¿Quién da y quién quita la palabra? Pensamiento feminista radical y autonomía universitaria

Adriana Flórez
Adriana Flórez
Filósofa y psicoanalista.
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Lo ocurrido con ocasión de la participación de la autora de Cuando lo trans no es transgresor, Laura Lecuona, en su Universidad, la Nacional Autónoma de México, debería sorprender enormemente, pero ya no. Refleja lo que está ocurriendo a nivel internacional de manera sistemática. Una vez más, fue cancelada. Ofrezco aquí, acompañando la reconstrucción de los hechos, algunas preguntas, mi opinión y para quien corresponda y pueda escucharlo, un ruego.

Anteriormente, habiéndole sido encargado por siglo XXI y estado a punto de publicarse en dicha editorial, su libro, amenazas mediante, hubo de salir a la luz en edición de autora (diciembre de 2022). Con todo, ha  tenido muy buena acogida y es hasta el momento, la obra feminista crítica con el sistema de creencias de la identidad de género más importante en Latinoamérica y en general, única por reunir varias cualidades: la paciencia y minuciosidad con las que, para mostrar su insuficiencia, desentraña los argumentos detrás de dicho sistema de creencias, el amplio abanico de fuentes a que recurre, la diversidad de ejemplos que ofrece para sostener sus afirmaciones, la claridad en su exposición y el conocimiento del desarrollo en el tiempo que ha tenido el fenómeno objeto de su estudio (pedidos en  disentirnoesodio@gmail.com). De formación filósofa, “Laura Lecuona no ha escrito un libro sino una enciclopedia […] Ha puesto orden a las ideas, los dilemas, los argumentos y los debates […] con una voluntad pedagógica y una profusión de ejemplos, listas, cuadros y esquemas que impiden perderse en […] trampas lingüísticas e ideológicas.” nos dice Silvia Carrasco, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que publicó otra obra imprescindible, La coeducación secuestrada. Crítica feminista a la penetración de las ideas transgeneristas en la educación (2022), no sin que algunas de sus presentaciones hayan sido canceladas.

Y bien, a fines de marzo pasado, el Colegio de Bioética A.C. de México celebró su 20 Aniversario con un Simposio Internacional contando con la participación de Laura Lecuona, en una mesa sobre Bioética y Feminismo que acogió el Instituto de Investigaciones Filosóficas IIF, de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.  https://www.youtube.com/watch?v=WxndrVKNdX0

La posición que sostuvo la autora independiente, apoyándose en la argumentación de la filósofa Janice Raymond, fue la del feminismo autodenominado radical, por su determinación de ir a la raíz. Un feminismo profundamente crítico con

  1. la comercialización de la reproducción humana, (compra de óvulos, alquiler de mujeres/“vientres” con fines de gestación),
  2. el acceso sexual a las mujeres vía prostitución y con lo que considera la campaña publicitaria de dicha práctica: la pornografía, cuyo consumo crece exponencialmente desde edades cada vez más tempranas, en presentaciones cada vez más violentas contra las mujeres, y
  3. al big-farma y a la industria médica que promueven la medicalización y cos-tosas intervenciones quirúrgicas como respuesta única a las problemáticas de la llamada “identidad de género”, concepto que además problematiza.

Y dado que la discusión en torno a la perspectiva feminista radical está siendo sistemáticamente excluida, con el consentimiento de demasiados actores y una eficacia inusitada a nivel internacional, era noticia y muy buena, que esta perspectiva se incluyera, como una más, en un simposio internacional de bioética.

Sin embargo, una vez celebrada la mesa en la que participó Laura Lecuona, ex becaria destacada del IIF, reconocida profesional en el mundo editorial y actual representante en México de la Declaración Internacional sobre los Derechos de las Mujeres Basados en el Sexo, su anfitrión, el Colegio de Bioética, recibió en las redes sociales una enérgica reprobación por haberla invitado.

