La banalidad del género

Julia Ripodas
Julia Ripodas
Profesora de educación secundaria y autora del blog Cuentanellascuentan. Integrante de DOFEMCO
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Vivimos bajo la sedación del sueño dogmático de los deseos. El milagro que se obra en dicha fantasía, la transmutación de los deseos en derechos, impregna toda reflexión moral de una viscosa sustancia de supuesta intimidad o privacidad que hace imposible la crítica racional. Pero es que además, en un mundo patriarcal, los deseos de según quién valen más que los de otras. En este patriarcado nuestro que Alicia Puleo ha denominado de consentimiento – elijo “libremente” mi esclavitud – las vidas de niñas y mujeres se tornan activos de mercado. La erotización de su sometimiento y de la violencia ejercida contra ellas satura todos los productos a la venta que, aunque diseñados para la mirada y placer masculinos, son consumidos masivamente.

La gran Simone de Beauvoir ya lo formuló en términos contemporáneos el siglo pasado: hay una asimetría radical – desde la raiz – entre las posibilidades de libertad de mujeres y hombres. Los límites que a las mujeres nos imponen pasan siempre por nuestro cuerpo. Son los significados y mandatos que se imprimen en nuestra realidad material y física los que nos impiden ser individuas de plena humanidad. La situación de la que hablaba Beauvoir es el género que, acotando nuestra libertad, no nos permite trascender, nos mantiene en la inmanencia, sin proyecto posible.

Se ha dicho que el neoliberalismo es un totalitarismo. Pero suele olvidarse que el neoliberalismo sexual – tal y como Ana de Miguel lo nombró – es un totalitarismo de género. Si los deseos se elevan a categoría de derechos, si la individualidad se reduce a subjetividad, ¿dónde queda la empatía? No hay individuo sin colectividad. La empatía es el reconocimiento de la dignidad del resto de seres humanos, no la aceptación acrítica de la voluntad individual o los deseos de cualquiera. Y no hay pensamiento crítico sin horizonte de emancipación. La emancipación, para ser tal, ha de ser colectiva. Si solo se emancipan unos pocos, ya sabemos lo que tenemos.

En este totalitarismo de género no falta ninguno de los ingredientes – propaganda, terror y mal banal – que Hanna Arendt propuso como herramientas de análisis de los totalitarismos posmodernos. La propaganda se caracteriza por su desprecio a los hechos. La actual propaganda de género, ubicua, entrelaza machaconamente el dogmatismo de los deseos con los estereotipos sexistas más rancios en forma de consignas motivantes: Barbie dice “tú puedes ser lo que quieras”, Mr Wonderful asegura que  “si quieres, puedes” y Onlyfans te aconseja “rentabilizar tu capital sexual”. Resulta que los consejos de empoderamiento y liberación individual, cuando van dirigidos a las mujeres, coinciden sospechosamente con aquello que nos esclaviza, qué nefasta casualidad.

Tenemos el terror machista en forma de feminicidios, violencia sexual, prostitución, pornografía y explotación reproductiva. La cruel cosificación y la despersonalización de los campos de concentración está a pocos metros de quien quiera verlas, en nuestras carreteras, en pisos de nuestras ciudades. Donde reina el terror, la propaganda se hace innecesaria. Amelia Tiganus lo cuenta con talento literario y rigor feminista a pesar de los permanentes intentos de silenciamiento o descrédito. Porque, Mary Beard lo ha explicado magistralmente, hay poderosas conexiones entre la violencia y la falta de credibilidad asignada a la voz de las mujeres. Se nos silencia violentamente en otra estrategia de terror omnipresente.

Y tenemos lo que podríamos llamar la banalidad del género: aquellas acciones u omisiones cotidianas que contribuyen a alimentar la opresión de las niñas y las mujeres manteniendo firme esa estructura básica que sostiene nuestra deshumanización. Cualquier persona acrítica con el sistema al que pertenece puede estar participando en actos atroces, dice Arendt, y parece estar hablando del género.

