Odiar a las mujeres, que escribió Andrea Dworkin en 1974 (31 años antes de morir).
La verdad es que si yo no supiese nada de Andrea Dworkin y cogiese vuestro Odiar a las mujeres, lo dejaría en el estante nada más empezar a leer el prólogo de Duval. En la cuarta línea ya se puede leer que Dworkin se pasa de frenada muchas veces, que extrae conclusiones que no derivan de sus premisas, que plantea enunciados insostenibles, que se inventa datos…
Después de citar a varias autoras elegidas de manera oportunista para, supuestamente, criticar las posiciones de Dworking, en la tercera página pasa a contarnos su vida -que no nos interesa lo más mínimo-, y vemos que parece que sabe quién fue Kate Millett y quien es Catharine MacKinnon.
Para llegar a la cuarta página y hablar de la estructura, a veces, caprichosa del libro, saltando de una parte a otra, con los defectos de un primer libro al cual se le ven las costuras en la unión entre sí de ensayos algo deslavazados o dispares…”.
Creo que ha sido una muy mala elección, incluso comercial, no pedir a una mujer feminista el prólogo a Odiar a las mujeres. Dworkin dedicó toda su vida a escribir y militar en contra de la prostitución y la pornografía; es la feminista de referencia en los dos problemas, de tanta actualidad hoy, y vosotros le dais el prólogo a una persona que no se opone ni a la prostitución ni a la pornografía, sino todo lo contrario. El agua y el aceite.
En fin, es un texto oportunista y manipulador porque elige los párrafos que le interesan del libro, las críticas de otras escritoras a Dworkin que le conviene destacar, e interpreta y destaca detalles y anécdotas derogatorios para la autora. Todo lo que dice Duval sobre Dworkin, y más, ya se había escrito en vida de ella, y así lo denunció en su autobiografía y siempre que tuvo ocasión. Fue la feminista más difamada de la historia y se entiende muy bien el motivo. Por eso, cuando me enteré de que Random House iba a publicar tres textos de Dworkin, os llamé para felicitaros; era necesario traducirla para que fuera conocida en España. ¿Por qué? Porque en nuestro país, gracias al movimiento feminista, muchas mujeres y muchos sectores, incluídos los medios de comunicación, han llegado a considerar la violencia masculina contra las mujeres un asunto grave y de primera magnitud. Y ahí leemos día sí y día también la pregunta retórica de qué es lo que no se está haciendo y habría que hacer, para que los hombres que “odian a las mujeres” no nos sigan matando. Hasta los lectores empiezan a manifestarse, como uno que tituló su carta al director de El País (5 marzo, 2026): “Las causas de los crímenes machistas” y reflexiona: “Se toman las medidas necesarias (órdenes de alejamiento, protocolos, campañas, pero los asesinatos continúan. Tal vez debamos preguntarnos qué estamos dejando sin analizar. Apenas se estudia qué convierte a un hombre en agresor: qué factores culturales, educativos o psicológicos confluyen antes del crimen”.
Dado que la resolución de este gravísimo problema está encallado debido a las políticas liberales seguidas, y que se han demostrado ineficaces (en menos de tres meses, 19 hombres han asesinado a 19 mujeres y una niña de 12 años y dos niños de 10 y 13 años) la mirada de quienes dicen defender los derechos de las mujeres y querer resolver este gravísimo problema, debería girar hacia otras teorías, conocidas desde hace 50 años, pero ocultadas por los intereses masculinos hasta hoy. Y, esperando como agua de mayo a Dworkin traducida, la prologáis con un texto infame escrito por un individuo pro-pornografía y pro-prostitución.