Cabe señalar que no era la primera vez que la realización de un evento académico recibía en la UNAM un rechazo tan violento. En el 2022, un representante de su rector, recibió un amago de linchamiento por parte de activistas de la identidad de género con quienes intentaba dialogar. Exigían que se eliminara de las redes de la UNAM el registro audiovisual del foro “Aclaraciones necesarias sobre las categorías sexo y género” que se había realizado en su Facultad de Filosofía y Letras. https://www.youtube.com/watch?v=EpiyXz1fO-8  No se retiró el video, pero el representante de Rectoría terminó en el hospital y es inquietante que hasta ahora no haya habido ninguna consecuencias legal para los responsables, ni ningún otro tipo de respuesta institucional.  https://www.youtube.com/watch?v=LwytonhcC7k

Así las cosas, en esta ocasión, como respuesta a la amenazante reprobación que recibió en redes por su invitación a la autora, el Colegio de Bioética publicó el siguiente comunicado:

La situación generada por la virulencia de los reclamos fue y sigue siendo sumamente delicada. El Colegio de Bioética tenía que proteger a su institución y a sus integrantes. Merece toda nuestra solidaridad. Se entiende su preocupación, ante la reacción de las personas que reprobaron tan rudamente su invitación a la autora independiente. Se entiende que quiera empatizar con ellas, le honra. Se entiende su interés por evitar el enfrentamiento, es de agradecer.

No es tan fácil de entender, en cambio, que la manera de intentarlo haya sido emitir un comunicado en el que no se muestra ningún tipo de empatía ni la más mínima consideración hacia su invitada, que (el Colegio tiene que haberlo sabido antes de invitarla) ya ha sido fuertemente agredida, incluso con amenazas de muerte impunes, orientadas a impedir la expresión de sus ideas.

Es oportuno retomar, a propósito de la cancelación que sufrió la presentación de su obra en la FIL de Guadalajara, la reflexión de Luis de la Barrera: resulta paradójico, observó el primer presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, que quienes se abstienen de condenar el intento (tristemente logrado) de impedir la presentación de un libro, amenazando “con quema de stand y de ejemplares, agresiones físicas y aun disparos contra la autora, acusen discurso de odio en una obra que no ha sido publicada, como si tales advertencias fueran discurso de concordia y tolerancia!” (Excélsior, México, 1 de diciembre de 2022).

Resulta paradójico, se puede decir ahora, abstenerse de condenar la violencia en los reclamos de quienes desaprobaron la participación de la autora independiente en el simposio, acusándola de “discurso de odio”. Y aún más, condescender sin matices ante ellos, como si fueran “discurso de concordia y tolerancia”, como si tuvieran mayor legitimidad que el uso de la palabra que hizo la participante para presentar su trabajo. Un trabajo que lejos de las etiquetas rápidas y las descalificaciones superficiales, merece un análisis y una discusión académica como la que se inició en el simposio gracias al Colegio de Bioética y al IIF, y que sería tan saludable continuar. Pero es eso lo que se quiere impedir a toda costa, con rotundo éxito. Enorme pena.

Llama la atención la dimensión del poder que están ejerciendo estos grupos de presión a nivel internacional en nombre, paradójicamente, de un colectivo minoritario y vulnerable. Llama la atención la vara con la que se está midiendo la violencia con la que empujan a la cancelación, por ser tan distinta a la que se usa para medir la violencia cuando viene de otro lado, siendo que además, de ese otro lado, ni remotamente se alcanzan sus cuotas. No me refiero, claro está, a los grupos fascistas o neonazis, verdugos tradicionales de transexuales y homosexuales; sino de las feministas críticas de la llamada “identidad de género”, la mayoría de identificadas con ideales de la izquierda. ¿Qué está pasando?

Cualquiera que lea el comunicado del Colegio sin haber visionado la participación de la autora, podría pensar que no fue invitada, que entró pateando la puerta, que tomó el micrófono sin su consentimiento y que, en lugar de leer su interesante texto, no hubiera hecho sino proferir insultos y expresiones discriminatorias, de manera que su participación, como indican quienes la atacan, no mereciera ningún respeto ni otra calificación que la de “discurso de odio”; o bien, que al invitarla, el Colegio no hubiera sabido a quién invitaba y que la participación de la escritora en su 20 aniversario hubiera sido un lamentable accidente del que no tuviera por qué hacerse cargo.