A esa obediencia ciega y muda a los mandatos que a través de la socialización se nos inoculan y que se perpetúan en un bucle recalcitrante se ha añadido en las últimas décadas una vuelta de tuerca que pretende asfixiarnos más aún: el género, todo lo que nos daña, se ha  aceptado como identidad. Se ha permitido registrarlo legalmente como sexo, categoría constatable que es precisamente la garantía de  los mecanismos de corrección de la desigualdad, de prevención y erradicación de la violencia y la pobreza. Y se ha validado como legítimo el discurso de los cuerpos equivocados con dolorosas consecuencias especialmente para la infancia y la adolescencia.

No se puede hablar de políticas de igualdad y al mismo tiempo diluir el concepto de mujer en una entidad puramente subjetiva y autodeclarativa. No se puede decir que la coeducación es la herramienta mejor contra el sexismo y la violencia machista y al mismo tiempo incluir en ella la idea de las infancias trans que se apoya en los estereotipos sexistas que la coeducación pretende desactivar.

Es inadmisible que se normalice que un número creciente de adolescentes se identifique con el rechazo a su físico, que se dé por válido, incluso por saludable, que lo que define su “identidad” sea su repulsa hacia su propio cuerpo sexuado.  El género siempre ha hecho que las mujeres nos tapemos, que nos mutilemos, nos encojamos, nos escondamos y callemos. Las chicas que se dicen chicos trans se tapan (con ropas anchas, sudaderas), se mutilan (mastectomías), se encogen, se esconden y callan. Porque ¿dónde están los chicos trans reivindicando que “los hombres trans son hombres”? No están. Están cumpliendo el mandato de género de no molestar, el que se les ha inculcado por su sexo, no los mandatos del género con el que se  “identifican” estéticamente y a la defensiva.

¿A quién obedecen nuestras generaciones adolescentes? ¿Son libres? ¿De verdad alguien puede creer que son libres, que pueden crecer libres en medio del adoctrinamiento y del miedo?

¿Qué piensan quienes contribuyeron a crear y aprobar leyes que atentan contra los derechos de las mujeres y de la infancia? Los políticos que participan de este despropósito, si desconocen el alcance de los daños, demuestran falta de profesionalidad, ese mal banal del que hablaba Arendt, la banalidad del género en el siglo XXI. Si conocen lo que ocurre y obedecen, entonces, volviendo a los términos de Beauvoir, actúan con mala fe.

¿Qué tipo de razonamiento utilizan las autoridades universitarias que se inhiben o emiten tibios comunicados ante ataques repetidos que pretenden amordazar la voz crítica de profesoras feministas?, ¿a quién temen, a qué terror se somenten?, ¿a quién obedecen? Su inacción es negligencia institucional surgida  de la cobarde sumisión al dogma. En todo caso es también mala fe.

Quien legisla y gobierna doblegándose a la tiranía de los deseos, suspende el juicio moral y permite que se llame libertad a la esclavitud y justicia a la atrocidad. Nuestra obligación moral es reflexionar sobre las consecuencias de los pactos sociales que aceptamos. Decidir a qué llamamos libertad y a qué llamamos justicia. Cualquiera que pretenda tener una mirada progresista que se dirija a un futuro mejor en el sentido de una vida buena para todo el mundo, sabe que las soluciones que pasen por agresiones a nuestro cuerpo no serán nunca emancipadoras. Las agresiones a nuestro cuerpo se extienden ya a todo el planeta. La lógica de dominación patriarcal es la misma que ha llevado a la devastación ecológica y al delirio belicista que rige  nuestra vida en la Tierra. Las consecuencias de dicha lógica destructiva nos afectan más y peor a las mujeres y las niñas: los efectos del deterioro medioambiental nos perjudican más a nosotras; la violencia sexual es un arma de guerra habitual; el setenta por ciento de las personas pobres del mundo son mujeres.

Quien de verdad quiera trabajar para un mundo más habitable, ha de saber que toda medida que transforme la superficie dejando intacta la estructura profunda en la que enraízan los horrores con los que convivimos, no traerá nada bueno sino más dolor y más sufrimiento. El desprecio de los hechos deviene violencia. Quien no lo sepa o no lo quiera saber, estará del lado de la barbarie. No habrá emancipación sin paz para las mujeres.

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