Hubo un tiempo en el que millones de mujeres españolas buscaban consejo y consuelo en un personaje llamado Elena Francis. De 1947 a 1984, este consultorio radiofónico fue una presencia constante en los hogares de varias generaciones, guiando —con tono compasivo, moralizante y aparentemente empático las decisiones sentimentales, familiares y domésticas de sus oyentes. Sin embargo, detrás de la voz serena y femenina de aquella consejera se un artífice muy distinto: Juan Soto Viñolo, periodista y escritor barcelonés que durante dieciocho años escribió todas las respuestas del consultorio bajo un seudónimo femenino.
Soto Viñolo no era una confidente comprensiva, sino un profesional de la comunicación que operaba desde el anonimato, construyendo un discurso profundamente conservador, alineado con la moral dominante del franquismo y con una concepción rígida de los roles de género. Las cartas que llegaban al programa hablaban con frecuencia de abandono, infidelidades, violencia conyugal, frustración vital o desesperación económica. Las respuestas, lejos de cuestionar las rigidas estructuras sociales que lo provocaban, orientaban a las mujeres hacia la paciencia, el sacrificio, la resignación y la aceptación de la subordinación como virtud.
Elena Francis no fue un simple entretenimiento radiofónico. Fue un auténtico dispositivo de socialización que enseñó a las mujeres cómo debían sentirse, pensar y comportarse. Bajo el lenguaje del cuidado y la comprensión, el consultorio transmitía un mensaje constante: el conflicto debía ser asumido por las mujeres, el sufrimiento interiorizado y la desigualdad aceptada como orden natural. La misoginia no se expresaba de forma explícita, sino envuelta en consejos amables y paternalistas.
Este punto es clave para entender el paralelismo con el otro Juan Soto, el contemporáneo. Aunque opera en un contexto histórico radicalmente distinto, su intervención en el espacio público cumple una función comparable. Desde tribunas mediáticas actuales, acoge y amplifica el discurso de hombres que se presentan como discriminados por la Ley de Violencia contra las Mujeres, convirtiéndolos en sujetos políticos que cuestionan a las y en víctimas y les construye un relato de persiguidos.
Lo relevante no es solo el discurso, sino a quién se legitima a través de él. Muchos de los hombres que protagonizan estas narrativas acumulan denuncias o antecedentes relacionados con violencia machista. Sin embargo, el foco se desplaza desde la violencia ejercida hacia la presunta injusticia que padecen, cuestionando así la legitimidad de las políticas públicas diseñadas para proteger a las mujeres. Este desplazamiento narrativo constituye una de las señas de identidad del neo machismo contemporáneo.
El paralelismo entre ambos Juan Soto no es una coincidencia nominal. En ambos casos se construyen relatos que, desde distintos formatos, contribuyen a sostener estructuras de desigualdad. Si el Soto histórico moldeó la subjetividad femenina a través del consejo moral y la autoridad simbólica, el Soto actual reconfigura el debate público erosionando los marcos jurídicos de protección y redefiniendo quién merece ser considerado víctima.
La misoginia, lejos de desaparecer, se transforma. Cambia de lenguaje, de plataformas y de estrategias, pero conserva su función central: cuestionar los sistemas de proyección y los avances en igualdad y ofrecer coartadas culturales a quienes se resisten a perder privilegios.
Reconocer estas continuidades no es un ejercicio de ataque personal, sino una herramienta analítica imprescindible para comprender cómo determinados discursos se reciclan y reaparecen, adaptados a su tiempo, manteniendo intacta su capacidad de legitimar la desigualdad bajo nuevas narrativas.