¿Alguien se preguntó antes de publicar el comunicado del Colegio, en los términos que se publicó, por el daño que éste podía infligir a Laura?, ¿alguien se preocupó por entender su situación de vulnerabilidad?, ¿quizás  se dejaron llevar por aquella inercia social inconsciente, que ante la violación de una mujer nos lleva inevitablemente a considerar, aunque para nuestros adentros, “qué tan corta llevaba la falda”?, ¿o es que simplemente no pensaron en ella? Porque, si no estaban dispuestos a asumir la responsabilidad, entonces ¿por qué la invitaron?

Por el resultado, casi se podría decir que le tendieron una emboscada. Obviamente no es el caso. El comunicado y sus omisiones parecen más una reacción humana e institucional de urgencia, aunque llamativamente tajante, ante la situación que generaron las amenazantes reacciones en las redes.

Se puede entender, se pueden entender muchas cosas. Pero invitar a una persona a un simposio y no asumir la responsabilidad, no de las opiniones de su invitada (eso se da por sentado en democracia), pero sí de la invitación que se le hizo, es como invitar a una persona a un viaje arriesgado y, a la hora de las previsiblemente violentas turbulencias, decirle que como para ella no hay paracaídas, que adiós, que encantados de conocerla. Es como asistir a un acto en el que se celebra la tolerancia, el diálogo, la libertad de pensamiento y expresión, precisamente dando la palabra a quien piensa diferente, y al ver que la cuenta resulta exorbitada, darle la espalda para que sea solo ella quien la pague.

Y de todos modos, está claro que semejante “falta de cortesía” hacia su invitada no va a impedir, sino todo lo contrario, que los grupos de presión, como medida ejemplarizante de comprobada eficacia, continúen violentando al Colegio de Bioética si lo consideran conveniente o si vuelve a “portarse mal”. No va a impedir tampoco, sino todo lo contrario, las agresiones a su vicepresidente, Gustavo Ortiz, doctor en filosofía por la Universidad de Columbia en Nueva York, Investigador del IIF y miembro del Sistema Nacional de Investigadores del conacyt quien con entereza encomiable sí asumió en nombre propio y públicamente la responsabilidad de esta invitación https://twitter.com/gmomillan/status/1639365028926111744?s=20 considerando, según interpreto su carta, que un espacio como el Colegio de Bioética es idóneo para atender una urgencia vital de nuestras sociedades: llevar a cabo debates académicos, sobre temas controversiales de gran relevancia social, que atemperen la crispación y ayuden a desactivar la dinámica polarizada y sectaria que propician las redes deteriorando nuestras democracias. Porque si no es ahí, en una institución que promueve el desarrollo del diálogo y la argumentación filosófica profesional, si no es en las universidades, entonces ¿dónde?

Semejante “falta de cortesía” por parte del Colegio de Bioética con su invitada, no va a conseguir sino sumarse a esa inercia lamentable que está reforzando la actitud autoritaria de estos grupos de presión a nivel internacional.

La invitada del Colegio de Bioética con 21 000 seguidores en twitter, tiene una importante participación en redes sociales que la ha involucrado en polémicas sensibles. Sus afirmaciones se han sacado de contexto, tergiversándolas intencionalmente. En un acto de difamación gravísimo, se le acusa de negar la existencia de las “personas trans” como quien aboga por su exterminio, cuando lo que puede colegirse de sus palabras, es algo muy distinto.

