Este artículo fue escrito durante el mes de junio de 2026 como una forma de ordenar ideas, lecturas y anotaciones acumuladas durante los últimos años. Recoge reflexiones inspiradas por textos feministas, ensayos sobre la orientación sexual, trabajos académicos y debates contemporáneos sobre feminismo, homosexualidad y teoría queer.
El 28 de junio de 2026, coincidiendo con el Día Internacional del Orgullo, el artículo fue publicado por eldiario.es Extremadura. Menos de veinticuatro horas después fue retirado. La explicación del medio fue que el texto no se adecuaba a su línea editorial. Respetemos el derecho de cualquier medio de comunicación a decidir qué publica; sin embargo, consideremos legítimo preguntarnos por qué un artículo aceptado y publicado deja de ser compatible con esa línea editorial apenas unas horas después.
Su publicación y posterior retirada provocaron un intenso debate en redes sociales y en distintos espacios del feminismo, del activismo LGB y también de sectores queer vinculados a una izquierda posmoderna que, a mi juicio, ha asumido postulados neoliberales sobre la identidad individual y muestra una preocupante tendencia a excluir del debate las posiciones discrepantes, que poco tienen que ver con la tradición crítica y plural de la izquierda. Recibí numerosas críticas, algunas centradas en el contenido del artículo y muchas otras dirigidas contra mi persona, con descalificaciones que iban desde «tránsfobo» o «traidor» hasta expresiones mucho más insultantes. Quien decida leer las páginas que siguen podrá juzgar por sí mismo si tales calificativos se corresponden con el tono y el contenido del texto.
No oculto que aquellos primeros días fueron abrumadores. No es habitual convertirse, de la noche a la mañana, en objeto de atención pública por un artículo de opinión, ni recibir cientos de mensajes de apoyo y de rechazo en muy poco tiempo. Sin embargo, esa experiencia también evidenció que existe un amplio número de personas —muchas de ellas desde el anonimato— que sienten que determinadas posiciones feministas y LGB encuentran cada vez menos espacio en el debate público. A todas ellas, gracias por sus palabras de apoyo, por el debate respetuoso y por recordarnos que la libertad de expresión no consiste en escuchar únicamente aquello con lo que ya estamos de acuerdo. El debate social sobre las leyes de diversidad, la teoría queer y sus consecuencias políticas está lejos de haber concluido. Pretender que ese debate está cerrado no lo hace desaparecer; simplemente desplaza la discusión fuera de las instituciones y de los medios de comunicación.
El 30 de junio de 2026, el artículo volvió a publicarse íntegramente en El Común y, posteriormente, también en Tribuna Feminista. Quiero agradecer tanto a las periodistas de eldiario.es Extremadura y de El Común que apostaron inicialmente por su publicación como al equipo de Tribuna Feminista haber considerado que este texto merecía ser leído y debatido. Ese es, precisamente, el propósito con el que fue escrito: contribuir, desde el respeto, a una discusión que considero necesaria.
El nuevo armario: permiso para ser homosexual en tiempos queer.
El Orgullo nació para defender la legitimidad del deseo homosexual. Hoy, una parte del discurso queer ha colonizado esa lucha: ha relegado el sexo, ha ocultado la opresión a las mujeres, ha diluido la orientación sexual y ha desdibujado la experiencia de lesbianas, gays y bisexuales.
Durante décadas, las personas homosexuales y bisexuales, mujeres y hombres, defendieron algo muy simple: que la homosexualidad es la atracción por personas del mismo sexo y que esa realidad no debía ser castigada, ocultada ni patologizada. La política LGB nació para proteger esa experiencia, para afirmar su legitimidad y para exigir que nadie tuviera que pedir permiso y perdón por desear a personas de su mismo sexo.
Sin embargo, una parte del discurso dominante en el Orgullo ha ido desplazando esa base. Hoy el foco ya no está tanto en la defensa de la orientación sexual como en un lenguaje de identidades, autodefiniciones y categorías cada vez más inestables. El sexo, que durante décadas fue central para comprender la opresión de las mujeres y la realidad de la homosexualidad, pasa a tratarse como una categoría incómoda, secundaria o directamente sospechosa. Desde una perspectiva LGB, ese giro no es liberador: es un retroceso político.
