¿Os imagináis si este año para el 1º de mayo en la tele se hubiera hablado de incluir también a empresarios, banqueros y a la CEOE en las reivindicaciones? Porque está claro, ellos también tienen un papel central en la economía y son una pieza fundamental de lo que entendemos por trabajo asalariado; sin empleadores no habría empleados. Empezaríamos a oír cada vez más en la calle y en la tele que deberíamos escucharlos y entender que con su postura económica y de contratación, sea la que sea, no pretenden otra cosa que hacer grande este país y por ende a los trabajadores.
Ese primer año tímidamente, tendrían un bloque en las principales manifestaciones con una pancarta. Al año siguiente se empezaría a hablar de regular la explotación laboral porque a ver, si las personas más pobres y vulnerables del sistema consienten en ser explotadas quienes somos nosotras para llevarles la contraria. Se crearía algún “sindicato” supuestamente compuesto por personas explotadas laboralmente y que dirían defender sus derechos, como por ejemplo trabajar más de 12 horas al día, no cobrar las horas extras o rechazar su derecho al descanso.
Es probable que empezáramos a oír hablar del fenómeno “identidad esclava”, personas que se sienten esclavas y reclaman su derecho a ser tratadas como tal. Dispuestas a prescindir de todos sus derechos y trabajar de sol a sol sin recibir ningún tipo de salario por ello. Estas identidades no solo deberán ser respetadas, sino que además se empezará a legislar para protegerlas. Los trabajadores asalariados deberán pasar a llamarse “salarios” o “salarias” porque utilizando la palabra “trabajador” o “persona” podríamos llegar a hacer que alguna persona autoidentificada como esclava se sintiese excluida. Desde el Ministerio de Trabajo se crearían plazas específicas para contratar, o más bien esclavizar a este tipo de trabajadores. Aunque pensándolo bien, no sé si haría falta guardarles ningún cupo ya que son los trabajadores que más rentables le saldrían al sistema.
Todos sabemos que pasaría a continuación, ¿no? Al cabo de unos años el 1º de mayo pasaría a llamarse el “Día del Capital” para englobar a todas las partes de lo que denominaríamos empleo asalariado y nadie se sentiría excluido ese día. Pasaría a ser un día de fiesta, con música y reggaeton, donde la cabecera de la manifestación estaría copada por empresarios e identidades esclavas, por personas que dirían representar a los explotados laboralmente y sin el rastro de la lucha por los avances en los derechos de las personas trabajadoras que supone ese día.
¿Suena ridículo? ¿Muy alejado de la realidad? Pues eso mismo ha pasado con el feminismo y la lucha histórica de las mujeres por alcanzar la igualdad y la libertad. El 8M se ha convertido en una fiesta de paraguas rojos e identidades que nada tienen que ver. Este año las cabeceras de las principales manifestaciones del mundo hablaban de “lucha transfeminista”, pero ¿cómo vamos a luchar las mujeres por el derecho de otras mujeres pobres a explotarse sexualmente? ¿Cómo vamos a luchar por llamar al género identidad? ¿Cómo vamos a bailar cuando nos están asesinando?
Tristemente el 8 de marzo tenemos que seguir saliendo a la calle para visibilizar la violencia a la que estamos sometidas, a defender nuestro derecho como mujeres a la vida. Y nos están borrando. El feminismo ya no es feminismo, es “transfeminismo”, otro retroceso más en los derechos conquistados y por conquistar. ¿Nadie ve el engaño? Sería algo tan burdo si habláramos de racismo o derechos laborales, como he satirizado más arriba. Pero hablamos de nosotras, las que a pesar de ser la mitad de la población somos ciudadanas de segunda, las que vivimos con miedo. Y no vamos a consentir que vuelvan a poner nuestra lucha en un segundo plano, escondida tras otras luchas que además le hacen el juego al patriarcado, como la prostitución o el género.
Nos silencian, nos tachan de blancas privilegiadas, de burguesas, de “feministas clásicas”. No se oye nuestro mensaje. Intentamos explicar una y mil veces que esto no va de fobias ni de odios. Que no se pueden confundir los sentimientos con derechos, que no se puede meter en un mismo saco una amalgama de cosas porque se pierde el sentido y la lucha se difumina, se hace menos poderosa. Que no podemos admitir que una herramienta de opresión como es el género se convierta en identidad sagrada.
Pero es que eso precisamente lo que quieren, ante una época de avances en los derechos de las mujeres sucede una de retrocesos y eso es lo que estamos viendo ahora. Lo vemos con el auge de los discursos de la extrema derecha, los que pugnan por devolver a la mujer al hogar. Con los discursos antifeministas que inundan las redes sociales. Con la vuelta al prototipo de mujer casta, cristiana y hogareña. Con la hipersexualización de la infancia.
Pero no contaban con que somos incansables, tenaces e ingobernables. Que el silencio y el ostracismo no nos van a hacer callar. Que el miedo no nos va a detener. Las feministas estamos acostumbradas a esto, a pelear contra viento y marea. Así que sí, cada año en cada ciudad habrá feministas radicales dispuestas a plantarle cara al patriarcado capitalista, cada año encontraréis mujeres organizadas intentando que nuestro mensaje llegue y poniendo el cuerpo y el alma para que no quede ni una sola niña o mujer en el mundo con miedo.


