La nueva “Guía de periodismo inclusivo. Perspectiva de género interseccional en la construcción de mensajes mediáticos”[1] , de Lucía Quiroga, que edita y subvenciona el Instituto de las Mujeres, es una decidida contribución a que los medios sigan confundiendo sexo y género. Una ocasión perdida para poner el foco en el desigual tratamiento que, aún, reciben las mujeres en los medios de comunicación. Y, también, una propuesta de periodismo militante que será otra cosa, pero no es periodismo.
La Guía, que añade poco y bebe mucho de otros manuales similares, cojea de una reiterada y militante sustitución de sexo por género:
«Fuentes. Busca el equilibrio de género en las fuentes que consultes»
«Voces diversas en la información –género, edad, origen, étnico, discapacidad, orientación sexual–»
«No asocio roles o características a un género»
«El género se cruza con otras desigualdades –clase, raza, discapacidad, etc–»
«Una determinada idea, o aplica para todos los géneros o no debería hacerlo para ninguno. Por ejemplo, si no preguntas a un candidato en campaña electoral con quién ha dejado a sus hijos para asistir a un debate, tampoco se lo preguntes a una candidata»
En todos estos casos, el término adecuado es sexo, no género. La deliberada sustitución del primero por el segundo será muy inclusiva con las “identidades sentidas” pero es inútil para corregir la invisibilización de las mujeres o su tratamiento estereotipado en los medios de comunicación. Un objetivo que se supone central en esta Guía. Al menos, según podría deducirse del prólogo, firmado por la directora del Instituto de las Mujeres: «El periodismo no es ajeno a las miradas que atraviesan la sociedad. Las mujeres han sido invisibilizadas o encajadas en relatos estrechos: como excepción, como víctimas, como cuerpos, como anécdota. No es casual. Es el resultado de una cultura que ha jerarquizado qué vidas merecen ser contadas y desde dónde».
La falsa sinonimia entre sexo y género explica también el uso -el mal uso- que hace la Guía del concepto “perspectiva de género”, resignificado para que dejemos de pensar en esa perspectiva como herramienta de análisis y corrección de la desigualdad entre mujeres y hombres.
Perspectiva de género, pero incorporando, dice la Guía, “un enfoque interseccional, que tiene en cuenta a todas las personas: infancia, personas mayores, colectivo LGTBIAQ+, personas racializadas, personas con discapacidad, etc.”
¿Y cómo se contempla en la Guía ese enfoque interseccional?
«Entendiendo que, en la medida en que las diferentes características de una persona interactúan –género, raza, origen, formación, posición económica, etc.– habrá más posibilidades de vivir situaciones de discriminación.» (pag. 97). «Es aquí donde entra en cuestión el enfoque interseccional, una herramienta analítica para estudiar cómo el género se cruza con otras variables» (página 18)
El sexo, base de la discriminación que padecen las mujeres, ha desaparecido del enfoque. Y de la perspectiva. Aquí intersecciona todo, menos el sexo.
¿Qué incluye lo inclusivo?
«Como no podría ser de otra forma, se señala en la Guía, este libro está escrito utilizando lenguaje inclusivo… La perspectiva también es inclusiva con respecto a las mujeres trans: si bien la mayor parte del tiempo simplificaremos utilizando el término mujeres, esto incluye a mujeres cis y trans… Este manual está focalizado en la representación de las mujeres –cis o trans– en los medios de comunicación».
Estamos, por tanto, ante una inclusividad que excluye a las mujeres de una categoría propia para incluirlas en una más amplia que incluye a varones.
Esta perspectiva inclusiva que dice tener la autora ni siquiera se cumple en una Guía de tan incluyentes propósitos. Porque por mucho que el transgenerismo apriete, y que la voluntad sea mucha, en la práctica es inviable incluir a varones que se autoidentifican como mujeres en las casuísticas exclusivas de las mujeres. Por esa razón, todos los casos de malas prácticas recogidos en este manual para ilustrar el tratamiento estereotipado de las mujeres en los medios de comunicación se ejemplifican con mujeres y solo con mujeres.
