Mi madre dejó la escuela a los catorce años. Corría el año 1959. Era buena estudiante, pero eso no importó. Como tantas niñas de su generación, tuvo que ir a servir a otras casas o trabajar en el campo. El estudio no era para ella. Su destino parecía estar ya escrito por su clase social, por su condición de mujer y por una España que había decidido que la educación no era un derecho para todas las personas.
Por eso siempre me sorprende escuchar que la educación debe ser «neutral». La neutralidad educativa es una de las grandes falacias de nuestro tiempo. La educación nunca ha sido neutral. Nunca lo fue cuando la Iglesia controlaba la enseñanza. Nunca lo fue cuando la Segunda República impulsó la escuela pública y laica. Nunca lo fue cuando el franquismo depuró a miles de maestros y maestras. Y tampoco lo es hoy.
Henry Giroux, uno de los principales teóricos de la pedagogía crítica, sostiene que las escuelas no son instituciones inocentes. A través de ellas se reproducen relaciones de poder, privilegios y desigualdades sociales. La escuela participa en la producción cultural, económica y política de una sociedad. Por ello, los docentes no pueden limitarse a transmitir conocimientos; tienen la responsabilidad de ayudar al alumnado a comprender las injusticias existentes y a desarrollar herramientas para transformarlas.
Esta idea conecta con la obra de Pierre Bourdieu. Para el sociólogo francés, la educación no es simplemente un mecanismo de transmisión de conocimientos. Es también una institución que puede reproducir las desigualdades sociales bajo la apariencia de mérito, igualdad de oportunidades y neutralidad. El éxito o el fracaso escolar no dependen únicamente del esfuerzo individual. Están profundamente condicionados por el capital cultural heredado y por lo que Bourdieu llamó habitus: el conjunto de disposiciones, formas de pensar, actuar y percibir el mundo que adquirimos en nuestro entorno familiar y social.
Mi madre conoció en primera persona esa desigualdad. Nació en una España donde la pobreza y el género marcaban profundamente las posibilidades educativas. Aunque la Ley Moyano de 1857 había establecido la educación primaria obligatoria, durante décadas el acceso a la escuela siguió siendo muy desigual. La pobreza, el trabajo infantil y la falta de centros educativos mantuvieron elevados niveles de analfabetismo. No olvidemos que la escuela pública es un invento ilustrado nacido para alfabetízar a todas y a todos pues la educación crea la ciudadanía del futuro.
Frente a esa realidad surgieron proyectos pedagógicos que entendían la educación como una herramienta de emancipación. Inspirados por autores como Pestalozzi, Fröbel, Decroly, Freinet o María Montessori, los movimientos de renovación pedagógica defendieron una escuela más activa, más humana y más cercana a la vida. La línea de María Montessori fue más clásica, incluso más aristotélica.
Ese espíritu alcanzó una de sus expresiones más hermosas durante la Segunda República. Las Misiones Pedagógicas llevaron libros, teatro, música, cine y cultura a pueblos aislados donde muchas personas jamás habían tenido acceso a ellos. Como las definió Manuel Bartolomé Cossío, eran escuelas ambulantes que recorrían los pueblos para despertar la curiosidad, el pensamiento y el amor por el conocimiento.
La República apostó decididamente por extender la educación pública, combatir el analfabetismo y construir una escuela laica, gratuita y obligatoria. También impulsó la dignificación del magisterio, la formación de docentes y la modernización de los métodos educativos.
Pero hubo otro aspecto fundamental: la educación de las mujeres.
Las maestras republicanas simbolizaron un proyecto de transformación social profundamente feminista. Gracias a los avances impulsados durante la Segunda República, las mujeres consolidaron derechos civiles y políticos, ampliaron su acceso a estudios superiores y comenzaron a ocupar espacios profesionales anteriormente reservados a los hombres. La escuela se convirtió en una herramienta de emancipación y en una alternativa al destino exclusivo del matrimonio, el hogar o el trabajo doméstico.
Por primera vez muchas niñas pudieron imaginar futuros diferentes.
Sin embargo, aquel proyecto fue brutalmente interrumpido.