La orientación sexual no es una identidad de género. No es una performance, ni una preferencia estética, ni una etiqueta abierta a redefiniciones sucesivas. Es una orientación corporal y sexuada. Las lesbianas no se sienten atraídas por “identidades”; los gays no organizan su deseo en función de autodefiniciones subjetivas. La homosexualidad tiene que ver con el sexo, precisamente porque nombra la atracción por personas del mismo sexo. Si el sexo deja de importar, la homosexualidad pierde su anclaje político, jurídico y también su capacidad de ser nombrada con claridad.
Eso tiene consecuencias. En nombre de la inclusión, cada vez se presiona más para que gays y lesbianas justifiquen los límites de su deseo, como si la orientación sexual debiera someterse a una corrección moral permanente. Se acusa de transfobia a lesbianas que no quieren mantener relaciones con cuerpos masculinos o a homosexuales que se niegan a aceptar que el sexo es irrelevante para el deseo. Pero la orientación sexual no puede ser reeducada para adaptarse a una teoría. Durante demasiado tiempo a las personas homosexuales se nos dijo que nuestro deseo era inmaduro, egoísta, incompleto o corregible. Resulta inquietante ver reaparecer esa lógica, ahora revestida de lenguaje progresista.
Tampoco ayuda que bajo el paraguas «LGBTIQ+» se mezclen realidades muy distintas: orientación sexual, identidad de género, expresión de género y características sexuales. No se trata de negar derechos civiles a nadie, ni de promover hostilidad contra ningún colectivo. Se trata de señalar que no todo responde a la misma lógica política, ni plantea los mismos conflictos jurídicos, ni exige las mismas herramientas de análisis. La agenda de las personas homosexuales y bisexuales no puede disolverse sin más en una suma de causas heterogéneas cuyo único vínculo es un acrónimo cada vez más largo y más confuso.
El problema de fondo es también feminista. El género no es una esencia interior, sino un sistema de expectativas, jerarquías y estereotipos que históricamente ha servido para disciplinar a mujeres y a homosexuales. El feminismo no nació para celebrar la feminidad o la masculinidad como identidades, sino para cuestionar el poder que esas categorías ejercen sobre nuestras vidas. Por eso resulta difícil asumir como emancipadora una política que convierte el género en verdad íntima y lo blinda frente a cualquier crítica. Las lesbianas, precisamente porque han desobedecido el mandato de la centralidad masculina, saben bien que la liberación no pasa por reforzar los estereotipos con nuevos nombres, sino por desmontarlos.
También por eso conviene mirar con prudencia ciertos discursos sobre menores que no encajan en los roles de género. No toda incomodidad con la feminidad o la masculinidad es una identidad «trans»; a veces es, sencillamente, el modo en que una niña lesbiana o un chico gay atraviesan una adolescencia difícil en una sociedad que sigue castigando la disidencia sexual. Convertir automáticamente ese malestar en una cuestión de identidad de género puede empujar a algunos jóvenes homosexuales a interpretar su diferencia como un problema del cuerpo, y no como una confrontación con los estereotipos que pesan sobre él.
Nada de esto debería ser polémico dentro del Orgullo. Y, sin embargo, lo es. Decir que la homosexualidad se basa en el sexo, que las lesbianas existen como categoría política propia, o que el género es una jerarquía que debe ser abolida y no celebrada, se ha convertido en una provocación dentro de espacios que supuestamente nacieron para defender la libertad sexual. El resultado es paradójico: cuanto más se amplía el discurso del Orgullo, menos espacio parece quedar para nombrar con claridad la experiencia homosexual.
No se trata de volver al armario ni de enfrentar a unos colectivos con otros. Se trata de recuperar una agenda LGB nítida, capaz de defender la orientación sexual sin pedir permiso a la teoría queer, y capaz también de volver a situar en el centro la crítica feminista a los estereotipos, a la explotación sexual y a la mercantilización de los cuerpos. La homosexualidad no necesita deconstrucción. Necesita respeto político, claridad conceptual y libertad para existir sin ser redefinida desde fuera.