Respecto al término “cis” para referirse a las mujeres, es un insulto que no tiene cabida en una publicación del Instituto de las Mujeres. No olvidemos que, según el generismo queer, “cis” serían las mujeres que se “identifican” con el género femenino, es decir, con los mandatos, roles, expectativas y atribuciones sociales impuestos a las mujeres.
No es la única terminología cautiva del transgenerismo que se usa en el folleto: «expresión de género, evitar el binarismo, educar a niños, niñas y niñes, asignaciones basadas en la genitalidad, mujeres cis y mujeres trans, cisheterosexual…»
A falta de otras aportaciones de interés, al menos no se puede decir que la periodista autora de la guía no predique con el ejemplo: ahí están esos “escritore” y “traductore” que ha usado en sus artículos.
PD: No somos cis. Somos mujeres. En una indecencia pretender que nos identificamos con las herramientas de nuestra opresión.
¿Buenas prácticas antiperiodísticas?
Cuando el rigor periodístico, la solvencia de las fuentes, los datos relevantes en una información, la terminolgía precisa… se sacrifican a favor de una interpretación sesgada de “lo inclusivo”, el resultado será otra cosa, pero no es periodismo.
«Nombrar a las protagonistas de las noticias y a las fuentes expertas con nombres y apellidos, prescindiendo de caracterizarlas en base a su sección –mujer, negra, migrante, pobre, trans, etc.–.», propone la Guía.
Cuando el autor de una violación, un feminicidio o un delito de pederastia es un hombre (trans), la noticia no puede, no debe, mencionarle como mujer. El hastag #NoSonNuestrosCrimenes se ha popularizado en redes para exigir a los medios de comunicación que no hurten información relevante a sus lectoras (y lectores).
Cuando la Guía deja de serlo para acercarse mucho a un panfleto y recomienda «No dar protagonismo a fuentes LGTBIfóbicas» debe explicar a quiénes quiere excluir. Porque en tiempos en los que la defensa de los derechos de las mujeres y las niñas basados en el sexo se califica de “transfóbica”, podría pensarse, con fundamento, que la autora del manual está proponiendo el veto a las posiciones feministas. O a cualquiera que no comulgue con el dogma de que los hombres pueden ser mujeres.
Tratándose de fuentes, la Guía tiene cierta confusión en la consideración de cuáles son las voces expertas. Una mujer que se autoidentifica como hombre y que ha decidido embarazarse no es una fuente experta en crianza, como aparece citada en la Guía. Elegir solo fuentes que confirmen las posiciones ideológicas de la periodista, tampoco es periodismo.
Reinterpretando la violencia machista
“La mayoría de los conceptos teóricos recogidos en este libro, reconoce la autora, proceden de la formación europea Rewriting the story, impartida por la profesora e investigadora en género y periodismo Marie Palmer”.
La Guía cita la definición de violencia machista que perpetra Palmer: «La violencia de género o violencia machista “es aquella dirigida contra una persona debido a su género, identidad de género o expresión de género, o que afecta desproporcionadamente a personas de un género particular». La definición pervierte el consenso jurídico, nacional e internacional, sobre qué es la violencia machista y destroza el análisis que sitúa al sexo en la base de esa violencia.
Se cita también la definición recogida en la “Guía de comunicación feminista” de las periodistas Macarena Baena y Laura de Grado: “La violencia machista es la que se ejerce contra las mujeres por el hecho de serlo”.
Es la misma categorización que hace la ONU: “La violencia de género se define como la violencia dirigida contra una mujer por el hecho de ser mujer o que afecta a las mujeres de manera desproporcionada”. Y, con más precisión, la CEDAW, que hace mención expresa a la violencia basada en el sexo.
No queda claro con cuál de las dos definiciones opuestas -la de Palmer o la de CEDAW, se queda la autora. Quizás la pretensión es que incluir ambas sea también muy inclusivo. Pero modificar el concepto de violencia machista para que se adapte a las exigencias transgeneristas es inadmisible en una publicación editada por el Instituto de las Mujeres.
[1] GUÍA DE PERIODISMO INCLUSIVO. PERSPECTIVA DE GÉNERO INTERSECCIONAL EN LA CONSTRUCCIÓN DE MENSAJES MEDIÁTICOS, Lucía Quiroga, 2026. Proyecto subvencionado por el Instituto de las Mujeres.