La escritora considera que de un tiempo a esta parte, dada la consistencia ontológica, quizás podría decirse, que se le está confiriendo al “ser trans”, utilizar el lenguaje de la manera en que por ley se está exigiendo que lo hagamos, incluyendo la utilización de los “pronombres de preferencia”, implica la aceptación de un sistema de creencias que parte de un peligroso error: el de considerar al “género” como identidad en un sentido fuerte y no como el constructo social al servicio de la subordinación de las mujeres que es. Muy peligroso, en la medida en la que además de anticientífico y confuso, es un sistema de creencias

  1. impulsado, sorprendentemente, desde los gobiernos y otras instituciones nacionales y supranacionales a nivel internacional de manera simultánea,
  2. introducido en los actuales programas y de manera transversal, en todas las etapas educativas incluida la de la primera infancia, sin que para ello haya mediado la correspondiente discusión colegiada,
  3. promovido con intensidad con mensajes dirigidos a todas las edades a través de los grandes medios de comunicación, la industria del entretenimiento y las redes sociales y
  4. impuesto por las nuevas leyes que, altamente punitivas, al establecer exorbitadas multas e invirtiendo la carga de la prueba, son propias de un régimen totalitario.

Un sistema de creencias que haciéndose así omnipresente, en medio de la confusión y la polarización que ha generado, afecta profundamente a todos los ámbitos de nuestras vidas. Desde

  1. la manera de entender su propio ser que se transmite a los niños, niñas y adolescentes en la educación pública,
  2. la salud física y mental, sobre todo de las nuevas generaciones,
  3. el deporte femenil,
  4. los espacios segregados por sexo para velar por la seguridad de las mujeres,
  5. las medidas de paridad en general,
  6. la manera de entender el feminismo y su agenda; hasta
  7. la libertad de expresión y creencias.

En suma: una nueva realidad que atenta sobre todo, contra los derechos de las mujeres basados en el sexo, contra los y las menores y contra la libertad de pensamiento y expresión. Todo esto es lo que está implicado, a causa del contexto, en ciertos usos del lenguaje, tal como argumenta la autora de Cuando lo trans no es transgresor.

Pero volviendo a lo ocurrido en el simposio de bioética, a propósito de su participación. En algunas de sus humanas manifestaciones, sus aportaciones y/o su modo de expresarlas, puedan ser discutibles. Una vez más, ¡de eso se trata! Hasta ahora, ser perfecta no ha sido requisito para participar en un intercambio de ideas democrático. ¿Quién podría tirar la primera piedra?, ¿Acaso no merece algún tipo de consideración una persona comprometida con cuestiones de tanta importancia para la sociedad y se encuentra en sus circunstancias?

Pero es que además, la clara apuesta por la palabra que la autora ha hecho desplegando su inteligente análisis a lo largo de las cuatrocientas páginas de su libro, merece un lugar de discusión universitario. Pero es eso lo que se quiere impedir usando la injustificada acusación de “discurso de odio” y “transfobia” como mordaza.

Por un lado, quienes amenazan con violencia, incluso con la muerte, quedan impunes y se les considera víctimas de un discurso que, sin mediar deliberación alguna, se da por sentado que es “de odio”; por el otro, a quien expresa sus ideas críticas, argumentación académica mediante, se le desaloja de un espacio concebido precisamente para la discusión académica.

Estamos frente a ideas que, discutibles como tantas otras, se han vuelto extremadamente sensibles, como consecuencia, y esa es la cuestión, de la realidad creada antes referida, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Es una de las preguntas que la autora aborda en su libro.

Varios miembros del Colegio de Bioética lo leyeron, según escribió en su comunicado su vicepresidente, “y no solo no encontramos nada que pareciera discurso de odio, sino que encontramos una postura documentada y argumentada desde el marco teórico del feminismo radical. Lo que encontramos fueron argumentos que merecen debatirse con razones sólidas y no con descalificaciones fáciles y ataques personales. Muchos en el Colegio podemos o no estar de acuerdo con todas sus ideas, pero nos pareció importante que se debatan públicamente”.

El Colegio de Bioética merece nuestra solidaridad por las agresiones recibidas, y su dirección y cada uno de sus integrantes, nuestros respetos. Al mismo tiempo cabe preguntar, ¿cómo van a reparar el daño que con su comunicado le han hecho a su invitada?, ¿cómo van a impedir que el contundente golpe que recibió la escritora a través de su comunicado alcance también a la libertad de expresión y pensamiento dentro de la universidad y nuestras sociedades?, ¿cómo van a desmarcarse de la “cultura” de la cancelación si se someten hoy a los reclamos violentos con los que se castigó en redes su tan valiosa y necesaria voluntad de apertura y su apuesta por el diálogo?

