del género” con todo el neolenguaje que conlleva, sin olvidar los rasgos y sesgos fascistoides que la actual izquierda progresista conlleva. No nos equivoquemos de nuevo.