Tras el golpe de Estado de 1936 y la posterior victoria franquista, comenzó un vasto proceso de depuración del magisterio. Miles de docentes fueron investigados, sancionados, expulsados de la enseñanza, encarcelados o asesinados. Se les acusaba de haber difundido ideas republicanas, socialistas, laicas, feministas o simplemente renovadoras. Proyectos de memoria histórica como Botones de Nácar, contra el olvido recogen datos de un millar de docentes asesinados tras 1936.
El franquismo necesitaba una escuela nacionalcatólica, autoritaria y obediente. Una escuela sometida al control ideológico del régimen. No pretendía formar ciudadanos críticos, sino súbditos disciplinados.
Porque una población alfabetizada, con acceso a la cultura y capacidad para pensar por sí misma puede cuestionar las jerarquías sociales y los privilegios establecidos.
Por eso la educación nunca es neutral.
Cuando alguien afirma que la escuela debe mantenerse al margen de la ideología, suele olvidar que toda educación transmite valores. La cuestión no es si existe o no ideología, sino qué valores estamos transmitiendo y al servicio de quién.
Hoy en día aparecen dos modelos enfrentados. Uno considera que la educación debe contribuir a construir una sociedad más justa, democrática, solidaria e igualitaria. El otro entiende la educación principalmente como un instrumento al servicio del mercado y de las necesidades económicas.
La disputa educativa es, en realidad, una disputa sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Por eso me resulta difícil aceptar el discurso de la neutralidad. Con frecuencia, esa pretendida neutralidad sirve para ocultar las relaciones de poder existentes y convertirlas en algo invisible. Si nadie habla de desigualdad, parece que la desigualdad no existe. Si nadie habla de privilegios, los privilegios se vuelven naturales. Si nadie analiza críticamente la realidad, quienes ejercen el poder dejan de ser visibles.
Mi madre no pudo estudiar. Yo sí.
Y precisamente porque pude estudiar aprendí a argumentar, a comprender la historia y a poner nombre a las injusticias. Aprendí que las oportunidades educativas nunca han estado distribuidas de manera neutral. Aprendí que hubo personas que lucharon para que las hijas de las familias trabajadoras también pudieran acceder al conocimiento. Y aprendí que el franquismo no tenía ningún interés en que las clases populares desarrollaran una conciencia crítica, ni se emanciparan de la clase a la que pertenecían.
Por eso hoy puedo contar esta historia.
Y por eso, madre, te doy las gracias. Gracias por ofrecerme el tiempo y el espacio para estudiar sabiendo que tú no pudiste hacerlo.
Por eso, cuando hablamos de educación, la pregunta no es si transmite valores, sino cuáles son esos valores. Desde mi punto de vista, educar es mantener viva la esperanza en un mundo mejor. Es formar ciudadanos capaces de buscar la verdad, comprometerse con el bien común y luchar por la justicia. Los contenidos son importantes, los profesores y profesoras somos importantes. Nuestra actual ley de educación con tanta metodología, evaluación por competencias y dispositivos tecnológicos acaban escondiendo lo que siempre fue esencial. Esconden la idea de que los alumnos son consumidores y crean productos. No nos olvidemos que estamos educando a las ciudadanas y ciudadanos del futuro.
Durante siglos, la filosofía ha defendido que la verdad, el bien y la justicia constituyen horizontes imprescindibles para una vida verdaderamente humana. Reducir la educación a una simple preparación para el mercado supone empobrecer su significado más profundo.
La educación debe abrir posibilidades, ampliar horizontes y ayudar a construir una sociedad más democrática e igualitaria.
No hay felicidad sin justicia. Y quizá esa sea la razón por la que la educación sigue siendo, hoy como ayer, un terreno de disputa y también un espacio de esperanza.
“Al contrario que los intelectuales hegemónicos o acomodaticios cuyo trabajo se desarrolla a la orden de quienes detentan el poder y cuyas intuiciones críticas se mantienen al servicio del statu quo, los intelectuales transformativos se toman en serio la primacía de la ética y la política en su compromiso crítico con los estudiantes, las autoridades y la comunidad correspondiente. Estos y estás últimas trabajan incansablemente dedicadas a hacer avanzar la democracia y a realzar la calidad de la vida humana”
Los profesores como intelectuales,1997, Henry A. Giroux