No es difícil percatarse de la enorme dificultad que entraña la grave situación creada, que se manifiesta de muchas formas en varias partes del mundo. Pero estoy segura de que más de dos pensarán conmigo que dejar las cosas como están tiene una consecuencia inasumible, no sólo para la invitada del Colegio de Bioética, Laura Lecuona, y ahora también para su vicepresidente, Gustavo Ortiz, y tantos otros académicos, sobre todo académicas, que están siendo agredidas en el mundo, sino para la salud de nuestras universidades, de nuestras sociedades y su democracia: permitir que no sean los académicos, obedeciendo a su criterio formado, así como al reglamento y a la ética universitarios, sino los grupos de presión, quienes decidan quién puede hablar y quién no, quién merece ser escuchada; que sea la violencia lo que dé o quite la palabra en una de las universidades más importantes del mundo, la Universidad Nacional Autónoma de México, y en tantas otras. El fenómeno es internacional.

La moneda está en el aire: universidad o sectarismo. Y no es el azar lo que va a decidirlo. Nunca es tarde para actuar en consecuencia, no hay nada más sabio que cambiar de opinión, nada más humano que errar, nada más noble que asumir un error, y tampoco es la primera vez que David se enfrenta a Goliat.

Ojalá la voluntad e imaginación políticas en esta ocasión hagan posible alguna rectificación, una salida a esta delicada situación que, no nos quepa la menor duda, sentará un precedente importante. Ojalá que sea, no porque la cancelación se consolide, sino porque finalmente se encuentre una solución honorable, que sea edificante para la comunidad de la UNAM y la sociedad en su conjunto, para el porvenir. Una solución que lejos de sumarse a la inercia, pueda dar ejemplo al mundo. Sé que más de dos harían suyo este ruego a quien corresponda y pueda escucharlo.

Sin embargo, al parecer (ojalá me equivoque) por ahora (nunca hay que perder la esperanza) este ruego que en su momento se hizo llegar a los responsables, ha caído en saco roto. Pues según parece, en las memorias del simposio con el que el Colegio celebró su 20 aniversario, la participación de su invitada no se va a registrar, se va a borrar.

Ojalá que no fuera el caso y que por el contrario, estas memorias se aprovecharan como una ocasión para rectificar. De otro modo, estaríamos frente a una paradoja de enorme repercusión simbólica que pondría en entre dicho demasiadas cosas: el acto de memoria en que consiste la celebración de un aniversario, en esta ocasión quedaría marcado, entre las líneas de sus memorias impresas para la posteridad, por una especie de amnesia, de olvido voluntario. Esto no puede traer nada bueno.

Y una vez más, aunque cada vez con más dificultad, se podría entender dado el clima de linchamiento imperante. Pero creo que a estas alturas, con todo el respeto y consideración que merece el Colegio de Bioética A.C. de México, ya nos podemos permitir preguntar: si se trata de desmarcarse de las ideas de su invitada, aunque en democracia no tendría por qué hacer falta, dadas las circunstancias, ¿por qué no publicar su participación acompañada del comunicado del Colegio y de una explicación sucinta pero objetiva de los acontecimientos? Eso sería un acto de memoria, tal vez incluso en el más alto sentido de la palabra. Quedaría como un registro para la historia de estos tiempos tan extraños. ¿Por qué privar de él a las futuras generaciones?

Sin duda, nos han tocado tiempos difíciles y en torno a la cuestión que nos ocupa, particularmente enrevesados y sombríos. Pero no hay otra opción, las nuevas generaciones merecen nuestra sobriedad y lucidez, nuestra entereza y ejemplo para preservar la ética, la autonomía y la salud democrática de las universidades, en las que tuvimos el privilegio de aprender a pensar, a hacer uso de la palabra en nombre propio, a dialogar. Ya quienes nos precedieron, nuestros profesores y profesoras, padres y madres, abuelos y abuelas, cuando hizo falta, las defendieron.

 

 

 

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